¿Por qué la capital de España se llama Madrid?

Madrid está indefectiblemente ligada a la existencia de agua subterránea en abundancia…, a pesar de su pobre río Manzanares, que alguien lo definió como «enano de los ríos gigante de los arroyos»

Exposición del Antiguo Madrid
Exposición del Antiguo Madrid FOTO: memoriademadrid.es memoriademadrid.es

En lingüística la toponimia es la rama de la onomástica que estudia el origen de los nombres propios de lugar, así como el significado de sus étimos. No se trata, pues, de una ciencia, ni es exacta. Es más, la erudición local no suele ser muy cuidadosa en esto de los topónimos. Hay algunas excepciones, claro está. De entre ellas, destaca una: Jaime Oliver Asín y su Historia del nombre «Madrid» que se publicó en primera edición en 1959, al calor de una vibrante Escuela de Estudios Árabes que por entonces había en el CSIC y que ha perdurado a lo largo del tiempo, aunque ahora por derroteros, naturalmente, distintos.

Hasta el estudio de Oliver Asín no había conocimiento asentado y científico de qué es lo que querría decir «Madrid». Él lo desentrañó, pausada y contundentemente en su gran obra, no exenta -dicho sea de paso- de críticas y puntualizaciones.

He de decir que siempre me ha fascinado la situación estratégica de Madrid, fundación árabe, para defensa de la gran ciudad de Toledo. De norte a sur y desde la Sierra del Guadarrama, el paisaje se ve salpicado por torres de vigía y atalayas (en Torrelaguna aún queda alguna), que como repetidores de telefonía tenían la función de transmitirse mensajes de luz o de humo, o de transmitir lo que comunicaran las fortificaciones más próximas. Así que una red de acuartelamientos o fortalezas, de «alcoleas» o «alcalás», se comunicaban visualmente por esas torres y todo ello defendía el territorio antes de llegar a Toledo: Buitrago, Torrelaguna, Madrid y su alcázar…

La etimología de Madrid sería una fusión de un sustantivo árabe ma^yra, o «canal de agua subterráneo»/«curso de agua al aire libre» y un sufijo de origen romano, etum que explicaría «abundancia de» (robl-edo es lugar de abundantes robles). El topónimo sería Ma^yrit, o «lugar de abundancia de corrientes de agua» o similar (Oliver, p. 101 y 238).

Es decir, la historia de Madrid estaría vinculada indefectiblemente a la abundancia de aguas subterráneas que canalizadas por la acción del hombre llegarían desde donde se embolsaran al pie de la sierra, hasta la ciudad. En las actas municipales, en los siglos XVI y XVII se buscan zahoríes para localizar cursos de agua y fontaneros para limpiar las fuentes de la villa. A esas ma^yras se les ha llamado también qanates y el madrileño castizo, desde el siglo XVIII en adelante prefirió llamarlos «viajes», «viajes de agua». Sería genial que el Ayuntamiento popularizara entre sus visitas turísticas el de entrar por estas galerías y minas subterráneas; al menos, por las que aún existen (aunque algunos listillos dan gato por liebre y -según he oído- enseñan alcantarillas muy bien acondicionadas como si fueran qanates).

En cualquier caso, Madrid está indefectiblemente ligada a la existencia de agua subterránea en abundancia…, a pesar de su pobre río Manzanares que alguien en el siglo XVII lo definió como «enano de los ríos gigante de los arroyos». Las chanzas sobre el caudal del Manzanares eran innumerables.

En cualquier caso, la erudición renacentista recogió viejos topónimos, como el de Ursaria o «hábitat de osos» (López de Hoyos en 1569 siguiendo la tradición ptolomeica y de ahí su escudo); el propio López de Hoyos es taxativo, «dejando patrañas aparte», dice, «este nombre es arábigo y quiere decir lugar ventoso de aires sutiles y saludables, de cielo claro, y sitio y comarca fértil” (1569, p. 123); muy aceptada era la etimología también ptolomeica de Mantua carpetana porque había en un poblado una hechicera llamada «Mantu» en el territorio de los carpetanos; e incluso que había dos localidades próximas y que la una absorbió a la otra y la llamaron Maiorito (Jerónimo de Quintana, 1629); o también que Madrid significa «lugar de buenos aires» (santa invención, el mito avanzaba; Quintana); o «lugar cercado de fuego», «Madre de las ciencias», «casa de aires saludables» (González Dávila, 1623)… Y para ser algo en el Renacimiento había que haber sido fundada, por lo menos por los griegos, como defiende López de Hoyos, y otras disparatadas leyendas que no ha lugar recoger aquí, porque debería resumir los legendarios orígenes de Ocnos, hijo de Mantua, e incluso a Nabucodonosor, disparates todos inventados por unos, fomentados y alimentados por otros (incluyo a Lope de Vega) con los que darle así lustre a la sede de la Corte del Rey Católico y solo comparables a las cosas que la gente escribe hoy en sus blogs.

Así que, mal que nos pese, «Madrid», aunque lo sea de todos los que acudimos a trabajar a ella, no «es» como se decía en el siglo XVII, Madre de todos, sino que

Fui sobre agua edificada

Mis muros de fuego son

Esta es mi insignia y blasón.

Lo de los «muros de fuego» debe hacer alusión al refulgir del sol en el pedernal del basamento de la muralla (López de Hoyos, 1569, p. 125).