La historia final

Conciencia y testamentos de una mujer olvidada del siglo XVI (y II)

López de Hoyos aprendió mucho de Erasmo y de los clásicos. Pero ¿cuánto aprendió de los valores de su madre?

Lápida conmemorativa de los estudios de Miguel de Cervantes en la calle de la Villa. Uno de sus maestros fue López de Hoyos
Lápida conmemorativa de los estudios de Miguel de Cervantes en la calle de la Villa. Uno de sus maestros fue López de Hoyosmadrid.es

La semana pasada me ocupé del primer testamento otorgado por Juana de Santiago (en 1575), la madre de Juan López de Hoyos, el maestro de Cervantes, que era analfabeta y su esposo, un herrero.Sin embargo, sobrevivió al trance. Más de tres lustros después volvió a otorgar testamento. Pero ahora no iba a sobrevivir. Como digo, de nuevo se prepara para morir. Hay que dejar las cosas bien atadas para el mundo de los vivos. Su segundo testamento lo otorgó el 15 de junio de 1592. Este es fascinante por todo lo que trasluce de aquella sociedad.

En uno de los capítulos del testamento hace una digna y esclarecedora recapitulación de la necesidad de la familia. Habla de que Ana de Santiago, su hija, tanto en vida de Sebastián de Alfaro, su segundo marido de ésta, como después de su fallecimiento (¡había enterrado a dos maridos, y además a sus hermanos Alonso y Juan, y a otros hermanillos…, eso sí que es convivir con la muerte!), «me ha atendido y al presente tiene en su casa» y le ha dado tanto a ella, cuanto a su otra hija Isabel de Santiago «que es manca y tullida», (otra novedad, la minusvalía de Isabel, ¿qué le pasó?) les ha dado, dice, «de comer, casa y cama y servicio» y todo lo demás que necesitara…: «regalándome mucho por mi mucha vejez desde diez y siete días del mes de marzo del año pasado [de 1587]» en adelante. Alentadora la red de asistencia social que era la familia, y cómo teje la tela de ayuda. Hoy el Estado ha proclamado que los abuelos, con sus pensiones, de nuevo acuden al socorro de los hijos y los nietos.

Madre e hija han echado cuentas y les sale que la hija le ha dedicado a la madre 138.448 maravedíes en alimentos, pero el matrimonio había pagado otras deudas a la abuela, de tal manera que estaba entrampada con su hija y sus nietos por importe de 399.486 mrs. La deuda no estaba puesta al día, por lo que debería actualizarse.

Así, la buena de Juana quedaba en paz con su conciencia: «lo merece muy bien la dicha Ana» porque «me ha dado en todo este tiempo casa, compañía y me ha dado de comer y cama y ropa limpia y servicio y regalándome con cosas delicadas que tenía necesidad por razón de mi vejez y curándome de las enfermedades, a su costa poniendo en todo ello mucho trabajo y gasto de su hacienda».

Igualmente, la abuela ordenaba que se abonara a Ana todo lo que hubiera gastado en la manutención de su pobre hermana Isabel, la cual lo pagaría con la legítima del padre y lo que faltare con los bienes de la madre. A Isabel le dejaba la casa de dos aposentos que tenía ella enfrente de San Francisco e imploraba que no se la quitaran, «porque es huérfana y tullida y no puede trabajar».

Juana de Santiago nombraba como herederos a sus hijos vivos, a María, a Ana, a Isabel, a Úrsula de Santiago y a Gabriel López de Hoyos, todos hijos del único y legítimo matrimonio que había contraído. Todos hijos del mismo padre y de la misma madre; las mujeres apellidadas de una manera y los varones de otra.

Pero de repente, en medio de la turbación ante la muerte inminente, otro golpe de memoria. Además de esos hijos, tuvieron otros, ya muertos, que, a su vez, tuvieron hijos. Juana dejaba por herederos universales a todos sus hijos y nietos.

Y reconocidos los testigos en forma de derecho, fue otorgado este testamento en la fecha antedicha.

Juana podía descansar en paz. Había hecho justicia a su hija Ana y aseguraba la supervivencia de la pobre Isabel, ya tullida y vulnerable. No la abandonó, ni la abandonaron en la cuneta. La familia se hizo cargo de ella.

Juana murió el 22 de junio de 1592. No sabemos cuándo nació.

López de Hoyos aprendió mucho de Erasmo y de los clásicos y lo transmitió.

Pero ¿cuánto aprendió de los valores y de la ejemplaridad de su madre?

Por muchas cosas, a lo largo de mi investigación, he admirado a Juana de Santiago. La madre, analfabeta, de Juan López de Hoyos. La madre, analfabeta, que apostó por él. La madre analfabeta que, puesto el pie en el estribo, sufría por el destino de su hija tullida, ¡que no la desamparasen!

Me inquieta plantearme qué ocurre hoy con las criaturas y con las personas que, perdidos todos los asideros familiares o que incluso no han cotizado a la Seguridad Social, porque por ser tullidos no pueden trabajar, qué es de ellos. Juana encomendó a su hija Ana que cuidara de su hermana Isabel. La familia, así, le daría cuidados, cariño y sobre todo dignidad.

Aquella mujer analfabeta tenía unos valores dignos de encomio. También tenía miedo de lo que le pudiera pasar a su hija frágil. Llamó al socorro familiar y a la misericordia cristiana. Me parece una historia fascinante, implacable y enternecedora por igual, que no hay por qué vomitarla vociferando, transcurridos más de 400 años tras haber ocurrido. ¿Cuántas veces se habrá repetido en nuestro pasado, mis queridas adanistas?

Juana murió a la semana de dictar este testamento (el 22 de junio de 1592) y fue enterrada en la iglesia de San Justo, junto a su esposo. De Isabel de Santiago, la manca y tullida, no sé qué suerte corrió. Tal vez la muerte, o la misericordia y la caridad cristianas le resolvieran los problemas.

Juana habló desde la quietud de quien tiene la conciencia tranquila.

(La primera vez que escribí sobre Juana de Santiago fue en la biografía que hice sobre López de Hoyos en 2014, para La Esfera de los Libros, «Un maestro en tiempos de Felipe II»).

Alfredo Alvar Ezquerra es profesor de Investigación del CSIC