Gastronomía

Cervecería ‘La clásica’ o la alegría de vivir en Aranjuez

Chacina de nivelazo, marisco fino fino y laterío enganchante. Parroquia genuina y cañas tiradas de manera académica

Taberna restaurante La Clásica en Aranjuez.
Taberna restaurante La Clásica en Aranjuez.Jesús G. FeriaLa Razon

El casticismo es un estado del alma. Hay personajes que tienen metida en su genética e historia personal todos los saberes no escritos del foro, pongan su almacén de felicidad en Chamberí o en Aranjuez, como es el caso. Jorge del Puerto es uno de esos senadores tabernarios que han ido configurando parte de la leyenda de las barras madrileñas. «La clásica» es su más reciente criatura, a la vera del Mercado de Abastos de la ciudad de la Ribera del Tajo.

En un local diáfano, de techo alto, con cierto aroma industrial, pero con la calidez marca de la casa, podemos empezar nuestra estadía tabernera con una cañita tirada de manera académica. Jorge es uno de esos enciclopedistas cerveceros, modelo para tantos que ensalzan una virtud innata para acariciar el líquido rubio. El agitador Sacha siempre pone a este socarrón y entrañable gato como modelo de ello.

Este lugar de destino obligado para amantes de buena vida, y de los que persiguen barras que realmente nos seducen como sirena perdularia, abrió en pleno azote pandémico. Pero por encima de ese contexto hostil, «La clásica» se ha creado con la impronta característica que tan bien conoce Jorge. Esa chacina de nivelazo, el marisco fino fino y domesticado, el laterío enganchante, son atractivos indiscutibles. Por no hablar del toquecito de plancha que este versátil hostelero sabe manejar como nadie.

Taberna restaurante La Clásica en Aranjuez.
Taberna restaurante La Clásica en Aranjuez.Jesús G. FeriaLa Razon
No te pierdas
El crupier Jorge al frente de la ruleta
Tiene una barra que es como una ruleta. Cuando ese sonriente crupier que es Jorge deja rodar la bola, salen al rojo o al negro la gamba limpia, la cigala de bocado, la mojama, las huevas, y una patata frita de adn churrero. Y siempre se gana. ¡Y una caña, oiga!

Pincelada a pincelada, este pintor de barra, va creando ese sitio al que nos arrojamos intensos, como una amante que nos da lo que no somos capaces ni pedir. Y por eso aquí hay parroquia, de la genuina, de la que se cruza media península para darle un beso a Jorge y decirle, «eres único, chava». Alejandro, un fisioterapeuta regio, se encuentra en este salón, al igual que Angelito Martín Maestro, recalado en esta villa, pero conocedor de todos los cruces de caminos del toro. Los primos, los viajeros, los locos de una taberna que siempre es algo más que un simple lugar de paso. Porque es refugio, y en especial si se adora el vinagre, ese que en garrafas de puro néctar va pespunteando una ensaladilla ya convertida en clásico. Y no es tópico. Es verdad hecha poesía de la calle.

El imán tabernario es esa música que serpentea por las mesas altas y bajas, incluso por la terraza, en este rincón de las esencias. También el vino tiene un sitio. No hay hoy bar de caché que no conceda espacio a la enopatía. Y de tal suerte, es consciente el barista que las burbujas y las grandes etiquetas nacionales y forasteras, son fundamentales para quien llega sin prejuicio y con la cartera abierta a este mostrador postinero. La bodeguera de Tradición, la jerezana Helena Rivero, se sorprende con un fino de saca vieja. El champú tiene su reino, tanto como las conversaciones de barra, oscilantes entre el balompié, el toro o las alcaldías de la zona. Genuina libertad que siempre marca el pincho de la taberna o el vaso que hunde espuela.

Los zahoríes de los bares con personalidad ya tienen alerta su varita. El campo magnético de la alegría marca en Aranjuez «La clásica».