Turismo de guerra: una visita a la Batalla del Ebro

La mayor ofensiva republicana de la Guerra Civil española, que en última instancia sería la última gran batalla del conflicto, puede pasearse, escucharse y verse a las orillas del Ebro

Ochenta y dos años después de la batalla más larga, más sufrida y dolorosa de la Guerra Civil Española, resulta sorprendente lo poco que recuerdan los campos de los tiroteos. Aunque todavía guardan semillas de plomo en sus entrañas y algún pedazo de tierra agujereado, hoy cubierto de hierbajos, que permite adivinar que no fueron agua o simple viento quienes lo hollaron. Un alud de sensaciones encontradas, sin embargo, sacuden al español que vaya a visitar este escenario macabro, moteado por manchas de edificios conmemorativos y monumentos a los caídos. Cruzan rápidos los juicios en mi mente. ¿Es necesario este recordatorio, casi morboso, sobre los cuatro meses que dedicaron los españoles a matarse entre ellos? Los monumentos de lo políticamente correcto ensalzan la muerte a partes iguales y, es curioso, aquí uno no encuentra una oda a la victoria como hacen los museos de la Segunda Guerra Mundial en Normandía. Porque las placas conmemorativas parecen no honrar a nadie y honran a todos a la vez.

Pero está allí, esto es inevitable. Centros de interpretación y escenarios se suceden a lo largo del enorme campo de batalla, abiertos para que sea el visitante quien decida qué pensar.

La Batalla del Ebro

Manos a la obra. Pequeño resumen sobre la batalla. Hablamos de finales de julio de 1938, cuando las tropas nacionales ya han dividido en dos el territorio republicano, aislando a Cataluña con respecto a Madrid y los puertos del Levante. Urge estabilizar la situación para el bando de la República, tanto que el General Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor Central republicano, decide lanzar una ofensiva contra los ejércitos franquistas asentados en la orilla sur del río Ebro. Su intención es abrir un frente de 60 kilómetros entre Mequinenza (Zaragoza) y Amposta (Tarragona) y realizar un movimiento de tenaza que impida a los nacionales tomar el Levante y aislar a Madrid por completo. Durante los primeros minutos que marcó el reloj en el 25 de julio, noventa barcazas con capacidad para 10 hombres cada una, pontones, tanques y blindados varios cruzaron el Ebro en la mayor ofensiva republicana del conflicto.

Era un órdago a la grande, muy arriesgado. Un total de 100.000 hombres, o quizá más, habían sido incorporados por el General Rojo para garantizar el triunfo del ataque. 100.000 hombres exhaustos tras perder Teruel y tres años de guerra sin pausas.

El ataque resultó en éxito en sus inicios. La sorpresa que sufrieron los nacionales, que pese a conocer el número de tropas reuniéndose en la orilla republicana del Ebro, no esperaban que fuesen a poder cruzarlo, provocó que la mayoría de los pueblos más próximos fueran ocupados rápidamente por el bando republicano. Aunque determinados sectores como el de Amposta lograron mantenerse (tras 18 horas de durísimos combates). Franco se vio obligado a trasladar a sus ejércitos desde su posición contra el Levante de vuelta hacia el Ebro y, podría decirse, el ataque había conseguido uno de sus objetivos principales que era distraer esta ofensiva. Ahora solo hacía falta aguantar el frente hasta el estallido inevitable de la Segunda Guerra Mundial.

Diferentes problemas logísticos en el bando republicano, así como las firmes medidas que tomaron los mandos nacionales para mantener las posiciones en la ribera del Ebro, llevaron a un estancamiento de la batalla, una guerra de trincheras y escaramuzas de apariencia interminable que terminaron por arrasar la región. Pocos pueblos se salvaron de la destrucción. Ofensivas y contraofensivas terminaron con idéntico fracaso.

Existen opiniones diversas acerca de por qué terminó la batalla con la victoria nacional, en noviembre de 1938 y tras dejar un saldo de casi 20.000 fallecidos. Unos dicen que la retirada de las Brigadas Internacionales del territorio español, decisión motivada por la incapacidad europea de mantener el pulso a Hitler, fue un golpe fatal para la República. Otros la achacan al agotamiento de las tropas republicanas. También se dice que la aparición de la 1ª Divisón de Navarra en el lado nacional, conjuntamente con la reorganización del Cuerpo de Ejército del Maestrazgo, creó un martillo de guerra que golpeó imparable hasta hacerse con ambas orillas del río. El resto es historia. Barcelona cayó y con ella Madrid, resultando en el fin de la guerra pocos meses después.

La visita al campo de batalla

Existen cinco museos abiertos en la zona, cada uno de ellos explicando diferentes apartados de la batalla. El Centro de Interpretación 115 Días, situado en Corbera de Ebro, explica el desarrollo del enfrentamiento, su planteamiento, nudo y desenlace, los episodios más salvajes y una detallada muestra de las tropas y equipos que conformaban ambos bandos. Soldados a las Trincheras en Vilalba des Arcs muestra el día a día de los combatientes, sus penurias, las penalidades de su rutina. Hospitales de Sangre narra la logística sanitaria, en Batea. Las Voces del Frente, en Pinell de Brai, resulta harto interesante desde que explica las estrategias propagandísticas de ambos bandos, carteles, programas de radio y folletos, testimonios reales y la imagen que la prensa quiso crear de la batalla. Internacionales del Ebro toca los temas relacionados con las ayudas extranjeras durante el conflicto, ya fueran las Brigadas Internacionales o los apoyos alemán e italiano al bando nacional. Está en la Fatarella.

Y el rey de reyes entre los museos, considerado por muchos como el mejor museo de la guerra que hay en España, lo encontramos en el Museo de la Batalla del Ebro en Fayón, exponiendo un amplio muestrario de armas, uniformes y objetos personales de los combatientes. Ninguno de los centros dista del otro en más de 20 kilómetros, haciendo posible visitarlos todos en un solo día.

Otro atractivo de la visita supone el simple pasear por la región, a sabiendas de los sangrientos (o heroicos) sucesos ocurridos junto a esta roca, la pequeña franja en mitad del campo, aquél pino quebrado, ese llano, este altozano iracundo. En mi caso fue un paseo desagradable. El interés que puede tener esta excelente muestra de estrategia militar lo cubrió el saber que hermanos, amigos y primos rompieron sus lazos más sólidos en la brevedad de este terreno. Los morteros y las despedidas se barajan con los fantasmas de los pinares rotos. Un excelente trabajo de recuperación ha permitido volver a mostrar algunos de los búnkeres, trincheras y refugios antiaéreos utilizados durante la batalla, así la inmersión en la guerra resulta casi total. Parecería que solo falta el ruido.

Pero quise buscar un aspecto positivo en esta visita, más allá de reconocer todavía más profundamente la demencia que aflora en todas las guerras. Es habitual encontrar a lo largo del paseo las ruinas de pequeños pueblos, bombardeados o incendiados durante el combate, hoy abandonados y haciendo de recordatorio insoportable. Pero en Corbera de Ebro encontramos el nuevo emplazamiento del pueblo, bajo las ruinas del que fue su lugar antes de la batalla. Se descubre una apasionante explosión de vida, el baluarte de fortaleza que enarbolaron los sufridos habitantes de la región, inocentes, cuando sus casas desaparecieron y fue necesario construirlas de nuevo. Respirándose un aire de reconciliación en el pueblo, si no con uno mismo, con el pasado, y después de un día entero visitando museos de la guerra y campos sin perdón, resulta maravilloso descorrer el manto del sufrimiento para descubrir el de la esperanza.

Al final de la visita creo comprender por qué es necesario visitar el desolador campo de batalla de la ribera del Ebro, y mis pensamientos de rechazo se relajan, supongo. Se encuentra una respuesta en la ilusión de los nacionales, la tristeza de los republicanos y la valentía de sus habitantes. Uno sale de este amasijo de sentimientos con la firme convicción de no participar jamás en ninguno ellos, por loables que les parezcan a algunos.