Turismo de guerra: la derrota de Montes Claros

A 45 kilómetros de Badajoz en dirección a Lisboa se puede ver señalado el escenario de una guerra de frontera, muy polvorienta, que delimitó las líneas que separan hoy Portugal y España

Toca retirada. Después de haber sido diagnosticado con salmonela en Portugal y, aunque me pese, superado por la enfermedad, no he tenido más remedio que volver a Madrid para recuperarme durante los próximos días. Pero claro, iba en el coche revestido con una actitud un tanto nostálgica, escuchando las canciones más empalagosas de Jimmy Fontana, y no he podido evitar parar el coche en el monumento a la victoria portuguesa en Montes Claros. Está cerca de la frontera española, a pocos kilómetros de Badajoz. Aquí sufrió España una estrepitosa derrota en 1665, la última antes de conceder de forma definitiva la independencia a Portugal.

Cuando escribo sobre batallas procuro que sean aquellas que dieron gloria a España (ya le dejo a Iglesias lo de despreciar nuestro pasado), busco gestas que hicieron de nuestro país uno más rico en cultura. Pero ya lo dije, hoy estoy nostálgico, así que he querido parar en el escenario de una derrota. Aunque solo fuera por curiosidad.

La batalla de Montes Claros

También conocida como la batalla de Villaviciosa, aunque prefiero utilizar el primer nombre. Montes Claros suena a algo así como a batalla fantástica, de Juego de Tronos, su nombre libera sin quererlo imágenes de aullidos y acero por millares. Quien lea este nombre no podrá evitar imaginar un salteado de montes de baja estatura, blancos como el mármol, semejante al escenario de una batalla entre criaturas sacadas de un cuento. Y es verdad que los guerreros de Montes Claros no lo eran de poca monta.

20.000 soldados portugueses (junto con 2.000 británicos, porque no iban a perderse estos una oportunidad para incordiarnos) se dieron cita con puntualidad suiza un 17 de junio, día de calor, con 15.000 infantes y 7.600 caballeros españoles colocados en compañías. Pero no es la colocación de un ejército del siglo XVII en nada parecido al que se hace con un tablero de ajedrez. En casos como Montes Claros puede escucharse el jadeo de cada hombre al ajustarse la armadura, el chasquido húmedo de sus cinchas; un ligero aroma, como de tensión y ropa sucia, flota sobre las picas. Es este olor tergiversado con el vapor que manan las grupas de los caballos, aliñado por el sonido silbante del acero desenvainado, quien parece dar las órdenes a los soldados. Aunque en el lado español las aullase Luis Francisco de Benavides Carrillo de Toledo, III marqués de Caracena, V marqués de Frómista, III conde de Pinto. Un pobre muchacho que había llegado a ser gobernador de Milán y que, tras la batalla, sería acusado de traición y cobardía, hasta ser defenestrado por la corte y morir de enfermedad tres años después.

La importancia de la batalla estaba clara para ambos bandos e iba mucho más allá de conseguir la ciudad de Villaviciosa. Los portugueses se jugaban su independencia después de cuatro grandes victorias consecutivas contra los españoles, mientras nuestros compatriotas procuraban aguantar en la medida de lo posible el codiciado reino de Portugal. Ya habíamos sufrido un duro revés tras el pésimo resultado de la Guerra de los Treinta Años y varios varapalos contra el creciente Imperio francés. La necesidad de conseguir una victoria en Montes Claros era casi desesperada.

El campo de batalla

Cuando era chico y viajaba con mi familia en coche, mi madre solía comentar medio en broma medio en serio que las zonas que veíamos sin árboles junto a la carretera habían sido viejos campos de batalla. Que la mano afilada de la pólvora había esquilmado su vegetación. A mí me gustaba pensar que era así, siendo un criajo al que le encantaba jugar a los soldados. Luego pasaron los años y me explicaron lo que significa la agricultura intensiva, la tala masiva o cualquier tema de estos, y dejé de jugar a los soldados. También empecé a viajar menos con mi madre.

Cuando uno se desvía ocho kilómetros desde la A6 portuguesa para ver el monumento a los caídos en Montes Claros, construido con mármol de la zona, y consigue recorrer el poco espacio que lo separa del campo de batalla, verá que mi madre tenía razón cuando decía que los árboles nunca vuelven a crecer en uno de estos. Si lo hacen, apenas serán un puñado y lo harán temerosos.

Densos bosques de encinas entremezcladas con olivos rodean el escenario de Montes Claros. En el campo de batalla, en el escenario del hierro desatado, el visitante podrá ver nada más que amplios campos de cultivo de cereal y dos o tres encinas nerviosas. Retuercen los troncos como esperando un nuevo estruendo.

¿Por qué merece la pena una visita? Si pasas junto al campo, por qué no. Basta un pestañeo de la imaginación para observar galopar a la orgullosa caballería española, hasta abrir una violenta brecha en la infantería portuguesa y lanzar exclamaciones de victoria. Solo para encontrarse detrás de esta un grueso muro de plomo de cañón. Un segundo que resuma siete horas de bombardeos constantes contra los españoles, hasta que el cielo pálido de Montes Claros se pintarrajease de un color grisáceo. Hasta que 4.000 españoles se cayeron del caballo.

Agudice el oído el visitante y escuchará los tosidos perdidos de la caballería derribada. Esquive los corceles encabritados que aparecen de la bruma. Luego puede subirse de nuevo al coche y regresar a casa.