Internacional

Kim Jong Un: retrato de un dictador cruel y paranoico que viaja con su propio retrete

La periodista Anna Fifield asegura que el norcoreano “no es un villano de una película de James Bond, es un estratega que aplica castigos brutales”

En la última foto facilitada por el régimen la semana pasada, puede verse a Kim Jong Un visiblemente más delgado inspeccionando una localización para una nueva granja en el condado de Hamju
En la última foto facilitada por el régimen la semana pasada, puede verse a Kim Jong Un visiblemente más delgado inspeccionando una localización para una nueva granja en el condado de Hamju FOTO: KCNA via REUTERS

Anna Fifield (Nueva Zelanda, 1976) aún tiene pesadillas. Sueña que Kim Jong Un le da una entrevista y tiene que volver a Corea del Norte, el país al que viajó en trece ocasiones entre 2005 y 2016. Pero la realidad es que el régimen le ha hecho un “ghosting” en toda regla desde que publicara El gran sucesor (Capitán Swing). Un libro excepcional en el que esta periodista retrata al sátrapa como un estratega despiadado e inteligente, nada que ver con la versión “freaky” que él mismo cultiva para jugar con ventaja.

-¿Qué ha pasado en Corea del Norte en los dos último años?

-La sequía informativa ha sido total. El país se cerró a cal y canto con la pandemia y ninguno de los diplomáticos o empresarios que salían y entraban lo han vuelto a hacer. Sólo sabemos lo que el régimen ha contado. El propio Kim Jong Un ha alertado sobre otra posible hambruna y creo que no exagera. Hasta ahora el país sobrevivía gracias a lo que llegaba de China.

-Parece que la Covid ha arruinado los planes de Kim Jong Un. En 2019 había fuentes que decían que el país crecía al 7%. Ni Estados Unidos en sus mejores tiempos.

-Cuando llegó al poder en 2011 prometió que la vida de los norcoreanos iba a mejorar y la verdad es que, al menos para la elite de poder que vive en Pyongyang, sí lo ha hecho. Les ha permitido ser corruptos y, a cambio, ellos le han dado su lealtad. Sin embargo, los últimos dos años han sido mucho más duros que cualquier sanción económica que hayan sufrido antes. El pánico a que entre el virus ha impedido también la llegada de las bolsas con dinero de la vecina China.

-Después de haber hablado con cientos de personas, algunas de su círculo íntimo, ¿cómo describiría la personalidad del dictador?

-Hay una percepción de que está loco porque tiene ese aspecto de villano de una película de James Bond. Es verdad que hace cosas raras, como montar caballos salvajes encima de la nieve, pero la realidad es que es un tipo cruel, muy estratégico y calculador. Ha hecho lo que parecía imposible: mantenerse en el poder diez años pese a carecer de experiencia. Si no fuera alguien racional y lógico no lo habría conseguido.

-Dice que él mismo potencia esa imagen de lunático porque sirve a sus propósitos.

-Correcto, así logra que le subestimen. Además, con ese “look” trata de parecerse físicamente a su abuelo, Kim Il Sung, al que el pueblo adoraba. Trata de recordarles los viejos tiempos con el corte de pelo, las gafas, esa ropa. Y funciona. Imita hasta su cercanía con la gente, se acerca y les toca, sonríe. Su padre no soportaba estar con el pueblo y tenía pánico a viajar. Él, nada más llegar, reconoció el fiasco del lanzamiento del satélite y dio un discurso de 20 minutos en directo. Su predecesor apenas dijo una frase en toda su vida.

-En el libro ofrece muchos detalles sobre su infancia y su estancia en Suiza.

-Fue totalmente disfuncional. Creció en una burbuja, ni siquiera conocía a sus hermanastros. No tenía amigos, no iba al colegio. Estaba en una jaula dorada, por eso lo mandaron a Suiza de adolescente, donde nadie sabía quién era. Pudo relacionarse, jugar, fue bastante formativo. Aprendió inglés, alemán.

-Parece que no le dejó poso alguno su paso por Europa.

-Todo lo contrario. Se dio cuenta de que sería un don nadie, de que no sería especial si no fuera por la dictadura que su familia había creado.

-¿Por qué cree que genera tanta fascinación?

-Creo que se debe a lo poco que sabemos de él. Para la dimensión del país que gobierna, recibe una atención desmesurada. Desde luego, ha sabido jugar bien sus cartas. Sobre todo, gracias a su programa nuclear, que es enorme y muy creíble. Aunque se ha comido prácticamente todos los recursos del país, es el orgullo de los ciudadanos.

-Sí, resulta sorprendente cuando se están muriendo literalmente de hambre. ¿Qué les impide levantarse en armas?

-El miedo. El sistema de represión política y de castigos es brutal. La gente prefiere largarse en lugar de tratar de cambiar el sistema desde dentro. Hasta hoy, la dictadura practica la “culpabilidad por asociación”, que significa que los castigos por crímenes políticos afectan a tres generaciones. Puede que tú te quieras arriesgar a pasar la vida en un gulag, trabajando en la mina, pero ¿y tus padres e hijos? Esa disuasión no falla.

-Resulta increíble que no conozcamos el nombre de un solo opositor.

-¡Es que no hay! Están muertos o en la mina. No hay pintadas en la calle, ningún disidente.

-En el libro cita algunos mitos infundados, como que mandó asesinar a una novia por grabarse cintas lésbicas o que se gastó 3,5 millones de dólares en lencería para el “batallón del placer” de 2.000 mujeres que heredó de su padre. ¿Qué otras mentiras ha oído?

-Hay muchísimas. La gente está dispuesta a creer casi cualquier cosa de Corea del Norte. Además, nadie te va a desmentir. Para mí la más grande es sobre la que han fundado el régimen: que la familia desciende de Paektu, la montaña sagrada, y que el poder les viene de dios. Es un relato compuesto de retazos robados a otras mitologías.

-Es curioso, un régimen comunista convertido en dinástico y basado en el derecho divino.

-Lo tienen todo mezclado. La familia era originariamente cristiana, así que conocen bien esa tradición y cogieron elementos de ahí para levantar esta dinastía comunista, un término que ni siquiera existe.

Anna Fifield en uno de sus viajes a Corea del Norte
Anna Fifield en uno de sus viajes a Corea del Norte FOTO: La Razón La Razón

-¿Cómo funciona la maquinaria de propaganda de culto en torno al líder?

-A través de la burocracia. Cada barrio, cada colegio, cada centro de trabajo, cuenta con una delegación del partido único que les dice lo que tienen que aprender. Cosas como que el dictador podía disparar un arma con siete años. O conducir con cinco. La gente sabe que son mentiras pero no se arriesgan a decirlo.

-¿Cuál es el procedimiento de las delaciones?

-Los sábados se celebran “sesiones de autocrítica”. Se reúnen en las sedes del Partido de los Trabajadores y la gente se levanta y reconoce que podía haber sido un mejor comunista y qué haría diferente. También se les anima a delatar al resto. Es una manera de probar su lealtad al régimen y obtener, a cambio, más arroz.

-¿Continúa vigente el sistema de clases? Asegura usted que hay 51 diferentes, según el grado de adhesión al oficialismo.

-Sin duda. Los que están en la cúspide de la pirámide son los que mejor viven. Tienen mejores apartamentos en la capital, sus hijos van a universidades buenas y pueden comer carne. Es muy fácil bajar en la escala y casi imposible ascender.

-Parece que el pueblo norcoreano tiene, sobre todo, hambre.

-La hambruna de los 90 pudo llegar a matar hasta tres millones de personas. Ahora lo que hay más bien es un problema de malnutrición. La gente ya no cae muerta en la calle, aunque es muy difícil obtener proteína. Lo ves en su físico, son más bajitos y su color de piel es más pálido.

-El único obeso es él.

-Sí, nunca vi por la calle a alguien con sobrepeso, esa es la verdad. En Asia los kilos de más son un síntoma de riqueza y poder.

-Se ha especulado mucho sobre sus problemas de salud.

-En las últimas cumbres que se celebraron se le vio con serios problemas para andar y respirar. Desaparecía largos ratos. La gran pregunta ahora es qué ha estado haciendo estos dos años. Claramente ha perdido peso, no sabemos si es porque hace ejercicio o porque ha estado enfermo. Su salud es claramente su mayor obstáculo para perpetuarse en el poder. Justo la única cosa que está en su mano, cuidarse, no lo hace. Después de hacer matar a su tío, a su hermanastro, él es su peor enemigo.

-¿Sabemos si es tan mujeriego como su padre?

-La diferencia es que su padre estuvo cuatro décadas esperando heredar el poder. Un gran periodo de tiempo en el que muchos de los que escaparon contaron esas historias. En cambio, Kim Jong Un ha sellado el país en esta década.

-¿A quién escucha? ¿A su mujer?

-No tanto. Su mujer tiene el papel de mostrarlo como un hombre familiar, de suavizar su imagen. Su hermana es su verdadera arma secreta, su Ivanka Trump. Es muy racional y calmada. Comparten el mismo interés en mantenerse ahí arriba. Que sepamos tienen tres hijos, pero la fuente es Dennis Rodman, ja, ja, así de mal está la cosa.

-Parece imposible de creer que esa corte de millennials que le rodea haga yoga, tome café bueno... como en un capítulo de “Friends”. Lo que usted llama Pyonghattan.

-Lo ha hecho a propósito, claro. Para que le apoyen los 40 años que le pueden quedar al frente del país. Esta gente ve las telenovelas surcoreanas y sabe lo bien que viven allí.

-Aparte del programa nuclear, el ejército de hackers es un serio peligro para Corea del Sur: 2.5 millones de ataques al día.

-Es extraordinariamente exitoso. Causan un gran destrozo y consiguen mucho dinero. Lanzan ataques al azar contra bancos, instituciones, son muy disruptivos... Pero no solo atentan en su vecino del sur, también en Europa. Robaron, por ejemplo, 81 millones de dólares del banco central de Bangladesh. Es un arma poderosísima.

-¿Tienen la tecnología y el “know how” importado de China?

-Sí. También hay que tener en cuenta que los regímenes comunistas apuestan por la Educación. Kim ha reforzado aún más la formación en matemáticas y en ciencia.

-Es chocante el denodado esfuerzo del régimen para que la CIA no se haga con su ADN. ¿Por qué?

-En la última reunión en Singapur con Donald Trump se llevó su propio retrete. Creo que ser un dictador implica ser paranoico. Pretende evitar que logren cualquier información sobre su persona. Quizá se deba a que no quiere que conozcan sus problemas de salud o que puedan conectar a otros con su familia. Cuando su hermana acudió a un hotel en Corea del Sur, no durmió en la cama. Se llevó una plegable y un equipo especial desinfectó la habitación hasta que no quedó un solo pelo.

-Cuenta que cuando fue nombrado nadie sabía nada de él, que la Casa Blanca llegó a urdir un plan que involucraba a Eric Clapton, del que es fan declarado, para acercarse a él.

-Es que ni en Corea del Sur sabían deletrear su nombre y lo escribían mal. No tenían ni idea de quién era. Cuando los niños estaban en Suiza, la Inteligencia lo sabía, pero debido a la discreción que ha hecho tan célebre a este país no contaron nunca nada. Por eso lo eligieron.

-¿Ha mantenido los campos de concentración? Una fuente que cita los compara con los empleados por los nazis.

-Un juez de la Corte Penal Internacional, superviviente del Holocausto, dijo después de oír testimonios de personas que pasaron por allí que se igualaba al terror nazi. Sabemos que los campos de trabajo siguen existiendo por las imágenes de satélite. Lo que desconocemos es cuántos prisioneros viven ahí. Desde que llegó al poder el tercer Kim, el número de huidos se ha desplomado. Antes era un millar al año. Yo no pude encontrar a una sola persona que hubiera logrado escapar con vida de esos campos de concentración.

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  • «El gran sucesor» (Capitán Swing), de Anna Fifield, 376 páginas, 22 euros.

LO QUE ESCONDE EL CHICO GORDITO DE LOS MEMES

Por Jorge Vilches
Nos encontramos ante un libro revelador. Kim Jong Un no es ese chico gordito sobre el que caen memes en las redes, sino un estratega inteligente. La obra de la periodista Anna Fifield abre un campo prácticamente desconocido en Occidente. Es el tercero de una dinastía que mantiene una dictadura comunista en Corea del Norte más longeva que la Unión Soviética. Se educó en Suiza y en otros países capitalistas hasta que le tocó la sucesión, con apenas 24 años. Tenía que gobernar a 25 millones de famélicos y sumisos compatriotas sin perder el poder. Ya no era el mundo de la Guerra Fría. China se había convertido en la gran potencia económica desde la apertura de Deng Xiaoping en 1978, y Vietnam crecía con una economía de libre mercado. Ser un país dictatorial, aislado, sin aliados y con sanciones de la ONU no es fácil si se quiere conservar el mando. El dictador, nos cuenta Anna Fifield, puso en marcha una estrategia, siguiendo el modelo económico chino, de abrir la economía para que primero se enriquecieran unos pocos y luego los demás mientras el poder quedaba en el partido comunista. Su dificultad estriba en el aislamiento. Consiguió, oh, sorpresa, un acuerdo con Putin, que abrió la frontera, permitió el comercio y dijo a la ONU que se acabaran las sanciones por su armamento nuclear. Otro tanto hizo Xi Jingping, que había pasado de la enemistad de 2011, cuando Kim Jong Un heredó, a la amistad en tan solo cinco años. Además, el norcoreano consiguió acercar posturas con la Administración de Estados Unidos en la era Trump: fin al desarrollo nuclear y apertura comercial. De ahí tanto exhibicionismo atómico: para vender cara la negociación. El problema estriba en que su dictadura es una dinastía. No pasa como en China, Vietnam o Cuba, que es el partido, o una oligarquía. Allí es la familia. Anna Fifield cuenta todo este entramado gracias a un trabajo de investigación portentoso que incluye entrevistas a todo el que ha conocido a Kim Jong Un o ha huido del país.

▲ Lo mejor

Que el ritmo narrativo es fantástico, al igual que los casos personales que cuenta.

▼ Lo peor

Hay que consultar de vez en cuando los nombres de los diplomáticos.