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"Robot Dreams", la fábula silente de Pablo Berger: "La verborrea es enfermedad"

El director de "Blancanieves" y "Abracadabra" dirige un bello cuento sobre la amistad nominado a los Premios Goya y con serias opciones al Oscar

Pablo Berger dirige "Robot Dreams", una fábula silente sobre la amistad
Pablo Berger dirige "Robot Dreams", una fábula silente sobre la amistadARCADIA MOTION PICTURES / BTEAM

Corre, literalmente, de una entrevista a otra. El jadeo de las prisas comienza a configurar un mapa sonoro irremediablemente citadino: un taladro, acaso himno extra-oficial de la capital, se cuela por debajo de la puerta mientras la cafetera comienza a bullir. El Premio Goya a Mejor Guion Original nos mira, enfadado. Y eso que ninguna de la decena larga de estatuillas que le hacen compañía osaría hacerle sombra. Sobre la mesa, un montón de ilustraciones, ordenadas en republicano orden de belleza: todas son iguales ante su creador. Por fin, Pablo Berger (Bilbao, 1963) se sienta. A su izquierda, la novela gráfica «Robot Dreams», obra de la ilustradora Sara Varon; a su derecha, una pared entera de «storyboards» de la adaptación al cine que estrena esta semana, la misma que le ha valido cuatro nominaciones al mismo «cabezón» que ya atesora y que le hace sonar con fuerza de cara a los próximos Premios Oscar; delante, un montón de preguntas sobre una de las mejores películas del año. Lo de que sea española y lo de la animación, ya para quien le guste mirar apellidos.

«Está todo un poco desordenado, pero así soy yo», se disculpa el director ante quien escribe, como versando sobre la entropía de un despacho que bien podría ser lugar de peregrinación: «A cada proyecto, un Billy», bromea Berger sobre las estanterías suecas que le sirven de índice. «En 2010 pedí la novela gráfica por Internet. Me parecía original y divertida, pero el final me parecía una de las cosas más emocionantes que había visto. Pero ahí se quedó. Hice “Blancanieves”. Hice “Abracadabra”. Y cuando tenía que ver lo siguiente, volví a leerlo. Y me puse a llorar con el final. Nunca me había pasado con un cómic. Nunca me había enfrentado a ese poder de emoción en una historia gráfica. Jamás pensé que haría una película de animación. No por prejuicios, porque Miyazaki siempre fue uno de mis diez directores favoritos, si no porque no era mi mundo como cineasta. La transición ha sido muy natural, es como si toda mi vida me hubiera estado preparando para esta película», confiesa.

"Robot Dreams" se estrena en cines el 6 de diciembre
"Robot Dreams" se estrena en cines el 6 de diciembreARCADIA MOTION PICTURES / BTEAM

Defensor de la animación como técnica, como medio y no como género, Berger nos cuenta en «Robot Dreams» la historia de DOG, un perro antropomórfico que vive cómodo en el Nueva York de los últimos ochenta y que, por aquello de la desidia adulta, comienza a sentirse irreparablemente solo. De noche, cuando las amarguras rompen por insomnio, el protagonista verá anunciado en la teletienda un robot que bien podría ser la solución a todos sus problemas. Sin pensárselo, y sin pronunciar una sola palabra en los 100 minutos de metraje del filme, DOG coge el teléfono para hacer su pedido y para comenzar, de paso, a vivir. «Lo que más me ha requerido este proyecto es paciencia. Pero era algo a lo que siempre me he aferrado. Tardé cinco años en hacer mi primera película, “Torremolinos 73”», apunta un Berger que entra también en la confianza, en la horizontalidad de un proyecto mastodóntico en el que han trabajado más de un centenar de profesionales: «Cuando hice mi primera película, creía que el director tenía que ser una especie de Erich von Stroheim que lo sabe todo, que lo grita y se enfada megáfono en mano. Y para nada. Es una lección que aprendí con la película ya rodada. Cuando te das cuenta de que tus animadores son tus actores, todo es más fácil. Así fue como comencé a dirigirles, a pedirles menos intención, más sugerencia, por ejemplo. Mi obsesión era la mirada, el emocionar y poder transmitir todo eso», añade sincero el realizador.

Buscando la emoción humanista

Berger, que tilda de «ridículo» que un filme así de grande pueda asociarse solo a su apellido, firma en la emotiva «Robot Dreams» un manifiesto humanista… irónicamente lleno de animales y máquinas. Su película, fábula silente como las últimas de maestros generacionales como Wim Wenders («Perfect Days») o John Woo («Noche de paz»), se instala también en una reflexión mucho más contemporánea que lo atemporal de su mensaje amable: ¿estamos hablando un poco de más? ¿Estamos gastando palabras por encima de nuestras posibilidades? “Hablamos demasiado. La verborrea es enfermedad, y es global ese exceso de explicación. A muchos directores se les olvida que el cine es escribir con imágenes. Por eso la era dorada del cine, sin duda, son los años veinte. Murnau, Ganz, Dreyer… Todos revolucionaron el lenguaje del cine sin palabras. El sonoro, para mí y para otros muchos, fue un paso atrás en cierto sentido», opina el director antes de seguir: «Me gusta sentirme como un terrorista cinematográfico, quiero ser recordatorio de que el cine puede ser una experiencia única y solo puede serlo sin diálogos. Solo con imágenes y música. Todo lo demás, lo puedes encontrar en el teatro o la literatura», sentencia.

«Me gusta la idea de que el espectador entre en una esfera de ensoñación. Es una película en la que hay que entrar, aunque sepa que no todo el mundo pueda ser hipnotizado», explica un Berger que no deja en ningún momento de poner en valor la extraordinaria banda sonora de Alfonso de Villalonga o la dirección de arte de José Luis Ágreda. «Es valiente, en cierto sentido, hacer una película humanista en los tiempos de la inteligencia artificial, los avatares y los algoritmos. Es refrescante volver a lo sencillo, a la fragilidad de una amistad. A lo mejor soy un poco inocente, pero es que no quiero que el cinismo se apodere de mí. El hecho de hacer animales a los protagonistas, también ayuda a que el espectador sustituya a los personajes. Muchos verán en Robot a su mejor amigo, pero también a su pareja, o incluso a su expareja», concreta el realizador.

De Valladolid a Los Angeles

Con la temporada de premios ya en marcha, Berger es optimista. «Hemos conseguido entrar en categorías de los Goya en las que casi nunca se acuerdan de la animación. ¿Podrían haber sido más? Sí. ¿Podríamos haber entrado en Mejor Película? Podríamos, pero estoy muy contento», explica el director, nominado en Animación, Guion Adaptado, Música Original y Montaje. Pero es que con una noche de alfombra roja ya asegurada en Valladolid, «Robot Dreams» también podría viajar a los Premios Oscar, en L.A. Para medios especializados como «IndieWire», «Variety» o «Awards Watch», el filme de Berger estaría entre los cinco nominados en la animación, que se conocerán el próximo 23 de enero.

Equiparable, por fondo humano, a la selecta filmografía del director, y por forma, a intentos antropomórficos de explicar la vida como las recientes «Tuca y Bertie» (HBO) o «Bojack Horseman» (Netflix), «Robot Dreams» bien podría ayudar a dejar de concebir la animación como un ente comercial o un arte poco menos que pueril: «Mi mayor fan es mi hermano. Cuando le dije que iba a cine de animación casi se decepcionó. Y luego, al salir del pase de Sitges, era uno de los más emocionados. Había entendido el poder del medio», se despide Berger.

Concebida como un precioso cuento sobre lo efímero de nuestros anhelos, como un canto al disfrute consciente del (mucho o poco) tiempo que pasamos vivos, «Robot Dreams» es un regalo para la vista en cada plano, devolviéndonos al Manhattan que todavía era hegemónicamente global, con las Torres Gemelas en pie y un montón de soñadores pudiendo permitirse aún el alquiler. Queda por ver si eso vale para romper el techo de cristal de la animación como un producto acotado a lo infantil, pero más allá de la mercadotecnia, el avance en el tiempo que significa una película de estas características en nuestro país solo puede orientarse hacia el futuro.