El emérito, «un jubilado americano con zapatillas, vaqueros y camiseta»

La biógrafa de Don Juan Carlos dice que es «un padre repudiado por su hijo, Felipe VI», y que ya piensa en su entierro

Portada de la biografía del rey Juan Carlos, escrita por Laurence Debray
Portada de la biografía del rey Juan Carlos, escrita por Laurence Debray FOTO: La Razón

La aparición del libro «Mon roi déchu» (Mi Rey depuesto) de la biógrafa del Rey emérito, Laurence Debray, ha tenido un eco mediático limitado en Francia. En parte porque la trascendencia informativa del libro en cuanto a las causas judiciales de Juan Carlos I no tiene relevancia para aparecer en las reseñas de los medios importantes del país que durante estos años sí que han dado cobertura a las investigaciones abiertas sobre fraude fiscal y sus negocios y a las regularizaciones fiscales voluntarias. La autora, aunque recuerda «sus cuentas en Suiza», afirma que el emérito «no ha cometido un delito penal». En este sentido, Debray narra que el Rey emérito «aceptó un regalo difícil de rechazar de parte del Rey de Arabia Saudí». Debray destaca que Juan Carlos I «es un Rey destronado, pero, sobre todo, un padre repudiado» por su hijo Felipe VI.

En esta nueva publicación, Debray ahonda en la faceta más humana de Juan Carlos de Borbón, quizás mucho más interesante para la memoria colectiva de los españoles que para el público francés. Un padre repudiado por su hijo más allá del puro ámbito institucional, una buena relación (pese a todo) con la Reina Sofía, quizás uno de los aspectos más desconocidos, o un primer intento de trasladarse a Portugal con su amigo empresario Vasco Manuel de Quevedo Pereira Coutinho, que tuvo que cambiar para irse mucho más lejos por presiones. Son algunas de las claves que el Rey emérito despacha a su biógrafa en conversaciones que han mantenido tras una visita a su lugar de residencia en Emiratos Árabes Unidos. El emérito pasa su tiempo repasando la actualidad española, sin quejarse de su situación, con un aspecto mejorado aunque dice pensar en su entierro. En «Mi Rey depuesto», Debray describe al monarca como un «un jubilado americano con zapatillas, vaqueros y camiseta» y este le dice que lo que más echa de menos es la comida española. Preguntado sobre un posible regreso a España, Juan Carlos I no se pronuncia: «No lo sé. Algunos están muy contentos de que me fuera». En otro capítulo, el soberano emérito llama a la autora para comentarle algo que esta escribió: «Leo un artículo en el que dices que si me hubiera muerto antes de la cacería de Botsuana, hubiera muerto como un héroe. Pero, sabes, me encuentro muy bien…».

Debray deja claro, entre algunos pasajes edulcorados, que siente una admiración profunda por la figura de Juan Carlos desde hace años. No hay neutralidad posible en las 268 páginas en las que la autora le denomina en numerosas ocasiones como «mi héroe», «mi Rey» o «mi Rey destronado». De hecho, muestra su decepción por la forma en que el emérito acepta su marcha del país sin mostrarse más combativo contra los que le atacan o critican en España.

Hija de revolucionarios de la izquierda caviar francesa, la posición de la escritora en la actualidad es la contraria, la del combate de los populismos de la izquierda radical. Y en esa transición propia encontró en la figura del Rey emérito un modelo de transición, una «inspiración política», que ya ha sido «olvidada por las nuevas generaciones de españoles». Casada y con dos hijos, Debray muestra en todo momento una admiración platónica hacia el monarca que contrasta con los personajes a los que rendía tributo su padre, el filósofo Réagis Debray, cercano a personajes como Fidel Castro o Hugo Chávez y de quien luego se distanció para siempre. Quizás por ello aquel mítico «¿Por qué no te callas?», que el emérito espetó a Chávez retumbe aún hoy tanto en su cabeza.

«Mis padres eran de Mitterrand, y yo de Juan Carlos», dice la propia autora en un libro que no duda en arrancar como los cuentos hacen por antonomasia: «Érase una vez, un príncipe encantador que con el tiempo se transformó en maldito». Una historia personal, más allá de las investigaciones judiciales, «digna de Shakespeare», escribe la biógrafa, con aires de enamoramiento –como se desprende de la obra–, en sus líneas hacia el emérito, dejando algunos interrogantes en el aire, que visualizan preocupaciones profundas de su interlocutor: «¿Le organizará España unos funerales a su medida? ¿Quién irá?».