Garzón y el pecado de la carne: del solomillo de su boda a su esposa lactante

La consigna dictada por Moncloa después de sus últimas declaraciones es que “Garzón no hablaba como ministro, sino como ciudadano”

Alberto Garzón
Alberto Garzón FOTO: J.J. Guillén EFE

Sírvanle los ganaderos a Alberto Garzón un solomillo de ternera a la brasa como aquel con el que agasajó en 2017 a los invitados el día de su boda con Anna Ruiz. O una chistorra similar a la que compartió con sus compañeros de Podemos. ¿No es riojano el ministro? Sedúzcanle con unas chuletas de esas que se asan en su tierra sobre brasas de sarmiento. Si todavía es capaz de contener las ganas de salivar, habrá que echar mano de un aliado infalible, el olfato. Prueben a poner en su escaño unos caparrones servidos en una olla de barro con obscenos tropezones a base de chorizo, deliciosa carne de cordero y tocino. ¿Aún no hierve de emoción? ¿Se ha tapado la nariz o no hay nada que pellizque esa parte límbica de su cerebro que le haría revivir gozos de la infancia, cuando procesionaba como cofrade de Jesús del Rescate?

Le delata su pasado, incluso el más reciente, por mucho que ahora disimulen sus papilas gustativas fariseas y oportunistas. El ministro quedará libre del pecado de la gula, pero no del de la soberbia, igualmente carnal. Sus últimas declaraciones en ‘The Guardian’ han hecho que tiemble uno de los principales sectores de la economía, la ya malherida ganadería, incluso la clase política. Unos y otros le recuerdan que es “un insulto a la inteligencia”, “una agresión a la economía”. Erre que erre, el ministro de Consumo, insiste en que lo dicho es “impecable” y que sus palabras se le han hecho bola a la gente. No ve en la crítica el riesgo de sus opiniones, sino “intereses partidistas”.

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, visita la explotación ganadera de Rodrigo Suárez García
El ministro de Consumo, Alberto Garzón, visita la explotación ganadera de Rodrigo Suárez García FOTO: ELOY ALONSO EFE

Él decide qué ganadería es sostenible y cuál es tóxica, pero hay cosas que no se tocan. Miles de ganaderos, empresas, trabajadores y técnicos vinculados a los sectores ganaderos y cárnicos temen la hecatombe y han manifestado su estupor por la difamación y la confrontación. Luis Planas, ministro de Agricultura, ha pedido no crear más problemas y “sí dar seguridad y tranquilidad”. Por su parte, Pedro Sánchez ya en su día replicó “donde me pongan un chuletón a punto… eso es imbatible”.

El ministro de Consumo se muestra tozudo. Ni siquiera Guillermo Fernández-Vara, presidente de Extremadura, fue capaz de tentarle cuando le invitó a conocer una de las despensas más abundantes de Europa, la dehesa extremeña. Existen unas 25.000 en España y forman un ecosistema privilegiado. Pero nada le hace cambiar. La carne, según su opinión, es una imperfección más de la masculinidad, un anhelo insano de quienes sueñan con lucir más varoniles. Tanto él como Pablo Echenique ven que conjuran contra él la ultraderecha y el lobby de las macrogranjas.

redes. Al menos el ibérico, contiene triptófano, un antidepresivo natural y relajante, en dosis suficientes para reducir la ansiedad y el insomnio y apaciguar nuestro maltrecho sistema nervioso. La consigna dictada por Moncloa después de sus últimas declaraciones es que “Garzón no hablaba como ministro, sino como ciudadano.

Si es así, entonces podría entenderse que en su hogar impere el autoabastecimiento. Unos pocos productos extraídos del terruño o del balcón bastan para saciar, malamente, un par de bocas. Y de momento, por lo que se aprecia en sus redes sociales, su prole se nutre con la leche de su esposa Anna, esa mujer que se define a sí misma como “madre loba”. El ministro puede obviar los peligros que acechan al país. Otra cosa será cuando llegue el momento de explicar a sus retoños que el azúcar mata, la carne envilece y el batido que no emana de la teta materna intoxica.