África

Putin vence la batalla de la información en Malí (I)

En las calles de Bamako se respira un ambiente festivo frente a la retirada francesa

Soldados Franceses abandonan su posición en Gao, Malí.
Soldados Franceses abandonan su posición en Gao, Malí. FOTO: Jerome Delay AP

“¿Crees casualidad que los franceses tuvieran una base en Kidal? ¿Precisamente en la ubicación exacta de una de las minas de oro más importantes de nuestro país?”. Issa vocaliza estas preguntas con un acento ligeramente burlón, mirando con los párpados achinados las motos que cruzan y formulando una mueca que cabalga entre la diversión y el enfado. A Issa no le gustan los franceses. Tampoco les gustan a sus primos ni a sus hermanos, ni al resto de hombres que participan en esta pequeña reunión a pie de calle. Hace diez años, quizá, puede ser que Issa saliera para celebrar la llegada de las tropas francesas que frenarían la expansión yihadista en Malí, Issa reconoce que ha elogiado Francia cuando ha tenido que vender sus naranjas junto al Hotel Amitié. Ahora saca a relucir los trapos sucios de los “neocolonizadores” europeos que expolian su país y arman a los terroristas para justificar su presencia en las bases del norte.

Durante meses, los expertos en propaganda del Kremlin han amasado una campaña desinformativa dirigida a la población maliense, que hace tiempo que arrastra un conflicto entre tuaregs, ganaderos, agricultores, islamistas, fundamentalistas islámicos, bandoleros, mercenarios, franceses y el Gobierno nacional. El caos de Malí no hay quién lo cure. Ni siquiera la misión de la ONU, MINUSMA, catalogada por los expertos como la misión más mortífera de la organización con 260 fallecidos, ha conseguido restablecer la paz que zarandea las zonas calientes de la región: el desierto en el norte, la zona conocida como “las tres fronteras” (Malí, Níger y Burkina Faso) y el cauce del río Níger en el centro del país.

Vista aérea de Tombuctú. La ciudad de los 333 santos estuvo controlada por los islamistas en 2013.
Vista aérea de Tombuctú. La ciudad de los 333 santos estuvo controlada por los islamistas en 2013. FOTO: Mousssa NIAKATE https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.es

Desde la Operación Serval hasta la Operación Barkhane

Las tropas francesas entraron en Malí en el marco de la “Operación Serval”, después de que la revuelta tuareg de 2012 tomara Tombuctú y forjase una alianza con islamistas procedentes de toda la zona del Sahel. La misión fue un éxito y los insurgentes fueron expulsados de las principales ciudades del país. Yihadistas y diferentes facciones de los grupos mencionados más arriba se vieron obligados a mimetizarse con la población, iniciando un nuevo método de combate que se ha prolongado hasta hoy. Atacando ahora esta aldea, luego aquella otra, tendiendo mortíferas emboscadas en las carreteras, asaltando cayucos en el Níger, asesinando a hurtadillas en las calles más oscuras de Bamako.

La “Operación Serval” se integró entonces en la “Operación Barkhane” de lucha antiterrorista, que opera a nivel regional en todos los países del G5 Sahel. El enemigo desapareció del punto de mira galo, solo para reaparecer unos minutos rodeado de polvo del desierto, disparar, invocar a Alá con todas sus fuerzas y desaparecer nuevamente; la presencia francesa que los malienses esperaban que durase un año, a lo sumo dos, llegó a prolongarse durante diez años que se hicieron eternos entre los secuestros y los tiroteos.

“¡Nos quieren robar el oro!”

Comenzaron los rumores. La apertura de una base francesa junto a la mina de oro de Kidal, ubicada a 1.500 kilómetros de la capital y demasiado lejana para que las noticias que arriban a Bamako sean puras y no vengan edulcoradas con la distancia, intensificó los rumores entre la población local. “Francia lleva casi una década sacando el oro de Kidal”, asegura Issa, y añade: “es la única razón de por qué están aquí”.

Obreros rompen piedras en Kidal para sacar el oro, en una fotografía de 2020.
Obreros rompen piedras en Kidal para sacar el oro, en una fotografía de 2020. FOTO: Baba Ahmed AP

Es que en Malí no hay nada más importante que el oro. Desde los tiempos de Mansa Musa (el gobernante más rico de la Historia) hasta hoy, cuando supone un 94% de sus exportaciones, el oro es para Malí como el oasis para los sedientos, no se ve una pepita del precioso metal en las ciudades pero recorre como raíces la tierra castigada por las sequías y la pólvora. No se ve una pepita porque todo el oro que extraen las compañías canadienses y australianas se envía a las refinerías de Emiratos Árabes, Suiza y Australia, no se ve pero huele metálico junto al aroma de basura quemada en la atmósfera abrasada de Malí.

Los franceses roban el oro en nuestras narices, Issa lo dice como si fuera un negocio para París; como si la Operación Barkhane, que tuvo un coste de 880 millones de euros solo en 2020, fuera a amortizarse con el viejo oro que perseguían los Conquistadores. Como si el grueso de las fuerzas galas no estuviera protegiendo y muriendo en la zona de las tres fronteras, a más de 500 kilómetros de la famosa mina. Sí, los franceses son unos ladrones “y lo peor es que son ellos quienes arman a los yihadistas en secreto, es su manera de justificar su invasión”. ¡Una invasión! Pero Issa no lo duda. Él y sus amigos asienten la cabeza con la dignidad de tertuliano.

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