Una Andalucía nueva

Hay un dinamismo y una creatividad latentes en la sociedad española que sólo esperan para despegar una forma distinta de hacer política

Efe

Los andaluces le han cogido el gusto al cambio. Es lo que se deduce de la encuesta NC Report publicada ayer en estas páginas, según la cual el «nuevo» PSOE pierde cinco escaños, mientras sigue subiendo el PP, hasta los 40-42 diputados. Con los 15-17 de VOX, que también sigue avanzando, se empieza a dibujar un panorama en el que se estaría estabilizando la alternativa a un socialismo que gobernó Andalucía durante décadas. Lo hizo gracias al enorme esfuerzo inversor que se realizó desde los años 80 para evitar que Andalucía se convirtiera en algo parecido al sur de Italia y se creara una desigualdad sin remedio entre dos Españas. Se logró el objetivo, pero también se consolidó un régimen oligárquico y caciquil de redistribución de rentas y favores que parecía hacer imposible cualquier renovación.

El cambio vino en las últimas elecciones, de la mano del PP de Juan Manuel Moreno, pero también con el impulso de VOX, que con sus propuestas agitadoras movilizó a una parte de la ciudadanía poco implicada hasta entonces en cuestiones políticas, pero desconcertada, e incluso indignada, con un socialismo enfrascado en el género, la «memoria», el cambio climático y el desmantelamiento del Estado español, además del insulto permanente al electorado. Lo ocurrido en la economía andaluza, con un crecimiento más intenso que en el resto de España –la comparación con Cataluña es particularmente significativa, por la implicación fanática del PSOE en esa región, como en el País Vasco–, demuestra que la decisión de 2018 fue la acertada. No sólo no se han producido las catástrofes apocalípticas que vaticinaban los socialistas y sus amigos. Es que se ha empezado a revertir la situación de una región que el socialismo había convertido en una de las más atrasadas de la Unión Europea, cuando tiene todas las bazas -incluidas las más punteras- para convertirse en una de las más atractivas.

El experimento, que puede replicar el de Madrid, tiene valor para toda España. Demuestra una vez más que la sociedad española, en cuanto se le ofrece un mínimo de estabilidad y se ponen en marcha políticas liberales, reacciona con rapidez. Hay un dinamismo y una creatividad latentes en la sociedad española que sólo esperan para despegar una forma distinta de hacer política. También plantea otro reto, igualmente de orden político, doblado de otro ideológico. Por un lado, el Partido Popular no puede caer de nuevo en la tentación de fiarlo todo a la economía: una vez roto el maleficio socialista con el voto adulto, queda hacerse con el voto joven, lo que requiere una alternativa urgente a las políticas culturales y educativas socialistas, impregnadas de sectarismo y manipulación, y que apenas se han tocado. Y por parte de VOX, convendrá medir con cuidado los pasos que se den para aprovechar la situación y provocar una convocatoria de elecciones. El experimento es demasiado reciente, y es probable que el electorado castigue a quien provoque un cambio que podría ser considerado arbitrario. En realidad, si los dos partidos, que seguirán compitiendo como es natural, quieren llegar en las mejores condiciones a las próximas elecciones, queda todavía mucho –muchísimo– por hacer.