El Castillo de Montalbán: fantasía o realidad (II)

Después de conocer su apasionante Historia, es momento de conocer un segundo tipo de material que construye los edificios más emblemáticos de nuestro país: las leyendas

Continúa la aventura entre riscos toledanos, dentro y fuera de la fortaleza que hoy posa en ruinas próxima a Montalbán. Un breve repaso a este intrigante edificio bélico: se encontraba situado en un punto clave para las estrategias medievales que rondaban el Tajo, toda su estructura estaba diseñada como un despiadado monumento a la guerra y Juan II, padre de Isabel la Católica, pudo recuperar su reino gracias a una pequeña puerta situada en el lateral de la fortaleza. Para conocer al detalle sus tejemanejes históricos, pincha aquí.

Esta segunda parte del reportaje irá dirigida a las apasionantes leyendas que conforman la fortaleza con la misma persistencia que su piedra, tan indemnes al tiempo o incluso más. ¿No ocurre así con cualquier edificio histórico? Los años han barajado su cal con las leyendas, sirviéndose de estas como apoyo, y hoy se levantan visibles al ojo del visitante en lo que a estructura se refiere, rodeadas por una neblina opaca con aromas a mitología.

La princesa mora

Una vez dentro de la descomunal fortaleza, capaz de albergar en su interior a cientos de personas en caso de asedio, haría falta calzarse la lupa del investigador para acompañar a Óscar Luengo, historiador y guía del Castillo de Montalbán. Las leyendas no son tan ostentosas como sus mecanismos de defensa; al contrario, casi parecen esconderse del visitante con un deje de timidez.

Una pequeña marca situada en el umbral de su puerta trasera, con forma de cruz y un círculo en su base, hace de cebo. Nuestro olfato rastreador nos empuja hasta ella. Sabemos que en siglos pasados se utilizaban este tipo de marcas para señalar un lugar de fallecimiento trágico, a semejanza de las cruces que se colocan en la actualidad en tramos de carretera donde ha ocurrido un accidente. La pista número uno, la que llevará a detenernos, es esta marca erosionada por años de viento intermitente. Unos dirán que su origen se debe a un duelo ilegal que se realizó en tan estrambótico escenario, a escondidas de las autoridades, pero es la leyenda lo que nos importa. Cuenta que fue por esta puerta por donde salió una princesa musulmana, para lanzarse a las aguas del arroyo del Torcón que fluyen a varias decenas de metros por debajo de su acantilado.

Amplios sectores de la muralla de la fortaleza corresponden a una alcazaba musulmana construida en la primera mitad del siglo X, alcazaba que terminó en posesión de los cristianos tras la conquista de Toledo por Alfonso VI. La leyenda continúa, susurra que una hermosa princesa musulmana se encontraba en la alcazaba cuando fue tomada. Los guerreros cristianos, impresionados por su espectacular belleza, la encerraron en una torre hasta que renegara de su fe y abrazara el cristianismo. La desdichada princesa andaba encinta, dio a luz en tan lóbrego encierro, pero ni con esas se decidió a abandonar sus costumbres. Un día y una semana, un mes y una estación entera fluyeron con desidia mientras la princesa, apenas sin comer y con su criatura en brazos, se negaba a contentar los deseos de los castellanos.

Ocurrió una tarde, o quizás una mañana, cuando dio un par de golpes quedos en su puerta. Los guardias la abrieron temerosos, solo para dejar salir a una pobre mujer que poco se parecía ya a la hermosa princesa. El rostro consumido y ceniciento, los ropajes jironados, el cabello que un día brilló de azabache teñido como las nieves del invierno. Sin mediar palabra y con su bebé moribundo entre los brazos, salió de la torre, atravesó como la niebla los campos internos de la alcazaba y se dirigió hacia esta puerta. Antes de que nadie pudiera detenerla, espantados como estaban por la escena, se arrojó al vacío tras encomendar su alma a Alá y murió sin remedio.

El Santo Grial y la Mesa de Salomón

Otras leyendas ni siquiera pueden aportar una simbología física que las verifique. Estas son las más locuaces, las que despiertan a un mayor número de mentes para catapultarlas a la fantasía. Antes de continuar habrá que saber que el Santo Grial se trata de la copa con que Jesucristo realizó la primera eucaristía durante la Última Cena, y que la Mesa de Salomón perteneció al famoso monarca hebreo, llevaba inscrito en ella el Shem Shemaforash, el nombre secreto de Dios, y quien pudiese leerlo conseguiría una sabiduría ilimitada.

Personajes de cuento y reales dedicaron su vida a buscar ambas reliquias de la cristiandad. Ejemplos fáciles son los Caballeros del Rey Arturo, los Templarios e incluso Adolf Hitler. Mientras que los devaneos del Grial por el mundo se traducen a que en la actualidad podemos encontrar decenas de copas cuya veracidad aseguran sus propietarios hasta agotarse, en lo que respecta a la Mesa de Salomón podría decirse que su historia es mucho más concreta. Expoliada por el emperador romano Tito tras la segunda destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d. C, fue trasladada a Roma y escondida entre sus tesoros hasta el 410. Este fue el año en que tribus bárbaras del norte de Europa saquearon la ciudad, llevándose consigo la valiosa Mesa y guardándola en las Galias. Apenas un siglo después, una nueva guerra obligó al rey visigodo Amalarico a trasladar la Mesa de Salomón a Barcelona. Desde allí puso rumbo a Toledo, a la región de Montalbán, donde su rastro se pierde.

Asegura la leyenda que en el momento en que se encuentre la Mesa de Salomón, comenzarán una serie de acontecimientos que culminarán con el fin del mundo. Y no son pocos quienes aseguran que tanto el Grial como la Mesa están escondidos en algún punto bajo el Castillo de Montalbán o Santa María de Melque, un monasterio visigodo situado a escasos kilómetros de la fortaleza. Uno de los máximos defensores de esta teoría es el investigador José Ignacio Carmona Sánchez, cuyos escritos sobre el tema recomiendo al lector si desea profundizar en materia.

El cerdo milagroso

Nos presentamos de improviso en una época lejana a las reliquias cristianas, las teorías apocalípticas y las princesas musulmanas. La imponente fortaleza ya son ruinas, piedras desgastadas y muchas almas por desenterrar, y nuestra mente confundida nos comunica que ya hemos llegado a la primera mitad del siglo XX. Pastores acompañados por sus rebaños aprovechan un pozo profundo que perteneció en años pasados a sus moradores. Aparcando momentáneamente su leyenda, cabe a destacar que este pozo obtuvo un papel crucial en un pequeño conflicto entre nobles castellanos que protagonizaron Juana de Pimentel, viuda de Álvaro de Luna; Juan Pacheco, Marqués de Villena; y Enrique IV de Castilla, hermano de Isabel la Católica.

Resulta que tras maquinar hasta conseguir la muerte de Álvaro de Luna, Pacheco solicitó la mano de su nieta para desposarla con su propio primogénito (una hazaña de sinvergüencería cuanto menos) y tras la evidente negativa de Juana de Pimentel acudió pataleando al rey de Castilla para pedir su intercesión. Enrique IV, marioneta de Pacheco, acudió a los pies de esta fortaleza con sus ejércitos y exigió a la Triste Condesa que aceptara el trato. Doña Juana respondió cañoneando al monarca y a sus tropas. Una afrenta que se castigaba con la muerte por aquellos tiempos. Tras semanas de discusiones, una desde lo alto de las murallas, el otro merodeando frente al foso, decidieron envenenar el agua de este mismo pozo y obligar a Doña Juana a aceptar el trato. No tuvo alternativa cuando vio a sus fieles servidores caer como chinches tras un último trago.

Volvemos a la leyenda. Más sencilla, más picaresca. Cuenta que a principios del siglo XX una cerda cayó por el pozo y desapareció sin proferir siquiera un chillido. El dueño de la cerda, molesto por lo sucedido, se introdujo pozo abajo y buscó a la criatura por unos pequeños pasillos de no más de un centenar de metros que se encuentran a mitad de camino hacia el fondo. Sin éxito. Presa del desánimo, regresó a casa. Pero quiso la fortuna o la picardía o que se perdió otra cerda que semanas después de este suceso, llegó a oídos del pastor que una cerda sin dueño había aparecido en Santa María de Melque, a pocos kilómetros del pozo. Corrió y corrió y al llegar al monasterio lanzó una exclamación de asombro: allí esta su cerda, sana y salva.

Mi opinión es que el pastor aprovechó esta cerda sin dueño para contar una historia inverosímil y hacerse con ella. Pero mi opinión no importa cuando hablamos de leyendas. No importa qué ocurrió, ni siquiera importa si llegó a ocurrir, ya ha conseguido imprimirse con letras sempiternas en los campos de la leyenda. Una más para adornar las murallas del Castillo de Montalbán. Una más que enriquece la historia que lo conforma.