Cuando Carlos III apoyó a los rebeldes americanos

La intervención de España en la independencia de EE UU fue decisiva para el éxito de las colonias frente a la metrópoli

No se suele contar más allá de nuestras fronteras, pero la intervención de España en la independencia de Estados Unidos fue decisiva para el éxito de las colonias frente a la metrópoli. La presencia española en la historia de aquel país no está solo en esas estatuas que el movimiento de izquierdas ha derribado, sino en no pocas banderas, escudos y sellos de EE UU, incluso en su moneda, el dólar. La Cruz de Borgoña, el escudo de Castilla y León, o los colores rojo y amarillo se encuentran presentes en Alabama, Arizona, Arkansas, Nueva México, Texas... El motivo es, en algunos casos, la presencia española y, en otros, el reconocimiento a su labor para la independencia del país. Todo comenzó con la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre los aliados España y Francia contra Reino Unido.

Con el Tratado de París que puso fin al conflicto, de momento, España perdió Florida, entregada a cambio de La Habana y Manila, y recibió la Luisiana. Francia perdió sus posesiones en Norteamérica. Sin embargo, los británicos, supuestos vencedores, acumularon una gran deuda. El rey Jorge III y su Parlamento decidieron establecer unos impuestos en las colonias norteamericanas para compensar el gasto, ya que, decían, la guerra se había librado para preservar esos territorios del dominio francés. Las nuevas tasas se pusieron sin el consentimiento de las asambleas coloniales, lo que provocó un conflicto político y social que desembocó en la revolución norteamericana.

Mientras, en España reinaba Carlos III desde 1759. El Borbón había introducido los nuevos aires ilustrados en una sociedad que se consideraba en decadencia. Había heredado la corona tras ser rey de Nápoles durante 25 años, y esa experiencia se tradujo en un proyecto reformista que recuperó el imperio. Los reinos de Francia y España tenían un «Pacto de familia» por el que actuaban conjuntamente en política exterior. Cuando el conflicto en Norteamérica tomó el rumbo de una guerra, en 1775, Jerónimo Grimaldi, secretario español de Estado, y el ministerio francés, iniciaron conversaciones secretas para participar en el conflicto contra Inglaterra. En agosto de aquel año, los gobiernos español y francés acordaron abrir los puertos a los barcos rebeldes.

En el Congreso continental norteamericano, que reunía a delegados de las trece colonias, conocían el resentimiento del gobierno de Carlos III hacia Reino Unido y estimaron que España podía ser un aliado conveniente, como propuso el congresista virginiano Richard Henry Lee. El 29 de noviembre de 1775, el Congreso creó el Comité Secreto de Correspondencia para establecer contacto con España y Francia. Lee llegó a España en diciembre de 1776 para entregar la memoria del tratado de amistad. Sin embargo, fue interceptado en Burgos y devuelto a Francia con sus compañeros. No se quería tomar una decisión sin el acuerdo con el país vecino.

De esta manera, el 4 de febrero de 1777 se tomó la decisión: no se reconocía públicamente la independencia, pero se ayudaría de forma secreta a la rebelión. El conde de Floridablanca sustituyó a Grimaldi en febrero de 1779 pero siguió su política de ayuda a los colonos independentistas, pero intentando que España tuviera una política exterior propia. Por eso, solo Francia firmó un Tratado de Amistad y Comercio con Estados Unidos y entró públicamente en la guerra, lo que suponía el reconocimiento de la nación norteamericana.

El interés español estaba, según escribió el propio Floridablanca, en aumentar la seguridad en el Golfo de México y en expulsar a los ingleses de Florida, Honduras y Campeche. El plan de Floridablanca era no convertirse en contendiente, sino aprovechar la situación. Por eso encomendó al embajador español en Londres que ofreciera al gobierno de Jorge III mediar con las colonias para una paz que contuviera la retirada de las tropas británicas. La propuesta fue rechazada y, en mayo, España declaró la guerra a Inglaterra.

Cuando la noticia llegó al otro lado del Atlántico, ya Bernardo de Gálvez tenía preparado su plan de ataque a los británicos. Siendo consciente de su debilidad numérica, remontó la cuenca del Misisipi el 27 de agosto de 1779 con 1.427 hombres, pero contaba con el factor sorpresa. Atacó a la guarnición británica de Manchac, que capituló, y luego Baton Rouge y Panmure de Natchez.

El paso siguiente fue La Florida, en manos británicas. Rindió Charlotte, y entró en Mobila, con lo que abrió otro frente a los británicos. Pero la gran victoria fue en Pensacola, defendida por dos mil soldados, milicianos leales a Jorge III, y medio millar de nativos. El 9 de marzo de 1781 comenzó un sitio que concluyó el 10 de mayo, cuando Fort George se rindió a los granaderos al mando de Gálvez. La Florida quedó así bajo control español, lo que supuso un duro golpe para las aspiraciones británicas de ganar la guerra.

Decidido a apoyar la victoria norteamericana, tuvo que ser capital español el que financió la batalla de Yorktown en la que Washington y Rochambau derrotaron a los británicos en Virginia en septiembre y octubre de 1781. Tras esta batalla, losx contendientes iniciaron conversaciones de paz al margen de España, que no salió muy beneficiada con el Tratado de París de 1783. Quizá se cumplieron aquellas palabras del conde de Aranda: «Siempre he considerado a los ingleses nuestros mayores enemigos (...) y a los franceses nuestros peores amigos».