Andalucía

Nebrija y el olvido de los humanistas españoles

Este 2022 se conmemora el aniversario del autor de la primera «Gramática» española y se publica una biografía sobre su figura en un momento en que se da la espalda a las humanidades

Portada del "Dictionarium" de Antonio de Nebrija de 1536 por sus hijos. La xilografía con su retrato está atribuida a Antonio Ramiro
Portada del "Dictionarium" de Antonio de Nebrija de 1536 por sus hijos. La xilografía con su retrato está atribuida a Antonio Ramiro FOTO: La Razón La Razón

Nebrija emprendió su tarea intelectual y pedagógica para combatir la ignorancia que predominaban en los siglos XV y XVI en nuestro país y desterrar para siempre la secular incultura que había arraigado en la sociedad. Como explica Darío Villanueva, exdirector de la Real Academia Española, «fue un militante contra la barbarie cultural en la que vivía inmerso nuestro país» y se convirtió en la punta de lanza del humanismo procedente de Italia». Una prueba indiscutible de su resuelta vocación y su determinación para alcanzar la meta que se había propuesto es su propio nombre, que va más allá de un sencillo y corriente patronímico y supone una declaración de intenciones. Nació en realidad como Antonio Martínez de Cala, pero él adoptó el de Elio Antonio de Nebrija, por el que se le conoció y se le conoce en la actualidad. Una elección intencionada, alejada de los vórtices del capricho, la anécdota casual o la elitista arbitrariedad. «Su fórmula para salir del oscurantismo de esos tiempos era recuperar la gran tradición literaria y filosófica de Roma. Él se sentía orgulloso de haber nacido en una villa de la Bética, una de las primeras partes de Hispania en ser romanizada. Por eso mismo, tomó el nombre latino de Lebrija, la localidad donde nació, que fue un importante enclave romano, y adoptó el de Nebrija. El otro nombre que añadió es el de Elio, que no solo supone una referencia a esa civilización, sino también a la familia que dio dos emperadores al imperio: Trajano y Adriano. La construcción de su nombre fue un signo de su militancia, develador de en qué momento vivía sumida España», explica Darío Villanueva.

Este año se celebra el aniversario de Nebrija, que nació en 1444 y falleció en Alcalá de Henares en 1522. Fue el artífice del primer diccionario latino-español y de la primera «Gramática» castellana y, aunque esto suele dejarse de lado, la primera en Europa dedicada a una lengua vulgar. Dos hitos que bastarían para reivindicarlo como una de las personalidades más notables de su época en el Viejo Continente y en una de las inteligencias más adelantadas de su tiempo. Pero él, como el cardenal Cisneros, comparado por historiadores con Mazarino y Richelieu, impulsor de la «Biblia Políglota» y uno de los mayores reformistas de la iglesia (años antes que Lutero), han quedado relegados al igual que el resto del conjunto de humanistas españoles, sobre todo ahora cuando el pasado queda cada vez más orillados en los planes de estudio. «En España se leía con avidez todo lo que se escribía. Se imprimían los textos que se están descubriendo en Europa de los autores clásicos –comenta el historiador Alfredo Alvar–. En el siglo XV se edita a Plutarco, Cicerón, Virgilio... Los libros no están prohibidos, están libres de impuestos desde tiempos de los Reyes Católicos y se distribuyen, venden, prestan, se copian y se sintetizan. Se hacen enciclopedias de citas, igual que en Venecia o Lyon. Hay una producción de libros ingente. Las ideas van y vienen también a través de epistolarios. En España existió en ese momento, sin lugar a ninguna duda, una auténtica república de las letras y una comunidad de ideas y de pensamientos».

Un sentido crítico

Para él, sin embargo, estas aportaciones permanecen arrinconadas y nadie les presta atención, al contrario de otros episodios menos gloriosos. «Lo que hacen los humanistas españoles es recuperar los clásicos y aplicar un exagerado sentido crítico al saber. Es una pena lo que está sucediendo. En el decreto de la enseñanza de historia se anula todo lo que es anterior al mundo contemporáneo. Lo que está ocurriendo es rocambolesco. La izquierda dicta este decreto educativo y los de extrema derecha se dedican a hablar de las glorias nacionales ¡de los tercios! Es cierto que fueron ejércitos victoriosos durante 150 años, pero si te pones a recontar las cosas que no funcionaron en ellos, puedes hacer una demolición. Tuvieron luces y sombras... Los políticos actúan así porque no se han aproximado a la historia. No se ha construido la historia en nuestro país con el sosiego necesario».

La relación de España con su pasado y la leyenda negra, que con el revisionismo de algunos sectores ideologizados vuelve a emerger con fuerza, y la crítica continua por parte de los nacionalismos de la historia conjunta, ha hecho que muchos de los logros que se alcanzaron queden marginados y vayan perdiéndose. Pocos recuerdan que Francisco Suárez aseveró que los hombres no son siervos de nadie, nacen libres y que, en caso de que un señor no actúe con justicia, ellos están legitimados a deponerlo. Una línea de pensamiento que suscribía Francisco de Vitoria, que dio a luz el llamado Derecho de Gentes cuando afirmó que los nativos que habían encontrado en América eran igual que los españoles, poseían derechos y eran dueños de sus tierras. Sus críticas contra los abusos fueron escuchadas y dieron pie a las Leyes de Indias, respaldadas por Carlos V en 1542. Gabriel Vázquez apoyó el Derecho Natural y Diego de Covarrubias reflexionó sobre los bienes privados y la economía aportando nociones de compromiso moral de claro acento moderno. «Todo este sentido ético, religioso y político sobre la conquista de América arrancó del Codicilo de Isabel de Castilla, que consideraba vasallos a los indios y eso obliga a tratarlos igual que a los demás. El resto es gente que se salta la ley, porque hay que entender que el codicilo de un rey es ley. Todos los pronunciamientos a lo largo del siglo XVI, de Fernando el Católico o Carlos V, está siempre presente el “Ius Gentium”, derechos de gentes, hoy conocido como derechos humanos», puntualiza Alfredo Alvar.

La biografía «Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad» (Galaxia Gutenberg), de José Antonio Millán, ha recuperado a este humanista español con motivo de su aniversario y reivindica sus aportaciones. Darío Villanueva, patrono de la Universidad Nebrija, que este año conmemorará su memoria, insiste en subrayar que «en la importancia de su humanismo, lo que resulta fundamental, es que lo hace través de la filología. El estudio de la lengua es la base de la ilustración humanista. A partir de ahí viene un trabajo doble, gramatical y lexicográfico, siempre partiendo del latín. Lo que le caracterizaba era que el estudio del latín era el fundamento de la culturalización de un país bárbaro. Su “Gramática” castellana, la primera de una lengua vulgar europea, viene después de un diccionario latino, que tuvo un importante éxito editorial. Es un militante de la culturalización humanística de España a través de la lengua latina y la lengua castellana».

La batalla contra la ignorancia

Darío Villanueva no evita resaltar la contradicción existente hoy en día entre un hombre que soñó con sacar de su analfabetismo y desterrar de España la incultura y el olvido en el que están sumidos hoy los hombres que trabajaron en esa tarea: «No quiero ser catastrofista, pero asistimos con estupefacción y disgusto al abandono en el sistema educativo de las humanidades, que están perdiendo espacio de manera brutal. También existe un desdén y un desprecio hacia el castellano. Hoy se pretende someter la lengua a pulsiones ideológicas, modificarla de manera grotesca, como si un idioma no fuera la decantación de varios siglos y no tuviera un espíritu propio, que se plasma en su gramática. Nunca ha habido tantos medios al servicio de la educación pública, pero eso se derrumba desde al desprecio hacia la lengua y desde que se considera que se puede decir cualquier cosa en aras de un interés superior».

Villanueva comenta también con resignación que «estamos en una sociedad dominada por la barbarie de la ignorancia. Los humanistas querían corregir esto a base de reconocer el saber de los antiguos, la lengua latina y el conocimiento del castellano. Hoy, este empoderamiento de la ignorancia existe, hay que denunciarlo y esto da actualidad a Nebrija y lo que hizo hace 500 años. Él ya apuntaba a estos males. En este momento, el auge de la ignorancia está ahí. Deberíamos aprovechar a Nebrija y decir las cosas como son, no mordernos la lengua y tomar ejemplo de lo que hizo, aunque a la altura y circunstancias de nuestra época».

UN PENSADOR INDEPENDIENTE
«Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad» (Galaxia Gutenberg), de José Antonio Millán
Por Jesús FERRER
Con la celebración este año del V Centenario de la muerte del humanista español Antonio de Nebrija, se presenta una excelente oportunidad para reivindicar su relevancia intelectual que, aunque reconocida y estudiada, requiere acaso una actualización de su inmensa labor filológica y erudita. A ello contribuye decisivamente la biografía a cargo del lingüista José Antonio Millán «Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad», una semblanza profunda y divulgativa a la vez, amena y rigurosa en su acercamiento al autor de la primera «Gramática» sobre la lengua castellana (1492). Esta es, como advierte su autor en palabras preliminares, una biografía intelectual, donde se detalla la formación académica del biografiado en las universidades de Salamanca y Bolonia, núcleo esta del clasicismo renacentista; su acercamiento a las culturas musulmana y judaica; su interés por la cosmografía de la época; o su intervención en la ambiciosa «Biblia Políglota», bajo el auspicio del cardenal Cisneros. Todo ello sin obviar significativas incidencias personales, como su enfrentamiento con la Inquisición, que pretendía una traducción e interpretación de los textos sagrados a cargo de teólogos, en lugar de filólogos; o vertientes de más íntima cotidianidad, como cuando se refiere así Nebrija a su matrimonio y pérdida consecuente de la condición clerical, viviendo ahora de su exclusiva dedicación docente: «Después de casado y habidos hijos había perdido la renta de la Iglesia ni pudiese ya vivir de otra parte sino de aquel escolástico salario». Nebrija, como se destaca en estas páginas, tenía a la Gramática como base de todas las ciencias y urdimbre de los mecanismos del lenguaje, fijó las categorías gramaticales como prácticamente las consideramos en la actualidad, y el magisterio y ascendencia del latín sobre las lenguas romance, defendiendo asimismo el factor identitario de la lengua castellana. A este respecto se contextualiza, acudiendo a la mentalidad sociocultural de la época, su conocida frase de que «siempre la lengua fue compañera del Imperio». El biografiado es situado aquí en la mejor tradición del humanismo español, junto a Alfonso y Juan de Valdés, Juan Luis Vives o Ginés de Sepúlveda, y bajo la influencia todos ellos del pensamiento erasmista. Marcel Bataillon, en Erasmo y España, perfila a Nebrija como «un independiente», y ciertamente lo fue en la firme defensa de sus convicciones filológicas, avaladas por una sabia erudición de la que aún tenemos mucho que aprender.
Lo mejor
►La acertada combinación entre claridad expositiva y precisión investigadora
Lo peor
►Difícil señalar un rasgo negativo en este libro de modélica resolución