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Premio al flamenco

Linares y Pagés: los Princesa de Asturias tocan jondo

Los galardones se rinden al arte flamenco de dos buenas amigas: una cantaora y la otra bailaora

María Pagés (izda.) y Carmen Linares comparten el Premio Princesa de Asturias a las Artes de 2022
María Pagés (izda.) y Carmen Linares comparten el Premio Princesa de Asturias a las Artes de 2022 Agencias La Razón

El Arbi El-Harti es práctico. La pareja de María Pagés no se va por las ramas y condensa en unas pocas palabras lo que significa el Princesa de Asturias de las Artes «ex aequo» para la bailaora y para Carmen Linares: «Algo muy bonito. Son dos generaciones en el flamenco, dos lenguajes y dos mujeres irreprochables en el sector». Asegura el mánager de la coreógrafa –y también escritor, dramaturgo, poeta y profesor– que habla como mero «observador» neutral; sin embargo, sus primeras impresiones tras el terremoto que supone un reconocimiento así van en la línea de las palabras del jurado, presidido por Ricardo Martí Fluxá, que hablan de «dos de las figuras más importantes del flamenco de las últimas décadas». En ambas, Pagés y Linares, Linares y Pagés, «converge el espíritu de varias generaciones que, desde el respeto por la tradición y la hondura de las raíces del flamenco, han sabido modernizar y adaptar su esencia al mundo contemporáneo, elevándolo, aún más si cabe, a la categoría de arte universal. Con su labor, han abierto caminos de repercusión no solo artística sino también social y se han convertido en ejemplo de trabajo, talento y dedicación para futuras generaciones».

Así justificaban los premios de la Fundación Princesa de Asturias un galardón que vuelve a mirar al flamenco desde que, en 2004, se lo dieran a Francisco Sánchez Gómez, es decir, Paco de Lucía... Nombramiento que llega justo cien años después de que Lorca y Falla, entre otros muchos, se dieran la mano para levantar el Concurso de Cante Jondo de Granada: «Aquello fue una ventana que se abrió para que se reconociera internacionalmente este arte», apuntaba Carmen Linares minutos después de conocer el fallo o, como ella dice, «el notición» que reconoce «una de las mejores músicas del mundo».

Si El-Harti hacía de secretario improvisado de Pagés, Lucía, hija de la cantaora, ejerció de los mismo: «Los teléfonos echan humo hoy», aseguraba. Pero, antes de todo, la llamada importante era la que se iban a hacer las dos amigas. Pagés mandaba un mensaje a Linares y esta le contestaba descolgando el teléfono: «¡Esto hay que celebrarlo!». Y es que coinciden en una cosa, en que el Princesa de Asturias «sabe mejor si se comparte» con un ser querido. «Hemos ocupado un mismo escenario y nuestros niños se conocen desde pequeños», explica Linares antes de comenzar con los piropos a su colega: «Lo mucho que ha conseguido ha sido por su dedicación e inteligencia». Palabras que, como era de esperar, tienen su réplica desde la otra parte implicada, Pagés: «Compartir esto con una compañera es doble alegría. Mi admiración es máxima por ella y creo que juntas hacemos un buen tándem. Carmen es una señora del cante y una señora ejemplar en todo lo que ha significado para el flamenco y lo que ha transmitido en su modo de vivir la profesión».

Carmen Pacheco Rodríguez (Linares, Jaén, 1951) lleva toda la vida dedicándose a esto con el objetivo claro, asegura, «de darle la máxima categoría porque es lo que se merece. Gracias a ello me he podido desarrollar como ser humano. Yo le he dado mucho al flamenco: mi vida, mi compromiso y mi dedicación, pero él me ha dado más a mí». Para Linares existe la obligación con su profesión de «aprender todo lo posible», porque, como haría Fosforito, una de las voces más puras del flamenco, en su día, «un artista tiene que estar preparado y cuanto más sepa de su arte, mejor. También hay que estar dispuestos a impregnarse del mundo que nos rodea, de los viajes y de todo lo que pueda favorecer a una música que bebe de otras artes, como la poesía, la literatura y la pintura. Todo es importante».

Espíritu que ha llevado a la artista a las cotas más altas desde que comenzase a cantar en compañías como la de Paco Romero o Carmen Mora y en tablaos madrileños populares, como Torres Bermejas y Café de Chinitas. Es, para los expertos, una de las voces más reconocibles y reconocidas del cante flamenco, a la altura de nombres como los de Enrique Morente, Camarón o La Niña de los Peines. Además de ser la primera cantante flamenca en actuar en el Lincoln Center de Nueva York, invitada por la Orquesta Filarmónica de la ciudad, y haber estado en los más importantes escenarios de todo el mundo, como el Teatro Colón de Buenos Aires, la Ópera de Sídney, el Palau de la Música de Barcelona, el Teatro Chaillot de París, el Barbican Center de Londres o el Real de Madrid.

Por su parte, María Jesús Pagés Pedregal (Sevilla, 1963), que viene de una familia sin tradición flamenca, empezó en la compañía de Antonio Gades y fue primera bailarina en la compañía de Mario Maya, en el Ballet Español Rafael Aguilar y en el Español de María Rosa. En 1990 creó su propia compañía, en la que ha producido decenas de espectáculos y con los que ha renovado, según la crítica, «las formas del baile flamenco a través de la mezcla de tradición y modernidad». Una labor que le ha otorgado el reconocimiento internacional y llevado a actuar en los espacios escénicos y festivales más importantes del mundo. Aun así, para la bailaora, «el techo no existe. Se trata de intentar que de lo que hacemos cada día siempre salga lo mejor posible, aplicando la experiencia, que es la más sabia de todas», comentaba Pagés ya con el premio en el bolsillo. Reconocimiento que «me anima a seguir trabajando y empujando». Cuando la bailaora mira atrás dice ver «a la luchadora y trabajadora de siempre», a una niña-adolescente-mujer que se lanzó a su conquista por una cuestión de «convicción, fe y esfuerzo. Valores que intento aplicar siempre»; mientras que, cuando la cantaora de Linares piensa en todo lo que ha visto por su profesión, debe darle las gracias al flamenco: «Me ha ofrecido alimento al alma y, además, me ha hecho llegar a los rincones de todo el planeta», afirma quien, sin el flamenco, hubiera ido de Linares a Ávila y de Ávila a Madrid –los destinos de su padre, ferroviario – «y poco más».

Linares y Pagés, voz y movimiento, cante y danza, se ponen de esta forma a la altura de Paco de Lucía en los Princesa de Asturias, pero insisten en que el gesto de la Fundación no es con ellas, que también, sino con el flamenco en general: «Es un premio a la cultura española, al cante, a la danza. El flamenco es una de las bases más contundente y clara de nuestra identidad. Y con esto se reconoce el gran arte que es», defiende la sevillana, ahora, con más fuerzas que nunca para «luchar y representar con orgullo el flamenco». Y Linares no se corta, se pone bien flamenca, para sentenciar que, «pese a que no sea una música de masas, sí es la mejor del mundo por su riqueza y su tradición».