Literatura

Pasolini, la poética del fútbol y una desagradable misoginia

Altamarea edita un libro en el que Valerio Curcio disecciona la relación del cineasta con el “calcio”, un deporte que vivió desde pequeño y del que disfrutó como jugador, forofo y cronista

De no haber triunfado en el arte, Pasolini aseguró que hubiera sido futbolista
De no haber triunfado en el arte, Pasolini aseguró que hubiera sido futbolista FOTO: LR

Para Pier Paolo Pasolini (1922-1975), más allá de textos y películas, había algo que era muy importante: el fútbol. «Mucho», confiesa la novelista Dacia Maraini, amiga y confesora de este. Puntualiza que la pasión del boloñés iba más allá de la del simple aficionado, también lo tenía en cuenta «como juego, incluso erótico». El cineasta encontraba en el «calcio» instantes «poéticos»: «Se trata de los momentos del gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente por la palabra poética. El máximo goleador es siempre el mejor poeta del año (...) El fútbol que expresa más goles es el fútbol más poético», escribía.

Su amor al deporte rey de Italia iba ligado a su fidelidad al Bologna, su club. Una relación para siempre porque, como confesó, «ser seguidor de un equipo de fútbol es una enfermedad juvenil que dura toda la vida». Fue forofo por encima de todo, pero con control. Había un tipo de seguidor que no soportaba y lo denominó como «napolitano», aunque, realmente, era un habitual de todo el país. Un ser completamente irracional y tan enloquecido por el equipo de sus amores que no escucha a nadie y que niega las cosas más evidentes. Así lo describió en su texto sobre el derbi entre Roma y Lazio del 27 de octubre de 1957 (donde ganó el conjunto local por 3 a 0): «Lo ilumina, beato sea, una especie de gracia. De nada valen los razonamientos, y mucho menos las demostraciones y las experiencias de los domingos ante el juego real. Tiene una parte del cerebro (la principal) separada de las otras, y capaz, cegada por la iluminación carismática, de tener un solo, fijo, inmutable pensamiento (...) Siento pena cuando veo a esos forofos».

Pasolini era un cronista de lujo que iba más allá de lo que ocurría en el terreno de juego. Como en otros tantos, no decepcionó en el artículo de aquel día. Los ojos se le fueron a las caras, los colores y las frases que salían de las gradas. Proletarios y burgueses, apasionados y desencantados, autóctonos e inmigrantes desfilan en una crónica que es «un pequeño ensayo socio-antropológico sobre los “tifosi” del fútbol de finales de los cincuenta». Es la manera que tiene de definirlo Valerio Curcio, autor de un libro que disección la relación entre el intelectual y el balón, El fútbol según Pasolini (Altamarea).

Un binomio, según el periodista, «muy sugerente» por unir «una de las más florecientes industrias del entretenimiento y la figura de un hombre incómodo por definición al que, cincuenta años después de su muerte, se le ha rehabilitado gracias al redescubrimiento de sus cualidades artísticas». Toni Padilla se encarga de explicar en el prólogo su fastidioso carácter y por qué «no hay nada más pasoliniano que amar el fútbol», firma. Pasolini siempre escandalizó a las élites: «Era católico, aunque los obispos lo consideraban un demonio, pues era comunista. Era comunista, aunque escandalizaba a los dirigentes del partido, pues era homosexual. Era intelectual, aunque asustaba a sus compañeros de tertulias, pues amaba el fútbol. A los futbolistas de su amado Bologna también los escandalizó, cuando en un programa de televisión les preguntó sobre sexo en aquella Italia que fingía públicamente ser puritana». Y la verdad es que, por detrás, el país no dejaba de ser la misma Italia del Decamerón, de Boccaccio, que Pasolini convirtió en filme en 1971: la Italia pecadora y amante de los placeres de la carne. Simplemente, el cineasta «fue más sincero que los otros», zanja Padilla.

Mientras otros intelectuales dieron la espalda al fútbol, «encerrados en sus torres de vanidad y esnobismo. El poeta, jamás», añade el prologuista, que también defiende que «no se trata de un libro de fútbol», sino «de un poeta que entendió mejor que otros que este deporte no deja de ser un lenguaje con el que puedes hablar con todo el mundo, con el que crear puentes. Y también una forma de expresión popular. Para Pasolini, el fútbol era un lenguaje que permitía a personas que no tenían un altavoz explicar sus sentimientos, sacar de dentro la rabia o poder lanzar gritos de alegría, cuando su vida era bastante dura». Concretamente, firmaba Pasolini, «el “football” es un sistema de signos, o sea un lenguaje. Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, el que nosotros nos planteamos en seguida como término de confrontación, o sea el lenguaje escrito-hablado».

Pero este nuevo volumen va mucho más allá de teorías, se sumerge en el pasado como forofo, futbolista, narrador y hasta en entrevistas en las que el protagonista desmenuzó su idea del fútbol, «la última representación sagrada de nuestro tiempo», afirmaba el 31 de diciembre de 1970 en L’Europeo: «Es rito en el fondo, y también es evasión. Si otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el fútbol es la única que nos queda. Es el espectáculo que ha sustituido al teatro. El cine no ha podido sustituirlo; el fútbol sí. Porque el teatro es relación entre un público en carne y hueso y personajes en carne y hueso que actúan en el escenario, mientras que el cine es una relación entre una platea de carne y hueso y una pantalla, sombras –continuaba–. Por su parte, el fútbol es, de nuevo, un espectáculo en el que un mundo real, de carne (el de los graderíos de los estadios), se compara con el de los protagonistas reales (los atletas en el terreno de juego) que se mueven y comportan de acuerdo con un rito preciso. Por eso considero que el fútbol es el único gran rito que queda en nuestros días».

Ceremonia a la que se aficionó desde pequeño. «Jugaba durante horas, seis o siete seguidas si hacía falta, aprovechando su velocidad y su capacidad competitiva como extremo o interior. Los amigos lo llamaban “Stuka”, como los bombarderos alemanes», asegura Curcio. En la primavera de 1941, con 19 años, escribió: «Estoy en mejor forma física que nunca. Letras ha quedado cuarto entre seis equipos, hemos tenido muy mala suerte. Volveremos a organizar otro torneo, en el que esperamos clasificarnos mejor». Su deseo se cumplió en una de las ediciones sucesivas, en las que el equipo de Letras, con el capitán Pasolini, ganó el torneo.

En La Stampa (4 de enero de 1973), Enzo Biagi le preguntó qué le hubiera gustado ser sin cine ni escrituro. Él no dudó: «Un buen futbolista. Después de la literatura y el eros, para mí el fútbol es uno de los grandes placeres». Aun así, aunque su pasión fuera tan grande, hay una cosa que llama la atención en sus obras. Como cuenta Curcio, «no le dedicó un espacio central en las obras literarias, y aparece solo como elemento natural de las zonas urbanas de extrarradio que frecuentaba. En los poemas apenas aparece, y tampoco lo hace en las películas». Podemos encontrar el «partidillo» como una presencia constante en los microcosmos urbanos que describe Pasolini, al igual que las barracas y las chimeneas. El fútbol se convierte en un argumento al que recurre el autor para contextualizar diálogos y acontecimientos, e incluso para relatar escenas vitales e insertar expresiones en romanesco. En Petróleo, su última e inacabada novela, el balompié aparece para atestiguar cuán indisoluble era la vida en la calle y el jugar al fútbol: «(...) Un lado de la calle da sobre solares en construcción en los que juegan a la pelota unos chavales que llevan puestos unos sombreros rojos de marine (.....) Los jóvenes, cuando juegan al balón, no hacen más que decir palabrotas con una violencia casi opresiva, pero de vez en cuando les sale, de bocas sonrientes y tiernas, una frase ingeniosa, veloz como una flecha».

El ex ministro italiano Tullio de Mauro lo definió como «el primer artista de nivel internacional que puede definirse como multimedia» (1987); y es que tenía una natural vocación para practicar y experimentar nuevas formas expresivas, lo que le llevó a trabajar con géneros que, vistos el interés periodístico y la pasión por el deporte que tenía, no podían dejar de atraerlo. De ahí sus constantes colaboraciones en acontecimientos deportivos para periódicos y televisión.

Eso sí, Pasolini dejó un lunar que casi medio siglo después de su entrevista en Guerin Sportivo (5 de noviembre de 1975) llama la atención. El periodista le lanzaba una cuestión sobre el avance femenino en la sociedad: «Después de la mujer-madre, la mujer-amante, la mujer-mil usos, la mujer juega también al fútbol. Y afirma que no se quedará aquí ¿Y?». Y el realizador y escritor respondía tajante: «Que las mujeres jueguen es un desagradable mimetismo un poco simiesco. Son negadas para lo del fútbol».

Manchas al margen, Curcio concluye que la relación de Pasolini con el fútbol fue «algo más que un contacto superficial, pues significó una inmersión completa, sincera, profunda y caleidoscópica, tan compleja que resulta difícil ver repetida en el más entusiasta de los estudiosos sobre fútbol o en el más airado de los hinchas».

  • El fútbol según Pasolini (Altamarea), de Valerio Curcio, 160 páginas, 18,90 euros.