Sánchez tiene que elegir: gobernar solo o elecciones

El PSOE asume que la crisis con sus socios es irreversible por los plazos del ciclo electoral. No descartan que llegue el momento en que Podemos salte del Gobierno

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Barcelona
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Barcelona FOTO: Joan Mateu Parra AP

Las condiciones para firmar la paz que ERC ha fijado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, son irreversibles, y le exigen representar en público la claudicación al independentismo y reconocer que el Estado ha obrado mal frente a este movimiento, con un coste institucional, además, muy grande, y sin ninguna garantía de que esto sirva para mantener la estabilidad de la Legislatura. Pegasus es el elefante que no deja ver la realidad que se esconde detrás de la última crisis que afecta a la mayoría de investidura, y que es la más grave de todas las que ha vivido hasta ahora el Gobierno precisamente por lo que no deja ver el elefante Pegasus. El ciclo electoral marca los tiempos del obligado distanciamiento de los socios con el PSOE, la ruptura es irreversible, irá a más a medida que pasen los meses y se «caliente» el calendario electoral, y es muy posible, y esta opción no la descartan los socialistas, que llegue el momento en el que Podemos salte del Gobierno porque ya no tenga nada que ganar del Consejo de Ministros y le urja presumir de izquierda a la izquierda del PSOE para sobrevivir políticamente en un contexto que no le es nada favorable. Podemos tiene que salir de Moncloa si quiere garantizarse la supervivencia, sin más.

Por eso todos los esfuerzos que hasta ahora ha hecho el Gobierno para aplacar a ERC han resultado baldíos, y, lo que es peor, han tenido más coste para Sánchez que para sus socios. La actitud beligerante de ERC ante el asunto del espionaje es requisito obligado para sostener el pulso a Junts: el presidente de la Generalitat, Pere Aragonés, no puede hacer otra cosa si quiere comprensión de su partido y de sus votantes. Está pensando en sus urnas, no en la estabilidad parlamentaria del Gobierno de la Nación, y estas dos variables se han vuelto más incompatibles que nunca. Y en el PSOE empiezan a temer que hasta al maestro de la «resistencia» le llegue el momento de que se le acaben las vías de escape, aunque los más hooligans del presidente todavía quieren creen que se le ocurrirá alguna maniobra con la que recomponer el puzzle y apurar la legislatura «con dignidad». Entre los cargos del PSOE que se disputan sus gobiernos en las elecciones autonómicas y municipales cunde más bien el miedo a que la «resistencia» del presidente les acarree cada vez más desgaste porque «la baraka se ha acabado» y la convivencia con estos socios parlamentarios sólo traiga descuento de votos. «Damos la sensación de un Gobierno en caída en picado», comentaban esta semana en la sede del Gobierno de Castilla-La Mancha. Sánchez tiene que decidir si tira hacia adelante, con otra pirueta, y asume que tendrá que gobernar prácticamente en solitario hasta que convoque elecciones, o valorar si debe adelantarlas, aun a costa de desaprovechar esa esperada Presidencia europea, que cada vez se diluye más en el horizonte como baza electoral capaz de revitalizar la marca socialista, igual que ha sucedido con los fondos europeos. Moncloa se aferra a la creación de empleo, eso sí, pero también toma nota de su fracaso en frenar el escándalo Pegasus y de las consecuencias de esta crisis en el programa electoral socialista, sobre todo en lo que afecta a algunos de los proyectos más ideológicos y de mejor venta entre sus votantes ante una contienda electoral.

La Ley de Vivienda, la Ley de Memoria Histórica, la de Seguridad Ciudadana («ley mordaza») o la del «sí es sí» no tienen una mayoría alternativa para salir adelante a la que incluye a ERC. Y, además, si no dan la vuelta al choque con la Generalitat, en Cataluña tampoco podrán exprimir el mantra de que con su política de diálogo han conseguido reducir el clima de tensión entre Madrid y Barcelona. Y resulta que Barcelona es, precisamente, una de las piezas más deseadas por los socialistas para las próximas elecciones municipales, tarea para la que están moviendo los hilos con la mira puesta en animar al ex ministro Salvador Illa a «calentar» en el banquillo, a sabiendas de que cuenta con el respaldo de fuerzas económicas y empresariales catalanas.

En este retrato del contexto en el que se mueve el presidente del Gobierno hay que añadir la variable Feijóo. Sánchez puede justificar en el deseo de llegar a la meta de la Presidencia Europea su apuesta por ganar tiempo en soledad, y pasar por alto hasta la opción del «super domingo» que ligue las generales con autonómicas y municipales. Pero sus gurús demoscópicos tienen encima de la mesa el mismo análisis que hacen en la «fontanería» del PP: al jefe de la oposición le viene bien que las generales se celebren en plazo porque le ayuda a consolidarse y a seguir ascendiendo por la rampa electoral.

En Génova cruzan los dedos para que la legislatura aguante y puedan así ir superando todas las metas volantes que se han marcado en el camino para poder alcanzar La Moncloa. Una victoria en las andaluzas, un buen resultado en autonómicas y ser la fuerza más votada a nivel nacional en las municipales. A lo que juega el PP es a consolidar su alternativa mientras el Gobierno «cae como fruta madura dentro de su proceso de descomposición». Feijóo se mueve con varias ventajas sobre el propio Sánchez en este momento preelectoral: su imagen de buen gestor, la credibilidad de su palabra, su perfil presidenciable, que no llegó a alcanzar nunca Pablo Casado, y que la izquierda empieza a darse cuenta de ya no les vale solo con agitar al electorado bajo el miedo de que llegan los de Vox.