El patrimonio histórico libanés se derrumba

Ante tanta desolación, los especuladores inmobiliarios han visto su oportunidad, como ya hicieron después de la guerra civil. La Unesco demanda que se salvaguarden los inmuebles del centro de Beirut

Fadlallah Dagher lleva más de 25 años rehabilitando edificios históricos en el centro de Beirut, pero ahora, tras la devastadora explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio en el puerto, le ha tocado ponerle andamios a la casa que construyó su bisabuelo. Doscientos años de historia, de recuerdos familiares, devastados.

Dagher da vueltas por el suelo embaldosado desnivelado por los escombros.

Las columnas se han quedado desnudas sin los capiteles de escayola que yacen en el suelo y en lugar de vidrieras de colores, una lona de plástico cubre los ventanales.

“Esta casa ha sufrido daños por los bombardeos en la guerra civil, pero los pudimos reparar y la hemos mantenido en buenas condiciones”, explica antes de continuar: “Ahora, 30 años después de la guerra, los mismos señores de la guerra que están en el poder han destruido de nuevo nuestras casas, pero es más devastador”.

Emplazada en el centro de la calle Gemayseh, la casa de Dagher, que se construyó en 1875 es joya de la arquitectura otomana con una fachada de tres arcos y amplios balcones.

La tremenda explosión que acabó con la vida de cerca de 180 personas y causó heridas a otras 6.000, también destrozó unos 8.000 inmuebles, dejando a más de 300.000 personas sin hogar. La zona del centro de Beirut, que comprende las áreas de Gemmayzeh, Mar Mikhael y Achrafieh, tiene “la mayor concentración de edificaciones históricas”, indica Dagher.

“Alrededor 700 casas patrimoniales han resultado dañadas en esta zona”, alerta.

El ministerio de Cultura de Líbano alertó recientemente de que un total de 640 edificios con valor histórico en el centro de Beirut, 60 corren el riesgo de derrumbarse.

La mayor preocupación de Dagher es que “se haga rápido la restauración de los edificios históricos”.

No podemos permitir que se repita lo que hizo Solidere después de la guerra. Comprar a propietarios desesperados sus viviendas para demolerlas y construir torres de edificio”.

Durante la guerra civil, el centro de la capital se convirtió en el campo de batalla para las milicias rivales. El área llena de edificios históricos, mercados y centros comerciales se convirtió en un páramo despojado de gente y actividad comercial. Después de la guerra, el entonces primer ministro libanés, Rafic Hariri, creó Solidere, una empresa público-privada que se apropió del terreno, con el objetivo de incentivar la inversión en el centro devastado. Los inversionistas no tenían interés en restaurar edificios históricos y prefirieron demolerlos para construir edificios de lujo y tiendas de alta gama para los árabes del Golfo que venían de turismo o negocio a Líbano.

En lugar de un renacimiento del centro, el distrito se convirtió, para muchos, en un símbolo de los males de la posguerra de Beirut: corrupción, amiguismo, manejo incompetente de la economía. Las protestas contra el Gobierno, que estallaron en octubre y se reiniciaron después de la explosión, casi siempre comienzan allí.

Dagher teme que las leyes libanesas no sean lo suficientemente persuasivas como para proteger los edificios históricos de los barrios del centro y sean demolidos para construir torres altas.

Para que la explosión no se lleve también el patrimonio nacional de Líbano, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha llamado a las principales organizaciones culturales de Líbano y a la comunidad internacional a movilizarse para salvaguardar los edificios históricos de Beirut.

El museo-palacio de Sursocks, en Ashrafiyeh, que resistió dos guerras mundiales, la caída del imperio otomano, el mandato francés y la guerra civil se rindió a estas explosiones. “Los daños materiales son muy grandes pero lo peor es haber perdido 35 obras de arte, cuatro de ellas irreparables e irremplazables. Las perdidas son millonarias”, lamenta la RAZÓN Muriel Kahwagi, jefa de prensa del Museo.

“No puedo comparar la destrucción del museo con lo que ha ocurrido con la gente. Nosotros hemos tenido suerte. Hay muchas instituciones culturales que nos han brindado apoyo económico. Pero nadie va a ayudar a las personas que han perdido sus casas”, exclama Kahwagi.

El silo de grano donde se inició el incendio se erige como un espectro entre las ruinas devastadas del puerto. Los vecinos del portuario barrio de Karantina intentan sobreponerse ante tanta devastación y muerte. Esta zona ha sido durante últimos dos siglos hogar de viajeros, migrantes, refugiados armenios que huyeron de las masacres del imperio otomano, y trajeron con ellos su cultura. Es esta peculiaridad lo que hace única su arquitectura, que refleja la diversidad cultural de Líbano. Viviendas históricas yacen ahora como escombros en el suelo.

A 500 metros si se traza una línea recta desde el epicentro de la explosión se encuentra lo que queda de la casa que mandó construir el abuelo de Ronny Khoury, que, por su escalera exterior al aire y los frisos andaluces, está declarada patrimonio cultural como muchas otros inmuebles de Karantina.

Khoury había llegado hacía un mes a Beirut para visitar a la familia. Debido a las restricciones de la pandemia de la COVID-19, Khoury no había podido viajar en los últimos seis meses, porque permanecieron cerrados tanto el aeropuerto de Beirut como el de la ciudad de Dubái, donde trabaja desde hace 5 años. Antes del confinamiento envió a su mujer y sus dos hijas a Líbano. El martes 4 de agosto, el día de la explosión, estaba visitando a su anciana madre.

“Había salido al balcón con mi madre y vi un humo negro que emergía del silo de grano. Eran alrededor de las seis de la tarde. Presentí algo y pude coger a mi madre y bajamos por las escaleras a la calle”, relata. Sin embargo, vio morir en frente de sus ojos a la madre de su mejor amigo de la infancia. “Pidió socorro. No llegué a tiempo y la casa de derrumbó con ella dentro”, explica con detalle, como si al recordar le ayudara a digerir el dolor.

Khoury no sólo ha perdido la casa familiar, levantada hace tres generaciones, sino también los recuerdos de su infancia.