La vía de Trump agrieta al Partido Republicano

La vieja guardia de los conservadores rechazan las acusaciones de fraude vertidas por el presidente y advierten de los peligros de una causa general contra el sistema democrático. El abogado de Bush en Florida niega los paralalelismos con el año 2000

El presidente Donald Trump participó ayer en una ceremonia por el Día de los VeteranosPatrick SemanskyAP

Ahora que la Casa Blanca habla de fraude electoral masivo y que las terminales afines al presidente saliente prometen demandas para salvar la democracia estadounidense, teóricamente amenazada, justo ahora, un observador desatento o distante podría suponer que el Partido Republicano apoya unánimemente a Donald Trump. Nada más lejos. En realidad el partido vive sumido en el caos, con tambores de guerra en función del lado de la trinchera y no pocos pesos pesados reclamando a la administración que enfríe su retórica.

Ninguna voz más llamativa que el ex presidente George W. Bush, hijo de presidente, hermano de gobernador, que felicitó por escrito a Joe Biden, al que califica de «presidente electo de Estados Unidos». No contento con reconocer su victoria, Bush subrayó que si bien mantiene diferencias políticas con Biden, «sé que es un buen hombre, que ha ganado la oportunidad de liderar y unificar nuestro país». «Le ofrecí lo mismo que le ofrecí a los presidentes Trump y Obama», reiteró, «mis oraciones por su éxito y mi promesa de ayudar en todo lo que pueda».

En cuanto a Trump, aseguró que «tiene derecho a solicitar recuentos y presentar impugnaciones legales, y cualquier problema no resuelto se resolverá adecuadamente». «El pueblo estadounidense puede confiar en que esta elección fue fundamentalmente justa, se mantendrá su integridad y su resultado es claro», remachó.

El que fuera gran arquitecto de la ofensiva legal de 2000 de Bush en Florida, en su contencioso con Al Gore, el Ben Ginsberg, peso pesado del partido en decenas de cuitas legales con los demócratas, ha denunciado estos días las palabras y obras del presidente. En declaraciones a “Newsweek”, Ginsberg, que lleva toda la semana en los platós de las principales cadenas de televisión, comentaba que su «evolución comenzó cuando el presidente se duplicó en el período previo a las elecciones de 2020 con sus acusaciones de que nuestras elecciones están manipuladas y son fraudulentas de una manera que nadie había hecho antes».

Para el abogado, estaríamos ante «un ataque sistémico, realizado completamente sin pruebas y destinado a socavar un pilar básico de nuestra democracia».

Sus palabras han coincidido con la dimisión de Richard Pilger, director de la División de Delitos Electorales, después de que el fiscal general, William Barr, ordenara a sus subordinados investigar los supuestos fraudes en un tiempo récord, con la clara intención de impedir ralentizar o frenar a los estados que todavía no han dado un ganador oficial.

En palabras de Pilger, Barr habría intentado derogar «una norma vigente durante 40 años, de no interferencia en investigaciones por fraude electoral antes de que el resultado de las elecciones sea certificado». Los temores de Pilger resultan incluso más problemáticos después de que Trump despidiera al secretario de Defensa, Mark Esper, y de que la subsiguiente oleada de dimisiones en el Pentágono, en protesta por la marcha de Esper, desembocara en el nombramiento de una serie de altos cargos con un perfil mucho más partisano, entre otros Anthony Tata, Ezra Cohen-Watnick y Kash Patel.

Hace unos días, entrevistado por la revista Military Times, Esper comentó que «al final del día tienes que elegir tus peleas. Podría tener una pelea por cualquier cosa, y podría convertirla en una gran pelea, y podría vivir con eso, pero, ¿por qué? ¿Quién vendrá después de mí? Será alguien que sólo diga ‘sí, señor’. Y luego que Dios nos asista».

Ginberg, entre tanto, ha comentado que conoce bien el negociado y niega que existan «evidencias de fraude sistémico».

En el momento de escribir estas líneas, con el 99% del voto escrutado en Arizona, Trump, no logra reducir la distancia, que seguía en el 49,4% para Biden por el 49,15% para él. Para remontar el todavía presidente necesitaba ganar el 64% de los votos que faltan por escrutar. Pero su ritmo actual estaba por debajo del 56%.

En Pensilvania, que sobra para liquidar la carrera, con el 100% escrutado Biden habría ganado con una diferencia de 48.000 votos. En 2016 Trump le ganó allí a Hillary Clinton por 44.292 votos. Respecto a las acusaciones de fraude masivo cuesta explicar por qué los supuestos conspiradores no habrían extendido el pucherazo al Senado, crucial, ni al Congreso, donde los demócratas han ganado con más insuficiencias de las esperadas. Tampoco por qué Doug Ducey, gobernador republicano de Arizona, o Brian Kemp, gobernador republicano de Georgia, habrían colaborado en la colosal estafa.

Frank LaRose, secretario de Estado de Ohio, republicano, le ha comentado al New York Times que «existe una gran capacidad humana para inventar cosas que no son ciertas sobre las elecciones. Las teorías de la conspiración y los rumores y todas esas cosas corren desenfrenadas. Por alguna razón, las elecciones engendran ese tipo de mitología».

El periódico neoyorquino, de hecho, ha contactado con los funcionarios, republicanos y demócratas, al mando del proceso electoral en todo el país. Todos niegan el fraude. En CNN Mitt Romney, ex candidato a la presidencia, reconoció a Biden como presidente y añadió que considera «destructivo para la causa de la democracia sugerir un fraude o corrupción generalizados. Simplemente no hay evidencias de eso en este momento. Y creo que es importante que reconozcamos que el mundo está mirando».

Soplan vientos fratricidas en un partido más tensionado que nunca y donde la vieja guardia y los partidarios de Trump cada vez hacen menos por disimular sus diferencias.