Europa

La razón de ser de la monarquía

Isabel II sabía que la realeza, en cualquier Estado democrático, debe su existencia a la voluntad de la nación, pero también y, sobre todo, a su ejemplaridad

Los portadores del féretro llevan el féretro de la reina Isabel II con la corona Imperial de Estado descansando en la parte superior en la Capilla de San Jorge, en Windsor
Los portadores del féretro llevan el féretro de la reina Isabel II con la corona Imperial de Estado descansando en la parte superior en la Capilla de San Jorge, en Windsor FOTO: Jeff J Mitchell AP

Aunque una de sus piedras angulares es la unidad, las estructuras políticas que componen la Unión Europea son tan diversas como variadas. Aunque la referencia dominante es la República, seis de los veintisiete Estados miembros son monarquías. Esta minoría es intrigante: ¿Qué legitimidad tienen las monarquías en la maquinaria europea?

Desde el Brexit, forman parte de la Unión Europea las monarquías de Bélgica, Dinamarca, España, Luxemburgo, Países Bajos y Suecia. Aunque son una excepción en la escena europea, estas monarquías deben respetar el principio democrático de la Unión Europea y los valores y normas que componen ésta última.

Gobernados o reinados por monarquías, estos Estados otorgan, de hecho, un papel muy simbólico a los monarcas. En Reino Unido, por ejemplo, Isabel II era consultada semanalmente por su primer ministro sobre los asuntos políticos del país hasta que abandonó la Unión Europea. Aunque el rey belga, Felipe, tiene más poder –ya que es el responsable de formar el gobierno de su país–, esta responsabilidad se ejerce bajo control parlamentario.

Dado que el poder de los monarcas es limitado, es evidente que se han establecido salvaguardias en el sistema político de las coronas de la Unión Europea. De hecho, el sistema político de éstas debe ser constitucional y parlamentario, de acuerdo con los principios democráticos del Estado de Derecho, la separación de poderes y el respeto de los Derechos Humanos y de las minorías, que son los criterios para que un Estado miembro pueda adherirse a la Unión Europea. Por tanto, el poder político lo ejerce generalmente un primer ministro, que puede ser nombrado por el rey o la reina. A pesar de esta restricción del poder, la monarquía sigue anclada en la mentalidad de que la opinión pública sigue siendo favorable a este sistema político. La imagen del monarca está intrínsecamente ligada a la idea de unidad nacional, especialmente en las crisis económicas, militares o terroristas.

Más allá de su minoría en la UE, sería un error ignorar el papel desempeñado por las monarquías en el proceso de la integración europea. Recordamos que, al inicio de la construcción europea, cuando se firmó el Tratado de Bruselas en 1948, que dio lugar a la creación de la Unión Occidental (UEO), sólo Francia representaba el modelo republicano en esta primera organización europea, de la que también formaban parte Reino Unido y los países del Benelux.

Ahora bien, hace unos años, Flandes (la mitad norte de Bélgica) expresó su descontento con la corona. A la pregunta de si se debía mantener la monarquía en su forma actual, el 60% de los flamencos se declaró partidario de cambiar la función de la monarquía para hacerla más protocolaria, o incluso de establecer una república. En Bélgica, si la figura del rey está relacionada con la unidad del país, el cuestionamiento de sus funciones pone indirectamente en tela de juicio la unidad belga.

En España, el referéndum de autodeterminación catalán sumió al país y a Europa en una crisis del modelo monárquico. De hecho, el deseo catalán de independencia era una afrenta directa a la unidad de la corona española, simbolizada por la figura del rey Felipe VI. Este referéndum, ilegal a los ojos de la Constitución y de la Corona, fue violentamente criticado por el rey en su discurso transmitido por televisión. De hecho, él sabía que la monarquía española sólo se «justificaba» si permitía el buen funcionamiento de la Constitución. Calificando a Carles Puigdemont fuera de la ley, Felipe VI aplicó el ejemplo dado por su padre en 1981, cuando el golpe militar del 23-F amenazó la estabilidad democrática de la entonces joven democracia española.

A escala europea, el caso catalán preocupó no sólo a los tronos europeos, sino también a varios Estados republicanos. En efecto, permitir la independencia catalana abriría la puerta a los regionalismos y separatismos lombardos, flamencos, corsos o vascos, lo que llevaría a una verdadera implosión de la Unión Europea, con cuestiones espinosas en torno a la adhesión de posibles nuevos Estados. La muerte de Isabel II y el previsible abandono de algunos países de la Commonwealth, como Nueva Zelanda, pero también la cuestión de un eventual nuevo referéndum escocés, plantean la cuestión de la utilidad de la monarquía que, en cualquier Estado democrático, debe su existencia a la voluntad de la nación, pero también y sobre todo a su ejemplaridad. Al igual que Balduino de Bélgica, Isabel II lo sabía. Felipe VI parece seguir sus pasos. En este sentido, ¿será Carlos III tan fuerte como su madre para mantener su corona y la de su sucesor? La influencia internacional de la monarquía británica reenvía a las demás en sus respectivos países. Como punto de referencia, puede resaltarlas o cuestionarlas. God save the kings!