Marta Robles

Consolación

El sábado, Barcelona respiraba fútbol. A la hora de comer, en el Puerto Olímpico, frente al mar, mientras los madridistas desplazados aún alimentábamos las esperanzas, algún balompedista fuera de servicio se entregaba como nosotros al arroz con espárragos y butifarra. En nuestra mesa, repartida entre culés y madridistas, se sucedían las porras y en las otras no había quien no anduviera preparándose para el partido. Todo era ilusión compartida hasta que comenzó el encuentro. Y después, todo era alegría para Barcelona.

Nosotros, para consolar a nuestros niños de los seis puntos de diferencia, decidimos llevarlos al restaurante Nuba, donde los futbolistas suelen celebrar sus éxitos. No lo conocía, así que, al llegar y ver un sitio tan oscuro y repleto de chicas con las melenas infinitamente más largas que las faldas, empecé a pensar que igual no había sido buena idea ir. Sobre todo porque no veíamos jugadores. Por fortuna, apareció Valdés, héroe de la noche, tan satisfecho como bien acompañado, y le firmó un balón a cada chico. Estaban tan emocionados que no vi raro que no apartaran los ojos de su mesa, máxime cuando hasta ella se había acercado a saludar el mismísimo Neymar. Sin embargo, al poco descubrí que lo que les tenía ojipláticos no era la presencia de los futbolistas, sino la de una señorita que los acompañaba, con una falda/nofalda que al sentarse y levantarse les acabó enseñando algo más que el «culé». «Se acabó la fiesta, pequeños –dije–. Creo que ya habéis tenido suficiente premio de consolación».