Cine

El volcán como símbolo: la fascinación humana por el Infierno en la Tierra

La lava viva siempre ha inspirado temores dantescos en el relato cinematográfico, desde la recreación de la tragedia en Pompeya hasta narraciones más apocalípticas

"VOLCANO" (1997)
"VOLCANO" (1997)Century FoxRTL Klub

Según el experimentado director Werner Herzog, mirar al cráter de un volcán «es como hacerlo a los ojos de los poderosos dioses del pasado», como si por un momento pudiéramos viajar en el tiempo a una época en lo que lo humano no era siquiera anecdótico. En «Dentro del volcán» (2016), el realizador se iba con el vulcanólogo Clive Oppenheimer a recorrer las montañas de lava activas en el momento, intentando establecer un diálogo entre el magma vivo y nuestra fascinación por el génesis, ya sin metafísica, de la propia orografía bajo nuestros pies.

Muchas veces sin el carácter trascendental del cine de Herzog, pero siempre desde la perspectiva casi fatalista a la que invitan imágenes como las que se suceden estos días en La Palma —de hecho, el Canal 24 horas de TVE permite seguir la erupción en todo momento por Internet—, la narración audiovisual siempre se ha sentido fascinada por la actividad volcánica. El primer ejemplo lo hayamos en «Los últimos días de Pompeya» (de 1935 pero que en 1959 viviría su primer «remake» con Steve Reeves como protagonista), pero quizá sin la rimbombancia de «Krakatoa», de 1968, en la que Diane Baker sufría mientras el capitán de un crucero intentaba sobreponerse junto a su tripulación a la explosión repentina de un volcán en el Pacífico. De corte más intimista, y también en esa tradición del séptimo arte en la que lo apocalíptico se vuelve dantesco, entendiendo el adjetivo como reflexivo sobre la condición humana, podrían insertarse películas como la extraordinaria «Stromboli» (1950), de Roberto Rossellini, o incluso «El diablo a las cuatro» (1961), donde el mismísimo Frank Sinatra tenía que poner en juego su ética junto a tres presidiarios para salvar a los niños de un hospital infantil —todo ello con unos efectos especiales que empezaron a envejecer el día mismo del rodaje— a punto de ser consumido por el magma.

Quizá por imposibilidad técnica, o por puro aceleracionismo —el mundo se volvía global al mismo tiempo que la imagen, en forma desastres naturales sin kilómetro sentimental mediante, se hacía inmediata—, los ochenta y los noventa nos devolvieron una fascinación por el Infierno en la Tierra que se localizó. Películas como la superflua «El día del fin del mundo» (1980) o la repuesta en televisión hasta la saciedad «Un pueblo llamado Dante’s Peak» (1997), llevaban las imágenes de la lava ardiendo a la puerta de nuestras casas, como intentando conectar con esos temores primarios de los que hablaba Herzog y que ahora se hacían reales. Para cuando Mick Jackson se quiso poner sentimental de la mano de Tommy Lee Jones en «Volcano» (1997), el magma ya competía con los dinosaurios y las explosiones terroristas por ver quién era capaz de sumar más deuda de reparaciones al erario público.

La imagen del volcán contemporáneo, ese que podemos hasta predecir cuándo y cómo estallará, nos devolvió un cine con aroma a «péplum», pero sin terror filosófico. La «Pompeya» (2014) de Kit Harington era un anuncio para lanzar la carrera del joven Jon Nieve y de las producciones apocalípticas de corte yanqui como «Supervolcano» (2005) o «Erupción volcánica» (2006) es casi mejor no hablar.

Al final, entre rojos intensos, miedos primarios y pulsiones apocalípticas —apoyadas en la culpa que Jaspers definía como «el pecado por Historia» y con la que estará de acuerdo Herzog—, la obsesión casi fetichista del ojo humano por el magma destructor y a la vez constructor de nuestra misma concepción del espacio, es quizá también la misma fascinación sobre la que hemos oscilado durante más de 315.000 años, la de mirar al poder creador de la naturaleza, preguntarnos por su origen y temer sus designios.