Hay pueblazos en Asturias: Figueras es uno de ellos

Para quien busque unos días de silencio durante el verano, este pequeño pueblo pesquero en la frontera de Asturias con Galicia es el destino perfecto

Por la ría Eo fluye una poderosa sensación de frontera. Observándola tragar bocanadas de mar desde la orilla asturiana, en el pueblo de Figueras, el lado gallego en Ribadeo se escucha sumido en un silencio sobrecogedor. Han confinado la región de A Mariña debido a un brote de coronavirus, y por el puente que une ambas localidades apenas cruzan camiones y algún coche afortunado con los permisos pertinentes. Las nubes del norte no parecen decidirse por un lado u otro de la orilla y zigzaguean a bandazos, tanteando el terreno en busca del lugar adecuado en que descargar una lluvia suave. Mientras escribo este artículo, escucho ese silencio y vigilo las nubes. Ellas también me vigilan a mí.

Existen pueblazos en Asturias y Figueras es uno de ellos. El verano parece no haber arrancado todavía porque sus calles están vacías, casi parece un pueblo abandonado, y el viajero extraviado busca con insistencia los gajos de bullicio que por lo habitual conquistan este pueblo durante los meses de calor. En el hotel me dicen que estos últimos fines de semana han llegado algunos turistas, de Madrid o de Oviedo, pero que al llegar la nueva semana da la sensación de que una mano superior haya pasado una escoba y barrido toda visita. Esperan con paciencia a que la situación se normalice.

Destino familiar y Covid Free

El mayor aliciente para buscar destinos este verano pasa por que esté libre de contagio y que cumpla las medidas de seguridad pertinentes. Es lo más inteligente, sobre todo si se viaja con pacientes de riesgo. Aquí se posiciona Figueras como el destino idóneo. Ni un solo habitante del pueblo está contagiado por el virus, no existen las grandes aglomeraciones - por el momento -, ni siquiera en las zonas más transitadas del puerto, y cada hotel y restaurante siguen con meticulosidad las indicaciones necesarias para evitar contagios indeseados. En el restaurante El Pósito, situado en el puerto y lo que antes fue una cofradía de pescadores, la terraza apenas la pueblan un puñado de comensales relajados, degustando su exquisito cachopo con cecina, cebolla caramelizada y queso de cabra, o saboreando una sencilla sartén de bacalao con huevos.

Otro nombre que buscamos para este verano: calma. Estamos cansados de los políticos mosqueándose y mosqueándonos a través del televisor, estamos cansados de las malas noticias, de las buenas también, de cualquier noticia en general. ¿Soy el único que estos últimos meses ha perdido la sensación de controlar su vida? Queremos recuperar la sensación de control, aunque sea por unos días. Apretar el botón del silencio y cerrar los ojos, sin prisa por abrirlos otra vez. Hace falta irse lejos para conseguirlo, a Figueras, quizás, donde basta caminar media hora para llegar a Punta de la Cruz y observar una puesta de sol apabullante mientras las olas arremeten contra los acantilados, buscando acariciar las puntas de nuestros pies. Aquí uno se olvida de muchas cosas malas y da forma a muchas cosas buenas. El rugido de mar y los brazos finos del sol sirven de material para crear hermosos recuerdos.

Alguno buscará ir más lejos todavía. No quiere que sus hijos o su pareja sufran un verano agobiante e inseguro, quiere que las memorias que mantengan del famoso verano del 2020 sean unas tan bonitas, o más, de lo que fueron en años anteriores. A esos les digo que alquilen una pequeña barca para navegar por la ría Eo - en cualquier alojamiento de la zona pueden organizarlo - y que se pierdan en un mundo más suave del que se vive ahora en tierra firme. Sí, ¿por qué no? Perderse es una buena forma de recuperar el control de uno mismo, cuando nos volvemos a encontrar.

Horas de turismo cultural

Quien se aloje en el Palacete Peñalba, dormirá inmerso en un pedazo de historia figuerense. Esta antigua residencia de indianos, de estilo modernista y construida por un discípulo de Gaudí, consta de dos palacetes situados en un alto del pueblo y con unas vistas incomparables de la ría. Desde las habitaciones puede observarse con asombrosa claridad la frontera que separa Galicia del Principado de Asturias; a un lado descansa Ribadeo y al otro, rozando el paraíso de Figueras, Castropol. El encanto particular del Palacete pasa porque cada dormitorio es un pequeño mundo encerrado entre cuatro paredes. A diferencia de los hoteles habituales, construidos para que todas las habitaciones sean iguales a las demás, aquí cada una es diferente, debido a que en sus orígenes se trataba de un domicilio particular. No será lo mismo descansar en la habitación 230, coronada por una cúpula de cuento de hadas, que en la 303, con las mejores vistas a la ría Eo que pueden llegarse a imaginar.

Tan cerca se ve la ría desde sus balcones que su agua parece crear alguna especie de efecto óptico, quizá sea un hechizo antiguo pronunciado por los habitantes de la región, y el residente del Palacete siente un deseo casi irresistible de saltar la barandilla para darse un chapuzón. Será necesario cierto control sobre uno mismo para comprender que la ría está más abajo, control sobre uno mismo, sí, precisamente lo que buscábamos, y hará falta bajar las escaleras, caminar unos minutos y cumplir los deseos en la arena parda de la Playa de Arnao.

Pero hay más cultura escondida en las calles de Figueras. En el Palacio del Trenor, construido en torno al siglo XIV, el visitante descubre una nueva faceta de los castillos españoles, poco habitual en las zonas de interior. Este es un castillo virgen de violencias. A diferencia de los enclaves castellanos, que durante siglos pasaron de una mano a otra mediante el trato del acero, de musulmanes a leoneses y de leoneses a aragoneses, una y otra vez hasta que su piedra se quebró, en Asturias siempre se mantuvieron a salvo de esta clase de disputas. No es habitual en nuestro país encontrar un castillo que haya pertenecido siempre a la misma familia. El visitante buscaba calma y en Figueras descubre que incluso su historia es una calmada, no es este un destino propicio a los sobresaltos de los que andaba huyendo.

Un enclave excelente para conocer la región

Utilizando Figueras como base para profundizar en Asturias, es posible encontrar algunos de sus pueblos costeros más emblemáticos a menos de media hora de carretera. A Castropol - conocido por su tradición pesquera - se puede llegar caminando, y una línea horizontal de autovía une Luarca, Navia y Puerto de la Vega creando un fabuloso un rosario asturiano. Tres localidades tan placenteras de visitar que solo consiguen aumentar el valor de Figueras como destino de verano.

En las pequeñas rías astures, cada aspecto de la vida se ve disminuido: el silencio se encoge hasta abarcarlo todo y crear una deliciosa paradoja, las montañas anteriores a los Picos de Europa se ven más pequeñas en comparación y el placer se vuelve uno sencillo, de comida sana recién robada al mar y tardes prolongadas en minúsculas plazas semidesiertas. Y descubrimos excitados que, en realidad, no hace falta nada más.