Historia

Si quieres conocer a los conquistadores, apaga la televisión y visita Trujillo

Que no te la den con queso: la mejor manera de comprender el legado de los hermanos Pizarro y sus coetáneos es visitando su ciudad de origen

Vistas desde el Castillo de Trujillo.
Vistas desde el Castillo de Trujillo. FOTO: Alfonso Masoliver

Nosotros, los españoles, no deberíamos odiar a los conquistadores. Forman parte de un legado muy profundo e inquebrantable que nos acompañará desde el siglo XV hasta que nuestro país estalle en pedazos (ya sea por nuestros políticos o porque caiga un meteorito) y, para bien o para mal, sus hazañas y sus pecados son quienes han cimentado gran parte de España. Entonces creo que sería una buena idea apagar el televisor y silenciar a los grupos de presión, y observar con nuestros propios ojos el pasado inmóvil que rodea a esta panda de hombres que salieron un día de su ciudad en Extremadura, cruzaron el océano, se introdujeron kilómetros de selva adentro, asesinaron, violaron, rezaron, construyeron iglesias, ciudades y universidades, murieron como hace cualquiera. De verdad creo que merece la pena visitar Trujillo, la piedra que vio nacer a los hermanos Pizarro y ese héroe silenciado que fue Francisco de Orellana, y husmear en sus recuerdos hasta que nos duela la garganta.

Y no digo que lo hagamos para juzgar sus acciones con mayor acierto, nada de eso, solo para conocer, rascar las esquinas, para conocer los colores de los campos que corrieron de chiquillos y el aroma húmedo de la piedra y la inclinación de las cuestas. Luego podríamos volver a casa siendo una pizca más sabios de lo que fuimos ayer.

Desde Roma hasta España

Como cualquier localidad que merezca la pena, Trujillo siempre estuvo allí. Los romanos le dieron el nombre de Turgalium pero ya lo habitaron antes los pueblos prehistóricos, y los árabes lo conquistaron y lo llamaron Torgiela. Cinco siglos después del comienzo de la ocupación musulmana, las tropas cristianas se aprovecharon de una serie de traiciones y jugarretas para entrar en la ciudad sin derramar casi sangre, y desde entonces hasta hoy Trujillo ha transmutado sus murallas para adaptarse a los bandazos alocados de España. En las casas de Trujillo podemos encontrar atascados rastros de sangre y de incienso, ofrendas a Baco, el susurro de los 99 nombres de Dios. ¿No es excitante? Todos los dioses de Europa hibernan aquí, esperando una segunda oportunidad.

Un punto a favor de esta Ciudad Muy Noble, Muy Leal, Insigne y Muy Heroica es que su casco histórico se mantiene prácticamente igual que durante la Edad Media, entonces ni siquiera hace falta calzarse las gafas de la imaginación para soñar que estamos inmersos en un nuevo escenario, muy lejos de casa. El eco de nuestros pasos resuena con un ángulo idéntico al de los pasos de Pizarro. Y la mejor manera de representar esta obra de teatro que ocupa toda la localidad y que nos tiene a nosotros por personajes principales es subir de abajo arriba, es decir, recorrer el laberinto de calles que comienza en su Plaza Mayor hasta tocar con la punta de los dedos la puerta del Castillo de Trujillo. Empezamos rindiendo tributo a la estatua de Francisco Pizarro: cabalgando su bestia de acero con las plumas del casco rígidas y oxidadas, la armadura húmeda, la mirada inerte, su figura de 6.500 kilogramos se asemeja a los viejos y decrépitos dioses del Olimpo. Quizá un chorretón de nuestra sangre o un platillo con incienso humeante nos concedan su beneplácito para corretear por su ciudad.

Estatua de Francisco Pizarro en la Plaza Mayor de Trujillo.
Estatua de Francisco Pizarro en la Plaza Mayor de Trujillo. FOTO: Alfonso Masoliver

Y continúa el recorrido en la Torre del Alfiler, construida en el siglo XV y cuya bella cúpula decoran los famosos azulejos talaveranos, rematada por una varilla metálica que le concede su nombre. Subimos de dos en dos los escalones que nos llevan a la primera panorámica de Trujillo (tejados ocráceos y cielo impoluto). Tomamos una fotografía, bajamos. Continúa el recorrido.

Iglesias, películas y castillos

Basta con teclear en el buscador “qué ver en Trujillo” para saber dónde ir después de visitar la Torre del Alfiler pero el buscador puede ser engañoso en ocasiones y no decirnos todo lo que podemos ver o, peor, recomendarnos esquinas cuyo valor es insignificante. Pero mejor háganme caso a mí, el humano, y vayan de visita a la Casa de la Cadena, donde dicen que se hospedó Felipe II en 1583. Según las crónicas de Bartolomé Díaz, aquí “se dio al rey un venado y un jabalí y 100 conejos y 100 perdices y mantequillas seis fuentes. Mandólo su majestad repartir a los monasterios. Dios se ha fray Diego de Chaves, confesor de su majestad, otro presente muy bueno. Lidiáronse esta tarde seis toros, y en otro día que fue domingo hubo juego de cañas. Violó su majestad por la ventana abierta y acabado el juego de cañas se partió de Trujillo. Salió en su cuatargo por la calle de la Sillería a la Herguijuela; salió con él la caballería a pares, también la salida como la entrada. Yo descargó su majestad que nos estaba más por la mucha prisa que llevaba para llegar la víspera de Nuestra Señora a San Lorenzo el Real”. Vayan a la Casa de la Cadena (hoy un restaurante) y coman y traguen y jueguen a ser compasivos como el monarca más poderoso del Universo.

Que tampoco falten los edificios religiosos porque un buen conquistador sabe que su fortuna depende de la voluntad de Dios, entonces vayan de visita a la Iglesia de Santa María la Mayor y la Iglesia de San Martín, y enciendan allí una velita. Lo único que no puedo garantizarles es que los templos estén abiertos porque esto es España y encontrar una iglesia abierta cuando no se oficia misa requiere de la ayuda de Dios, sus ángeles alados y quizá un empujoncito de Satán. Pero también son bonitas de ver por fuera y todo el mundo parece obsesionado con el escudo del Athletic de Bilbao que aparece grabado en la parte superior de la torre de Santa María la Mayor. Sí, es verdad. El escudo del Athletic puede verse en una torre eclesiástica del siglo XVI. Será cosa de los aliens.

Vista de Santa María la Mayor desde el Castillo de Trujillo.
Vista de Santa María la Mayor desde el Castillo de Trujillo. FOTO: Alfonso Masoliver

Continúa la visita en la Casa Museo de Pizarro. De apariencia sencilla, con ventanas pequeñas y un jardín minúsculo no parece la residencia familiar del que fue llamado a convertirse en conquistador de Perú y gobernador de Nueva Castilla. Pero resulta muy interesante visitar su interior y zambullirnos en el galimatías de batallas que nuestros antepasados libraron por el rey y por España. No sé si lo hicieron bien o mal, si fueron tiranos o héroes (yo no estuve con ellos para verlo) pero desde luego que debían tener una clase de valor especial para enfrentarse a los pueblos que habitaban la selva y se pintarrajeaban las mejillas de color rojo y lanzaban unos aullidos que les confundían con el mismo diablo. Y la misma clase de respeto y de ignorancia deberíamos mostrar cuando visitemos el Centro de los descubridores en la Calle Cuesta de la Sangre, o cuando nos crucemos con el busto de Francisco de Orellana, justo enfrente de la puerta principal de la Iglesia de Santa María.

Last but not least deberíamos hacer la parada de rigor en el Castillo de Trujillo, enraizado desde el siglo X en el cerro “Cabeza de zorro”, y probar a divertirnos con un juego nuevo, el juego de las películas: ¿sabía el lector que aquí se rodaron algunas escenas de la séptima temporada de la serie de Juego de Tronos, cuando el guaperas de Jaime Lannister estaba rodeado por los temibles Inmaculados? Pues ya lo sabe. Ahora solo necesita subirse a su muralla y tomar otra fotografía de Trujillo, buscar una tormenta, esquivar el fuego de los dragones, ver al pequeño Pizarro corriendo allí abajo, botar de un mundo a otro hasta que nos entren ganas de vomitar, forzar el vértigo. Y luego volver a dormir en el mejor sitio posible: el maravilloso Parador Nacional de Trujillo.