Un Rocío en soledad por el coronavirus y con incógnitas de cara al futuro

La suspensión de la romería deja en el aire 1,5 millones de euros y se cuestionan ritos propios como aglomeraciones, besos y abrazos

La pandemia ha dejado una imagen inédita en la aldea del Rocío este lunes de Pentecostés. Casas vacías, escaso trasiego por las calles y un silencio reinante que contrasta con el ambiente festivo propio de la romería. Es tan atípica la estampa que no está en su altar ni la Virgen del Rocío, que fue trasladada a Almonte en agosto del año pasado, como cada siete años, y allí seguirá hasta 2021, cuando el coronavirus haya pasado, en teoría, pero no sus efectos devastadores en la economía y los hábitos sociales.

De hecho, las consecuencias de la suspensión de la peregrinación se han dejado notar. En esta época del año la aldea suele congregar a un millón de personas y el impacto económico de la presencia masiva de devotos se cifra en 1,5 millones de euros. Todo se ha esfumado, aunque este respiro bien lo agradecerán los parajes de Doñana, que no han soportado las caravanas de romeros pernoctando en pinares de alto valor ecológico.

El vado del Quema tampoco ha acogido el paso de las hermandades, con los tradicionales bautizos de los rocieros que se estrenan en el camino. Este entorno ofreció en 1998 una de sus imágenes más tristes, tras la rotura de la balsa de residuos tóxicos de la empresa Boliden. Además, Bajo de Guía, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), se ha quedado huérfano de romeros, carretas, caballos y bueyes de camino a la aldea.

Los ritos también han quedado anulados, así que los rocieros se han tenido que conformar con el recuerdo de lo vivido. Todo lo más, han podido seguir por internet la novena que se ha celebrado en honor a la Blanca Paloma en la parroquia de la Asunción de Almonte. No tuvo lugar anoche el popular salto de la reja, cuando una masa enfervorecida de almonteños "asalta" las andas de la Virgen para pasearla por la aldea, de madrugada. Un momento que supone el culmen de la romería. Ni el rosario de las hermandades, con antorchas y rezos, congregando al público en torno al santuario. Sí se celebró el solemne pontifical presidido por el obispo de Huelva, José Vilaplana, a puerta cerrada en la parroquia, retransmitido por televisión e internet. En condiciones normales esta eucaristía se hubiera celebrado a cielo abierto en la plaza de Doñana, con los simpecados de todas las hermandades formando un retablo efímero. Precisamente, el templo permanece cerrado los fines de semana para evitar el efecto llamada. Hoy se vuelve a abrir, tal y como ha ocurrido semanas atrás, bajo estrictas medidas de seguridad y con un circuito señalizado en el interior para evitar que los fieles se agolpen frente al altar.

Este Rocío tan alejado de los patrones habituales deja muchas incógnitas de cara al futuro. Las masificaciones, los besos y los abrazos, tan habituales en el camino y en la aldea, son prácticas que chocan frontalmente con las recomendaciones sanitarias de este momento, como el distanciamiento social. Nadie entendería un Rocío sin aglormeraciones, con orden y estrictas medidas de higiene y seguridad personal. Incluso las mascarillas, con las altas temperaturas, son molestas caminando por los senderos. La “nueva normalidad” irá dictando el cambio de hábitos y su adaptación a este tipo de celebraciones que forman parte de la idiosincrasia andaluza.