Cultura

El frío vagón de tren donde se acabó con la Primera Guerra Mundial y que dinamitó Hitler

Un día como hoy de 1918, británicos de la Triple Entente y representantes alemanes y austro-húngaros se reunían en el Bosque de Compiègne para firmar el armisticio que finalizaría la Gran Guerra

El vagón del armisticio, que fue firmado por el mariscal francés Ferdinand Foch y el ministro de Estado alemán Matthias Erzberger, en la imagen
El vagón del armisticio, que fue firmado por el mariscal francés Ferdinand Foch y el ministro de Estado alemán Matthias Erzberger, en la imagen

Un día como hoy de 1918, el mundo amanecía de otra manera. Tras cuatro largos años, el miedo se terminaba, las batallas cesaban y la sociedad celebraba que se había puesto fin a la Primera Guerra Mundial. Entre el 28 de julio de 1914 hasta el 11 de noviembre de 1918, miles de vidas se perdieron, la sangre se derramó, el odio se difundió y los enfrentamientos se sucedieron hasta casi convertirse en cotidianos. Afortunadamente, todo tiene su fin, y también las guerras por muy masivas que sean, aunque esto no conlleve directamente al bienestar, sino más bien a lo traumático, a las terribles consecuencias que conllevan meses de contienda.

La Primera Guerra Mundial culminó con la firma del Tratado de Versalles, que se firmó el 28 de junio de 1919 y que fue lapidario para Alemania, considerado responsable de las más grandes atrocidades de la contienda. Pero fue el 11 de noviembre del año anterior cuando se produjo el cese de las hostilidades, así como se comenzaría a marcar el final de los imperios austro-húngaro, turco-otomano, ruso y alemán. En el interior de un frío vagón de tren, en plena madrugada y en medio del Bosque de Compiègne, británicos de la Triple Entente y los representantes alemanes y austro-húngaros acordaron un armisticio aquel 11 de noviembre, lo que afectó solo al frente occidental, pues Rusia ya se había retirado de la guerra en marzo del mismo año, así como Bulgaria lo había hecho el 29 de septiembre, Turquía el 30 de octubre y los austro-húngaros el 3 de noviembre.

El conocido como “Vagón del armisticio”, o CIWL nº 2419, sigue siendo hoy, por tanto, un lugar histórico. Pero en el imaginario, pues años más tardes de aquella reunión, a finales de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler, temeroso de que se volviera a firmar una rendición de Alemania en el mismo sitio, decidió dinamitarlo. Actualmente, se conserva un coche de la misma serie, decorado como el original, para ofrecer a los curiosos una imagen lo más parecida posible del escenario donde se acabó con la Gran Guerra.

Desde la izda., Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel, Hermann Göring, Rudolf Hess, Adolf Hitler y Walther von Brauchitsch delante del llamado "vagón de Compiègne", antes de ser dinamitado
Desde la izda., Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel, Hermann Göring, Rudolf Hess, Adolf Hitler y Walther von Brauchitsch delante del llamado "vagón de Compiègne", antes de ser dinamitado FOTO: o.Ang. Bundesarchiv

Paz, pero sin avances

Así, se ponía punto final a unas batallas que se habían cobrado más de 9 millones de muertos en los campos de batalla, así como 6 millones y medio de inválidos de guerra, más de 4 millones de viudas y el doble de huérfanos. Así, desde que el archiduque Francisco Fernando de Austria fuera asesinado -incidente que desató la Gran Guerra-, se llegaba a un final que correspondía a la creación de países como Estonia, Letonia, Lituania, Polonia o Finlandia. No obstante, las repercusiones no fueron la de la llegada a la paz ni el avance, sino más bien las del hambre, la crisis económica y la inestabilidad mental en la sociedad. Un periodo oscuro de entreguerras, del que nada se aprendió, pues bastaron unos 20 años para someter al planeta en otra guerra mundial.

La Triple Entente (Reino Unido, Francia y el imperio ruso) comenzó a imponerse sobre la Triple Alianza (imperios alemán y austro-húngaro), a través de una superioridad militar que fue determinante al final de la contienda. La victoria fue total: los alemanes perdieron bastante territorio y, tras Versalles, obligados a pagar una alta indemnización por los daños causados. Asimismo, el káiser Guillermo II abdicó, y se proclamó la República, encargada de firmar el armisticio.