La esquila no espera a la vacuna

Más de 250 esquiladores uruguayos llegan a España en un vuelo especial en plena alerta sanitaria para participar en una campaña que no puede retrasarse más

Hay un pueblito en Uruguay llamado Baltasar Brum, a 600 kilómetros de Montevideo, en el que los malos estudiantes tienen un destino inexorable. Si tienes poca afición por los libros, más te vale darte maña con la máquina de pelar porque la esquila será tu medio de vida. Nicolás Correa eligió el segundo camino a los trece años y en él sigue a los 32. Desde hace quince años reparte la temporada entre su Uruguay natal y Castilla y León, donde cada temporada llegan cientos de compatriotas a afanarse en un oficio copado por extranjeros. Los locales ya no quieren hacerlo; apenas el 20 por ciento de los esquiladores que ponen a punto a 16 millones de ovejas son españoles. Solo en Castilla y León hay cerca de tres millones de cuadrúpedos, más que habitantes.

Esta primavera ha sido diferente. La pandemia mundial por el Covid-19 ha retrasado y puesto en serio riesgo la llegada de refuerzos y casi no lo logran por las restricciones internacionales de vuelo. El director de la Unión Regional de Cooperativas Agrarias de Castilla y León (Urcacyl), Jerónimo Lozano, explica que tuvieron que ser diez empresarios los que se unieran para fletar un avión de Air Europa que trajera a 251 esquiladores de Uruguay. El vuelo se retrasó hasta cuatro veces y, por fin, el pasado día 13 pusieron rumbo a España después de un rosario de vicisitudes y a un alto precio. A todos ellos se les hizo la prueba del coronavirus, antes de salir y una vez aquí.

Lozano se queja de las escasas ayudas recibidas de parte del Gobierno a un sector fundamental para el mundo rural y que ha sufrido duramente los embates de la crisis sanitaria. El confinamiento ha reducido casi a cero las demandas de lechazo de los restauradores y se ha tenido que congelar la gran mayoría, pero la esquila no se puede postergar. Tiene que hacerse en esta época del año, antes de que el calor se haga insoportable y para evitar graves problemas a los animales, como la tiña o las larvas.

Nicolás les da una tregua a sus riñones mientras cuenta que él pudo llegar a España a mediados de marzo, antes de que se cerraran las fronteras. Dice que se vino «no más», que no le dio miedo la que se estaba liando en Europa. Afirma con cierto orgullo que este es un trabajo para gente curtida. La «distancia de seguridad» es imposible. Las ovejas se escurrirían por esos dos metros entre trabajadores que recomienda Sanidad. La mascarilla tampoco es sostenible por el calor y el ahogo que produce. Hacen falta mucho aire y mucha fuerza para mantener inmovilizado al animal mientras se le afeita. Aunque cada uno tiene su propia técnica, ya no se «manea» a la oveja, no se la ata, con lo que se le ahorra un gran sufrimiento. En el Uruguay natal de Correa los hay que aún trabajan a tijera. Su padre era uno de ellos. Aunque se gana bien, «tienes que ser muy duro para ser esquilador». El sueldo diario de estos hombres depende de su destreza. Trabajan en hilera pero no es una labor de equipo, cada uno marca la oveja que afeita y luego percibe un euro por cada una. El ganadero paga al empresario que les contrata un euro y medio. Si la cosa se da bien, el salario por estar un mes con la espalda vencida puede llegar a los 5.000 euros.

Entre risas, Nicolás explica que él es «de los de abajo». Su récord lo ha batido aquí: 292 ovejas de raza Assaf (de origen palestino) en un solo día, y eso que «estas son grandes y tienen mal carácter». Una cifra lejana de las 471 que ostenta un tal Alexis Baltasar, alias el «Grillo», al que también apodan el «Messi» de los esquiladores porque nadie le hace sombra.

Para defender el honor patrio, a la charla se incorpora Santiago Martínez, el único español que trabaja hoy en la cooperativa La Manchada, en el pueblo zamorano de Pozoantiguo, con 19.000 cabezas. Antes de hacerse esquilador, Santiago, que ahora tiene 39 años, era transportista. Le gusta más lo que hace ahora porque «sabes que a las siete u ocho estás en casa» y con la furgoneta estaba todo el día en danza. Desde luego, parece que lo disfruta. Asegura que en España hay «grandes esquiladores», lo que ocurre es que la gente «ya solo quiere trabajar dos o tres meses y luego vivir de la paguita». Él es de los que se dedica todo el año al oficio, doce meses afeitando sin parar. Sólo hay nueva personas con una dedicación tan plena en España. Su récord: 371 ejemplares de la raza Lacaune trasquilados en un solo día.

Antes era esta una profesión mejor pagada. Hace 25 años podían llegar a cobrar «225 pesetas por ejemplar y al esquilador se le traía hasta tabaco y se le daba de comer», explica Santiago con nostalgia por un oficio no exento de cierto romanticismo. En esto, como en todo lo demás, la dictadura de los «márgenes» impone que unos vayan apretando a otros y el resultado es un empobrecimiento en cadena que se ceba con el eslabón más débil.

Todos parecen estar de acuerdo en que los neozelandeses son los mejores quitando lana. Y que en Francia y Escocia pagan mejor que aquí. La profesión, según Martínez, se puede ejercer «hasta los 50 o los 60 años». Al parecer, los polacos son los más longevos y se retiran pasados los 65. Otra cosa será cómo de castigado quede el cuerpo después de pasar décadas encorvado. Este es un trabajo en el que se suda y hay que doblar el riñón. Sacrificada. Y la lana que sale de tanto esfuerzo apenas tiene valor en el mercado. Los bellones, a 0,15 céntimos el kilo, prácticamente se regalan. Pero es un trabajo que hay que hacer, imprescindible para hacer sostenible el sector ovino que tantas alegrías nos da a todos en la mesa. Y este año, contra todo pronóstico y pese al maldito virus, ha vuelto a sacarse adelante.