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Evita versus Carmen Polo: 75 años de la guerra “fashion” española

Se cumplen las bodas de brillante de la visita que más irritó a la mujer de Franco

Franco y Carmen Polo saludan a Eva Perón a su llegada al Aeropuerto de Barajas
Franco y Carmen Polo saludan a Eva Perón a su llegada al Aeropuerto de Barajas

«Al dejar la tierra maravillosa de la madre patria, aun bajo el velo que nubla mis ojos por el pesar de dejarla y la emoción de la despedida, envío un renovado mensaje de agradecimiento a su excelencia Franco y al pueblo español». Esas fueron las últimas palabras que Eva Perón, la famosa Evita, dedicaba a España en su despedida, tras haber pasado algo más de dos semanas entre nosotros, y haberse recorrido prácticamente toda nuestra geografía. Las malas lenguas afirman que, cuando la puerta de su avión se cerró, Carmen Polo le espetó al su esposo: «Se acabó, Paco. Nunca más. ¿Me oyes? Nunca más permitiré que metas en mi casa a alguien que no pertenezca a la familia. Por muy importante que sea la visita».

Durante 18 días, Evita se había paseado por España y había ocupado una parte del palacio del Pardo como residencia. Se instaló en un dormitorio con vistas a los jardines, junto al que se encontraba una gran sala para sus vestidos y otro dormitorio para su confidente, Lilian Langomarsino de Guardo. En esas habitaciones se consumó lo que ya se venía pergeñando desde Buenos Aires: el golpe de efecto que, gracias a la moda, iba a dar la mujer de Perón. En una España que todavía se recuperaba de la guerra y con el «New Look» de Dior en pleno apogeo en París (tras su exitosa presentación en enero de ese mismo año), la líder de los descamisados se convirtió en un faro de elegancia que conseguía poner en evidencia a Carmen Polo.

El 9 de junio de 1947, con una Plaza de Oriente a reventar, Eva Perón recibió un auténtico baño de masas. A su lado, Franco y su esposa, Carmen Polo
El 9 de junio de 1947, con una Plaza de Oriente a reventar, Eva Perón recibió un auténtico baño de masas. A su lado, Franco y su esposa, Carmen Polo

Durante aquellos días, no hubo momento en el que Evita no aprovechara para señalar la diferencia de edad que las separaba (ella tenía 28 y la mujer de Franco, 47) así como su concepción de la moda, que venía marcada en parte por la diseñadora española Ana de Pombo. La cántabra llevaba una temporada en la capital porteña liderando la casa Paquín y fue a ella a quien Evita le encargó el convertirla en la mujer más elegante del mundo. Daba igual si en Madrid en junio el termómetro explotaba: la argentina lucía pieles, capas de tul y sombreros imposibles llenos de plumas en una «campaña de marketing» que pretendía vender una imagen que funcionara más allá de las fronteras del país.

Franco se encargó también de que se llevara un recuerdo en forma de 50 vestidos. El 10 de junio, tras haber visitado San Lorenzo de El Escorial y el Mercado Nacional de Artesanía, asistieron en la Plaza Mayor de Madrid a un acto en el que cada representante de las cincuenta provincias que en aquel momento formaban España le obsequió a Evita una con un vestido tradicional. Cada diseño venía con su propia cesta de mimbre diseñada para su traslado a Argentina, formando así uno de los conjuntos más completos que se encuentran hoy en día fuera de nuestras fronteras.

Pese a todo, la cita que más le interesaba a Evita estaba en París. Tras pasar por España y el Vaticano, convocó en su habitación del Ritz a los diseñadores parisino más importantes, que acudieron a enseñarle sus diseños. No se comprometió con ninguno, pero sí parece que se «enamoró» profundamente de Jacques Fath, a quien premiaría con el encargo de su vestido más icónico: el que luce en el retrato oficial junto a Juan Domingo Perón.