Biden se afianza como el favorito para ganar a Trump

Tras su meteórica resurrección del Supermartes, el ex vicepresidente es la mejor baza del partido para volver a la Casa Blanca, pero antes tendrá que vencer a Sanders en Michigan, Misuri y Misisipi

Joe Biden se hace un selfie con sus simpatizantes en una iglesia metodista (EFE)
Joe Biden se hace un selfie con sus simpatizantes en una iglesia metodista (EFE)Curtis ComptonAP

Joe Biden parece imparable. Hasta el punto de que una encuesta de este mismo viernes, elaborada por Morning Consult, le daba como favorito frente al actual presidente, Donald Trump. De hecho, el diario “New York Post” informaba que un 51% de los encuestados considera que tiene bastantes más posibilidades de vencer a Trump en unas elecciones, que Bernie Sanders. Lo que parecía imposible hace una semana, es ya una realidad incontestable.

El ex vicepresidente de la Administración Obama tiene el viento de cara, y los mismos que lo tenían por una broma, como un hombre incapaz de defenderse en los debates y como un perdedor compulsivo, estiman ahora que nadie podrá detenerlo. Y eso que, hace apenas un mes, estuvo cerca de coger vuelos comerciales por la precaria situación económica de su campaña, al borde de la bancarrota. Cualquiera que esté en la lista de contactos de su equipo de campaña, sabe hasta qué punto se llegó a bombardear a sus simpatizantes con peticiones de dinero. Cualquier donación servía.

El tiempo volaba. Iowa, New Hampshire y Nevada fueron desastres inexcusables. Catástrofes de las que -en circunstancias normales- enterrarían a un candidato. Solo su pura cabezonería en seguir hasta el final, y el convencimiento del partido en que más allá de él no había más que jóvenes inexpertos y tribunos populistas, lograron mantenerlo a flote. Luego llegó Carolina del Sur, con el apoyo decidido de los afroamericanos. Y más tarde el Supermartes, histórico: es muy posible que nadie en la historia de las primarias haya protagonizado una recuperación tan portentosa. Su victoria en Texas pasará a los manuales. No solo tomó el Sur con una contundencia inédita. También se hizo fuerte en la Costa Este y demostró que tiene gancho entre los latinos.

Para Biden y el resto, que a estas alturas es sólo Bernie Sanders, la próxima estación será el 10 de marzo, cuando decidirán Misisipi, Misuri, Dakota del Norte, Washington, Idaho y -sobre todo- Michigan. Esta región, asomada a la frontera con Canadá, patria de la industria y hogar del automóvil, fue uno de los tres Estados clave en las últimas elecciones presidenciales. Trump ganó allí en 2016. Este año, Michigan tiene todo el aspecto de que volverá a resultar clave. De ahí que los cañones de la campaña ya estén orientados a conquistarlo.

Lo cierto es que 2020 cada vez tiene más aspecto de 2016. En aquella ocasión, la favorita del partido (Hillary Clinton) peleó hasta el final, y ganó; frente a la insurgencia del ala izquierda, galvanizada por el senador independiente por Vermont, Bernie Sanders.

Cuatro años más tarde -después de una traumática primera legislatura a manos de Trump- Biden parece encarnar a la vieja Hillary, y Sanders sigue donde solía. Como cabeza de la rebelión y gran alternativa al discurso de unos demócratas que algunos consideran esclerotizado. En opinión de Sanders, el levantamiento de unas clases medias empobrecidas por la revolución mundial del comercio y el auge de la economía financiera, obliga a dar respuestas de nuevo cuño. Cuando le acusan de estar en los sesenta, él responde que en realidad son sus críticos los que no entienden el mundo que viene. Reivindicar las recetas del ex presidente Bill Clinton, como si esto fuera 1994, incluso reclamarse heredero del discurso de Barack Obama en 2008, no hace sino potenciar las fortalezas del Trump más proteccionista, nacionalista y nativista.

Porque Trump -sostienen los hombres de Sanders- será todo lo zafio y autoritario que algunos quieran, pero al menos habría propuesto un relato alternativo al de las élites demócratas y republicanas. Frente a los desajustes globalizadores, aranceles, populismo punitivo, nacionalismo y un enemigo interno, las élites intelectuales, la Prensa y los políticos profesionales.

Sanders, entretanto, contra las convulsiones provocadas por la deslocalización de las empresas o la emergencia climática, ofrece populismo socialista, obrerismo retro y, por supuesto, un enemigo interno, Wall Street, que viene a representar el papel de la casta financiera.

La matemática está clara. Biden tiene 664 delegados. Bernie Sanders, 573. Y Tulsi Gabbard, en calidad de búcaro ornamental, 2. El resto de los aspirantes yacen en el sumidero. Han abandonado en la última semana. La senadora Elizabeth Warren tiró la toalla el jueves, cuando reunía apenas 64 delegados. Falta por saber qué hará con su apoyo, tan cotizado. ¿Biden o Sanders? ¿Será fiel a su credo izquierdista? ¿Apoyará a Biden para coquetear con una hipotética vicepresidencia?

Michael Bloomberg, que gastó 500 millones de dólares de su propio bolsillo en anuncios y los quemó en dos debates para olvidar, cayó con 61. Pete Buttigieg, gran sorpresa en la catástrofe logística de Iowa y primer hombre abiertamente gay en postularse a la Casa Blanca, renunció con 26. La senadora por Minesota, Amy Klobuchar, con 7. Y atención, no son solo Buttigieg y Klobuchar los que le apoyan. Alexandria Ocasio-Cortez -estrella indiscutible entre los demócratas más de izquierdas- ha explicado en una entrevista que apoyará a Biden si es finalmente elegido candidato. Añadió que le preocupan aquellos que, dicen, habrían prometido que no apoyarán a Sanders si fuera él el ganador de las primarias. Para Cortez, estas elecciones son más importantes que cualquier otra cosa, incluida las afinidades ideológicas con el hombre que gane en la carrera fratricida de las primarias. Objetivo, parar a Trump. El resto, incluida la revolución, puede esperar.

Biden, entretanto, guiña el ojo a Cortez y otros, por radicales que sean las distancias. «Ya es hora», ha escrito en su cuenta de Twitter, «de que restauremos la gran clase media estadounidense, y esta vez asegurémonos de que todos tengan la oportunidad de sumarse. Y esto empieza logrando que 15 dólares al día sea el salario mínimo en todo el país».