Historia

Dígame de qué equipo es y le diré a quién vota

«Futbolítica», de Ramon Usall, defiende que no hay ningún episodio histórico contemporáneo que no se vea reflejado en la trayectoria de un club de fútbol

Las gradas del Camp Nou se olvidan del fútbol cuando el reloj marca el minuto 17:14 de cada partido para gritar por la independencia
Las gradas del Camp Nou se olvidan del fútbol cuando el reloj marca el minuto 17:14 de cada partido para gritar por la independencia FOTO: Alberto Estévez EFE

Fútbol, ese deporte de bárbaros que la leyenda cuenta que se creó en un bar junto al rugby: los caballeros optaron por la pelotita ovalada y los macarras, los «hooligans», se fueron a partirse las piernas once contra once. Pero, lejos de mitos y desde que naciera en la Inglaterra gris e industrial de la segunda mitad del siglo XIX, el balompié es mucho más que una batalla de testosterona. «Los clubes se convirtieron en algo más que simples entidades deportivas», dice Ramon Usall en «Futbolítica» (Altamarea). El carácter colectivo de la práctica de este deporte ayudó a reforzar la identidad comunitaria de unos clubes que asumieron la representación de una determinada ideología política y la exportaron incluso fuera de la ciudad, del barrio, del centro educativo, de la parroquia y de los simpatizantes. Los partidos se convertían en la reafirmación de unos valores que con el tiempo han derivado en que esta afición sea un fenómeno global y que los clubes adquieran «la condición de portavoces de una comunidad», explica el autor.

Tanto ha sido el peso del fútbol en la historia contemporánea que los hay que hasta han magnificado su importancia con un análisis que asegura que el inicio de la Transición lo marcaron los goles de Asensi (dos), Juan Carlos, Cruyff y Sotil. Fueron los protagonistas del 0-5 del Barcelona al Madrid en el mismísimo Bernabéu el 17 de febrero de 1974, con Francisco Franco ya en el tiempo de descuento. Esas desmesuradas teorías marcan el cambio dentro de este deporte a nivel estatal, pero también en el rumbo del país. Sin embargo, Usall huye de estos tremendismos y los tacha de «interpretaciones exageradas», aunque sí aprovecha para defender que «el simbolismo de los equipos es tan grande que una mirada a su historia nos permite repasar la mayoría de los acontecimientos que han marcado la época contemporánea». Es más, no hay dictador que se precie que no haya utilizado un club de fútbol como elemento propagandístico: lo hizo Franco con el Real Madrid que reinaba en Europa; Salazar con el Benfica y su estrella Eusebio, representante del Portugal imperial que quería; Benito Mussolini con la «squadra azzurra», ejemplo de un país triunfador; Ceaucescu en Rumanía, poniendo a su hijo Valentin al frente del Steaua de Bucarest (primer club del Este en levantar la Copa de Europa); o Pinochet, que recuperó el «pan y circo» romano a través del Colo-Colo y varias entidades creadas para evitar la conflictividad social. Pero, igual que los mandatarios supieron ver la fuerza del deporte rey, la oposición también se ha servido de este para cuestionar al propio poder. Así, el Estado Novo de Salazar encontró su contrapeso dentro de un campo de fútbol cuando el Académica Coimbra, un club fundado por estudiantes, protagonizó la más sonada protesta contra la falta de libertades durante la Copa Portuguesa de 1969.

De manera que Usall hace un repaso por equipos de todos los continentes en el que llega a la conclusión de que tanto el Fútbol Club Barcelona como el Real Madrid «son menos singulares de lo que a priori parecen»: «Prácticamente todas las regiones del planeta donde hay conflictos de carácter territorial tienen su Madrid o su Barça. Sin ir más lejos, en casi todas las naciones sin Estado del mundo existen entidades que han asumido el papel de representar deportivamente a su comunidad». Lo hace el Athletic de Bilbao en el País Vasco, con una singular política de contratación que pretende reafirmar su identidad; el Sporting Club de Bastia, en Córcega, cuyos éxitos principales coincidieron con el auge del movimiento nacionalista; los Celtic de Glasgow y de Belfast, representando a la comunidad republicana irlandesa; el Al-Wehdat, nacido en los campos de refugiados de Jordania y que se convirtió en la voz futbolística de Palestina; el Dinamo de Zagreb o el Hajduk de Split en la Croacia integrada en la Yugoslavia federal...

Los clubes han asumido, en todo tipo de lugares y circunstancias, el rol de representantes de las aspiraciones de las sociedades a las que pertenecen. Incluso más allá de identidades nacionalistas. Es el caso del Sochaux, primer club profesional francés, nacido bajo el paraguas de la principal fábrica de la localidad, Peugeot, que pretendía así fomentar la identificación de sus obreros con la imagen de la empresa. O instituciones que han hecho de su adscripción social un elemento clave de supervivencia, como sería el caso del Racing Club de Lens, en la región minera del norte de Francia, y del Rayo Vallecano y el modesto Atlético Baleares, ligados a la clase trabajadora. Sin embargo Usall advierte: «Es posible que echéis de menos algunos equipos que seguramente deberían formar parte de esta lista, como pueden ser el popular Sankt Pauli, convertido en símbolo antifascista de carácter internacional, o el Rayo. La razón que nos ha llevado a no incluirlos es optar por historias quizá un poco menos conocidas».

Sí encuentran acomodo los tres grandes de nuestro país, Madrid, Barça y Atlético de Madrid. Respecto a este último, «Futbolítica» afirma que, pese a su identificación como «club del régimen» de Franco al inicio de la posguerra por su condición militar y por lograr de forma consecutiva las dos primeras ligas franquistas, terminó abrazando el papel de «pupas» para «construir una imagen del Atlético como club popular en contraposición a su eterno rival, un Real Madrid triunfador sobre los terrenos de juego y estrechamente asociado a los estamentos del poder». Una condición que recientemente se ha potenciado tras perder dos finales de Champions ante el Madrid: «El mismo Simeone, que estuvo a punto de romper con esta tradición del “pupas”, reivindicó la condición de “equipo del pueblo”», comenta el autor de un «club con mil caras».

Más clara ha estado siempre la identificación del Madrid con el régimen por esa utilización que se hizo desde el Pardo de los éxitos de los blancos. Aunque eso no significa que el club no tenga un pasado distinto. Así lo muestra la franja morada que el escudo adoptó en tiempos de la Segunda República, cuando también se le «cayó» la corona real que le había otorgado Alfonso XIII. Seis décadas se mantendría este color en la insignia del club, hasta que en 2001 fue sustituido por el azul. Aun así, hay un pasado muy lejos del Caudillo que permanece oculto en la historia del club: Antonio Ortega Gutiérrez, militar comunista que asumió la presidencia del club en los tiempos de la Guerra Civil y que Usall define como «el gran olvidado de la historia madridista. Un presidente que murió ejecutado por garrote vil y al que el actual Real Madrid no dedica ni una triste mención en su museo, que, por el contrario, recoge una pomposa hagiografía de Santiago Bernabéu, casi como si la historia del club se iniciara con el militar franquista voluntario que participó como caporal en la ocupación de Cataluña».

Por su parte, el Barcelona aparece en «Futbolítica» como ejemplo de «actor político que ha expresado los anhelos de la comunidad catalana: desde la reivindicación autonomista en los años de la Mancomunidad hasta el papel simbólico que tuvo durante el franquismo, pasando por los silbidos a la Marcha Real como mecanismo de protesta contra la dictadura de Primo de Rivera». Manuel Vázquez Montalbán, intelectual barcelonés del siglo XX, se catalogaba a sí mismo como «periodista, novelista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humorista, crítico, gastrónomo, culé y prolífico en general» y se distinguió tanto por su militancia comunista y antifranquista como por su apasionado barcelonismo, definiendo al club de sus amores como «el ejército desarmado de un país con la identidad aplastada». Metáfora que Usall vuelve a tildar de «exagerada».

El mensaje caló tan hondo que Sir Bobby Robson, entrenador inglés del equipo a finales de los años 90, llegó a asegurar que «Cataluña es un país y el Barça su ejército (...) Cada vez que jugábamos en España era una batalla, ya que estábamos representando a Cataluña». Y es que el primer episodio que une al club de la Ciudad Condal con la causa catalanista data de 1908, cuando se aprueba una de las principales finalidades de la institución: «La promoción y la participación en las actividades sociales, culturales, artísticas, científicas o recreativas necesarias para mantener la representatividad y la proyección pública del club fruto de una tradición permanente de fidelidad y servicio a los socios, a los ciudadanos y a Cataluña». A partir de ahí comenzaría la dualidad entre el deporte y la política que ha tenido varios momentos de tensión entre club y Estado. Incluso «Marca», creado en 1938 en territorio bajo control franquista, llegó a proponer «que el Barça, como castigo por su catalanismo, pasara a ser bautizado con el nombre de “España”», expone Usall de una idea que nunca llegó a materializarse, «pero que pone de manifiesto la aversión que la catalanidad del club despertaba entre los sectores que apoyaban al nuevo régimen». Todavía hoy vive sus momentos más álgidos en el minuto 17:14 de cada partido que se juega en el Camp Nou, por coincidir ese momento del encuentro con la fecha de los «mártires catalanes».

  • «Futbolítica» (Altamarea), de Ramón Usall, 320 páginas, 19,90 euros.