Cuando hablábamos en latín

El bachillerato que prepara el Gobierno pretende reducir la historia antigua y regatear a los estudiantes un pasado en que nuestro país dio a Roma productos, escritores y emperadores

Seneca
Seneca FOTO: La Razón La Razón

Con la llegada a las costas de la Península Ibérica de pueblos colonizadores procedentes del Mediterráneo oriental (fenicios y griegos), se inició un proceso de intercambios materiales y culturales en los territorios occidentales frecuentados por estos navegantes que acabaron provocando una profunda transformación de su mapa político, económico y social. Este secular proceso afectó especialmente a las sociedades autóctonas, las cuales, a pesar de su imagen de fragmentación tribal, no dejaron por ello de desarrollar una civilización propia y de largo alcance territorial, cuyo elevado nivel puede apreciarse gracias a los múltiples testimonios escritos y restos arqueológicos: elaboración y manufactura metalúrgica, producción artesanal, arte, urbanismo, uso de la escritura, compleja estructura social, etc.

Posteriormente, con la aparición en escena de los cartagineses en el último tercio del siglo III a.C., la Península Ibérica quedó insertada de golpe en el centro de la política mediterránea, convertida sin saberlo en la manzana de la discordia entre las grandes potencias de la época: Cartago y Roma. Atraídos por los múltiples recursos del país, los romanos no tardarán en disputar a los cartagineses sus recién adquiridas posesiones. La Segunda Guerra Púnica, la primera confrontación bélica de gran escala librada por pueblos foráneos en litigio por el control de las ubérrimas regiones hispanas, cambiará de repente su orientación y destino.

La intervención de Roma llevará finalmente a la conquista del territorio hispano, materializándose por vez primera la unidad política de las diferentes etnias diseminadas por toda la geografía peninsular bajo la administración de una potencia exterior. Mediante la incipiente presencia masiva de romanos e itálicos en Hispania se fomentará la integración de sus dispares territorios en una mancomunidad política, económica, social y religiosa denominada Imperio romano. Ningún otro pueblo foráneo conseguirá influir de manera tan persistente y decisiva sobre los destinos del país y de sus habitantes. La romanización, capaz de recubrir eficazmente las peculiaridades autóctonas –sin llegar a suplantarlas– y de sentar las bases de una nueva identidad hispanorromana, suscitará rechazos y adhesiones a la vez y se configurará como el principal agente de transformación política, religiosa, económica y social. Durante la secular dominación romana, Hispania, tanto por voluntad propia como por presión ajena, se convertirá en uno de los más sólidos soportes del Estado romano, tanto de la República primero como del Imperio con posterioridad. Sus múltiples aportaciones especialmente visibles en el área de los intercambios económicos (metales, cultivos agrícolas, salazones, etc.) pero de forma más espectacular si cabe en el campo de las letras (Mela, Séneca, Lucano, Marcial, Columela, Quintiliano), la política (Balbo, Trajano, Adriano, Teodosio) o la religión (Osio, Dámaso, Prisciliano) contribuirán a reducir las distancias entre el centro y la periferia, al tiempo que estrecharán los vínculos entre las elites provinciales y la Urbe.

La cristianización pondrá de relieve la profunda inserción de Hispania en el ámbito religioso del Imperio y determinará el camino a recorrer por la sociedad hispanorromana en su trayectoria final. En la época de transición de la Antigüedad al Medievo, la Península Ibérica, cuya unidad se desgarra con motivo de las invasiones germánicas, aparece como un territorio culturalmente romano, entre la integración dentro del incipiente marco político europeo creado por los pueblos germánicos y la marginación de partes significativas de su población. Esta, que habita mayoritariamente en el medio rural, habla (con excepción de los vascones) una lengua basada fundamentalmente en el latín. En las ciudades, las huellas del pasado romano permanecen vivas y prolongan las señas de continuidad e identidad dentro de un mundo sujeto a profundas crisis y transformaciones. Por otra parte, persiste un cúmulo de diferencias regionales determinadas por factores naturales o por la geografía política y humana, niveladas durante algún tiempo, pero que nunca lograrán ser superadas definitivamente. Unidad y multiplicidad: este lema puede emplearse desde un principio como motivo principal para analizar la Península Ibérica en la Antigüedad, condicionada por la decisiva influencia secular de Roma en la mayor parte de su territorio.

En fin, la relevancia de nuestra Hispania antigua es extraordinaria, como afirmaba ya Plinio (NH 34, 203): «(Tras Italia), y a excepción de la fabulosa India, he de colocar a Hispania con sus regiones bañadas por el mar, en verdad, aunque tiene tierras secas, allí donde el suelo es fértil produce en abundancia cereales, aceite, vino, caballos y metales de todo género, productos en los que es igualada por la Galia, pero Hispania la supera por el esparto de sus regiones áridas, por la piedra especular, por la belleza de sus pigmentos, por su ardor para el trabajo, por la actividad de sus gentes y por su resistencia física y por el ímpetu de su corazón». ¿Podemos ignorar el elogio de Plinio? El estudio de este brillante pasado nuestro en bachillerato no puede quedar de lado, como pretende la reforma que, según ha trascendido, prepara el gobierno.