Internacional

Bolivia, un Estado al borde de la ruptura

La huida de Evo Morales ha alimentado el enfrentamiento social y político que define el final de su mandato. Mientras, la violencia en puntos como Cochabamba –con ocho muertos el pasado viernes– amenaza la incipiente transición

Pese la intensa lluvia, una marea roja aguantaba la vigilia en la Plaza de San Francisco, en la Paz. Su gritos resuenan en mitad de los truenos frente a la Iglesia: «Ahora sí, guerra civil». Son los temidos «ponchos rojos», una especie de milicia aymara que ha librado mil batallas y que, ahora, parece dispuesta a aguantar en la capital hasta que vuelva el depuesto presidente Evo Morales.

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Es una de las fotografías de una ciudad y de un país divididos, polarizados, partiéndose, donde la presión en las calles no cede desde la renuncia de Evo, el domingo pasado. Prueba de ello es la presencia de este grupo, que acampa de forma amenazante en el centro neurálgico de la ciudad. Sumergido en la crisis latente, en la grieta que se abre, convirtiéndose poco a poco en abismo.

Los «Ponchos» son originarios de Achacachi, la capital de Omasuyos, a menos de un centenar de kilómetros de La Paz, sorteado el majestuoso lago Titicaca, uno de los escenarios más feroces de los enfrentamientos contra el ex presidente Sánchez e Lozada. En ese lugar, en la entrada, hay una estatua de Túpac Katari, líder aymara que en el siglo XVIII se levantó contra la presencia española en el Alto Perú. Hoy continúan exponiendo aquella conquista como el motor de su indignación.

Pese a recelos del pasado hablan sin rencor a LA RAZÓN. Aseguran que la prensa local no está emitiendo información y que, por tanto, cualquier medio internacional es bienvenido, «una ventana al mundo». Nos acercamos a un grupo de mujeres que llevan polleras coyas, de color azul. No hay niños. Comen chicharrón y papas cocidas bien regados por chicha. Hemos acudido a la llamada de nuestros hermanos, maridos –los ponchos rojos– se cuentan a miles. Todavía faltan más por llegar. Y si hace falta les acompañaremos en la lucha».

No vemos armas, aunque aseguran que «las tenemos en un refugio franco. Viejos fusiles que todavía funcionan. Pólvora no faltará, los compañeros mineros nos proveerán». Cocaleros de los Yungas y Cochabamba junto los mineros de Potosí y los hombres de rojo forman «un temible ejército de ataque», dicen. Además sus tácticas son lentas, de asedio, propias por momentos de cuando la conquistadores españoles los cercaban en aldeas del Amazonas o el altiplano. Es difícil moverse por el país sin gas, petróleo y suministros. Los bloqueos están arrinconando al nuevo Gobierno, creando «un embudo» que o se destapa, o acabará «estallando».

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En medio esta creciente tensión, el Ejecutivo de Jeanine Áñez –quien ha asumido de forma interina el poder– anunció, presionada , una mesa de diálogo con el Movimiento al Socialismo (MAS), que cuenta con dos tercios en el Congreso. Una de las condiciones del MAS para desmovilizar a las organizaciones sociales afines a Evo Morales es que no exista «persecución política» y el regreso de Morales a Bolivia. Sin embargo, Áñez ya ha confirmado que ni Evo ni el ex vicepresidente Álvaro García Linera, ambos en el exilio en México, podrán volver a ocupar cargos públicos. De hecho, deberían ser perseguidos en su regreso, por fraude. Evo por su parte insistió ayer en que Estados Unidos está detrás del golpe y que incluso le ofreció un avión para huir a cualquier país.

Y mientras se busca una salida política a la crisis los enfrentamientos marcan una agenda muy distinta, que puede dar al traste con la frágil transición. La última tragedia se produjo en la madrugada de ayer cuando una marcha de cocacoleros fue ferozmente reprimida por la Policía y las Fuerzas Armadas en Sacaba, muy cerca de Cochabamba, con un saldo de ocho muertos. Desde que comenzaron las protestas ya han fallecido 20 personas, además de cientos de heridos. No es el único punto conflictivo. Miles de personas volvieron a bajar desde la vecina ciudad de El Alto, convertida en el segundo gran bastión del ex presidente, después de la zona cocalera del Chapare.

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Además, por la noche, no es fácil andar por el centro de calles empedradas. Los saqueadores aparecen como hienas, la luna los atrae confundiéndose con manifestantes. En los establecimientos y las casas echan la cortina.

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Pero al margen de ese escenario, existe otro universo aparte, el sur de la ciudad. Avenidas como la Ave Costanera, donde puedes encontrar restaurantes fundados por el empresario danés Claus Meyer cofundador del restaurante Noma en Copenhague, al que se le reconocen dos estrellas Michelin. Cada comensal paga cien dólares como mínimo. Las casas tienen jardín y verjas de espino inalcanzables. Los coches son de alta gama, preferiblemente todoterrenos de color gris. Los rasgos indigenistas se desvanecen entre ojos azules y cabellos rubios. Norma nos recibe en su departamento. Contrata a cinco chicas, a cargo del hogar y varios guardias que no alzan la mirada mientras cruzamos. Un pastor alemán ladra desde la piscina. Enseña los colmillos protegiendo su territorio. «Solo espero que Áñez tome decisiones rápidas, porque si no es valorada a nivel internacional, no tendrá legitimidad. El presidente Evo se estaba convirtiendo en un caudillo controlando medios e instituciones. Aferrándose al poder incluso después de que en consulta popular –referéndum–, la gente le dijera que no podía volver a presentarse. Aparte, huyó como un cobarde e hizo fraude en las elecciones amañando los resultados para no enfrentarse en segunda vuelta a Carlos Mesa. Debería estar preso», afirma.

En las inmediaciones del barrio de Chasquipampa, también en La Paz, se levantan montañas de humo. Sigue siendo «el reino del Sur». Es un barrio de clase media, con casas de ladrillo desnudo desde donde los estudiantes se enfrentaron durante las fraudulentas elecciones al «Imperio» de Evo. Daniel, con pasamontañas y gorra, exclama: «Nosotros también somos indígenas, tanto como ellos, aunque no seamos campesinos. En la selva, en zonas como el Chapare, los engañan, caudillos que amenazan con quitarles las tierras si no hincan sus rodillas en el barro, puro fango. Es un Gobierno corrupto que no volverá. El Estado o es ausente o autoritario en las zonas remotas. No hay golpe porque el Ejército no actuó. Evo no es un asilado político. Vino un avión cinco estrellas a por él. Otro tema es el aumento del narco. Está blindado».

El Alto, un mundo aparte

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Para subir El Alto solo hay que tomar uno de teleféricos que atraviesan la ciudad. Desde las alturas parece un mundo aparte. Casas de colores, toldos blanquecinos que se agolpan en el cerro. Todavía puedes ver numerosas trincheras ardiendo. El tráfico es infernal, varias camionetas se cruzan con todo tipo de animales. Es como volver a otra época.

Allí Dorado, un carnicero, degüella una llama. La despedaza en varios trozos hasta sacar los famosos medallones, uno de los platos más exquisitos. La sangre no parece irritar a nadie, es un acto cotidiano. Carne. “Por ahora seguimos trabajando pero muchos queremos que vuelva la normalidad, el país está paralizado, hay una especie de vacío de poder” explica.

A pocos metros en el mismo mercado una mujer de avanzada edad masca coca, vende fetos de sapos y caballitos de mar. Parecen disecados. Sus dientes verdecidos, teñidos por la planta, muestran una amplia sonrisa. “¿Los bichos? Son para enterrarlos, ofrecerlos a la Pachamama, la madre tierra”, dice. Yo hace tiempo no pido por Evo, perdió el norte, pero en El Alto no es fácil levantar la voz en su contra”, añade.

Enfrente se encuentra el famoso ring donde entrenan “las cholitas luchadoras”. Es uno de los espectáculos más visitados por turistas y locales. Aunque por ahora no van a abrir al público -hasta que las cosas se calmen-, pero siguen entrenando. Romina, apodada “La Damisela”, se lanza contra las cuerdas para acabar estrangulando a su compañera. Es una lucha libre solo apta para mujeres de trenzas negras y pollera.

“Es verdad que con Evo hubo una especie de empoderamiento de la mujer, pero Bolivia sigue siendo uno de los países con más violencia de género. Tampoco se atrevió a prohibir el trabajo infantil, o legalizar los matrimonios. Sin embargo lo prefiero a Áñez. Es una racista que representa a las clases represoras, aquellos que nos escupían como bestias”, sentencia.