Cultura

Cómo seducir a un nazi para matarlo y sobrevivir en la Resistencia

Judy Batalion bucea en las desconocidas vidas de varias luchadoras de los guetos polacos para rescatar en un libro, «Hijas de la Resistencia», todas sus historias

Fotografía de una de las detenciones en el gueto de Varsovia (Polonia), en 1943
Fotografía de una de las detenciones en el gueto de Varsovia (Polonia), en 1943 FOTO: WWII War Crimes Records

La historia judía está llena de desvalidos que vencen: David y Goliat, los esclavos israelitas que desafiaron al faraón o los hermanos macabeos que derrotaron al Imperio griego. Pero esta historia es diferente. La resistencia judía en Polonia obtuvo victorias relativamente minúsculas en términos de éxito militar, bajas nazis y número de objetivos salvados, aunque su esfuerzo por resistir fue mayor y más organizado de lo que nunca se podría haber imaginado, y colosal en comparación con el relato con el que creció Judy Batalion, autora de Hijas de la Resistencia (Seix Barral), fruto de doce años de investigación.

Imagen de Renia Kulkielka (mensajera del movimiento juvenil Libertad de Bedzin) en Budapest, en 1944
Imagen de Renia Kulkielka (mensajera del movimiento juvenil Libertad de Bedzin) en Budapest, en 1944 FOTO: Merav Waldman

Nunca había escuchado nada sobre los grupos clandestinos de judíos armados que actuaron en más de noventa guetos de Europa del Este; ni de la lucha en, al menos, cinco campos de concentración y exterminio (entre ellos, Auschwitz, Treblinka y Sobibor), así como en 18 campos de trabajos forzados; ni de los 30.000 judíos de los destacamentos de partisanos en los bosques... «¿Por qué nunca había oído nada de esas historias?», se preguntó la escritora tras darse de bruces con un título, Freuen in di Ghettos (Nueva York, 1946), en la Biblioteca Británica de Londres. Era 2007 y Batalion buscaba saciar una cuestión sobre la identidad femenina judía y el legado de un trauma que había pasado de generación en generación. A principios de los 2000, con «veintipocos años», explica, vivía en Londres, donde trabajaba como historiadora del arte y, por las noches, como humorista. «En ambas esferas mi identidad judía se volvió un problema. Los comentarios jocosos sobre mi aspecto y mis gestos semíticos eran habituales entre los académicos, galeristas, espectadores, colegas artistas y productores por igual (...) Para los británicos resultaba chocante que llevara de una forma tan abierta mi condición de judía». Todo lo contrario a la comunidad en la que creció en Canadá y de su experiencia en la universidad al nordeste de EE UU. Allí «mis orígenes no causaban extrañeza», comenta.

Recurrió, dice, «al arte y a la investigación con la esperanza de que me ayudara a resolver» las dudas. Y así fue como llegó, con Hannah Senesh como heroína de cabecera –«mi modelo de coraje femenino»–, a Freuen in di Ghettos: una antología de 185 páginas entre las que se encontraba su referente, esa joven húngara que emigró a Palestina en 1939 y regresó a Europa para luchar por los aliados, y que fue capturada, torturada y ejecutada. Pero en aquel texto también aparecían otras muchas jóvenes judías desconocidas que habían pertenecido a la Resistencia contra los nazis, principalmente, dentro de los guetos de Polonia. «Esperaba encontrar un luto aburrido y vagas discusiones talmúdicas sobre la fuerza y el valor de las mujeres. Pero di con mujeres, sabotaje, rifles, disfraz, dinamita... Había descubierto un thriller», afirma la autora. Eran «chicas de los guetos», Hijas de la Resistencia, que sobornaron a guardias de la Gestapo, escondieron pistolas en barras de pan y ayudaron a construir búnkeres subterráneos. También coquetearon con nazis a los que compraron vino, güisqui y pastelillos y, ya luego, discretamente, los mataban de un tiro. Llevaron a cabo misiones para Moscú, repartieron documentos de identidad falsos y contribuyeron a divulgar la verdad sobre lo que les estaba pasando a los judíos. Ayudaron a enfermos y dieron clases a niños. Volaron líneas ferroviarias. Se vestían como si no fueran judías. Hicieron lo que fuera necesario.

Sin embargo, todas esas acciones de «furia y fortaleza» eran algo muy diferente a lo que la escritora canadiense había conocido en su propia casa. Sus orígenes también están en los supervivientes (y víctimas) del Holocausto judío polaco. Aquellos capítulos «trastocaron mi propia historia». Su «bobeh» Zelda tenía un exitoso, pero trágico pasado de huida. No luchó en la Resistencia, pero cruzó ríos a nado, esquivó a los nazis entre flirteos y conventos e incluso salvó la vida al cruzar la frontera rusa (por mucho que allí tuviera que trabajar en campos forzosos de Siberia). «Era fuerte como un toro», destaca. Pero aquella historia estaba impregnada de sufrimiento, «como las de los vecinos de mi comunidad».

Por otro lado, los estudiosos del Holocausto han debatido sobre qué es un acto de resistencia judía: ¿cualquier acto que afirmaba la humanidad de un judío y cualquier acción que desafió a la ideología nazi? ¿O, quizá, convenga distinguir entre «resistencia» y «resiliencia»? En «Hijas de la Resistencia» se cubre todo el espectro, desde los actos que implicaban una planificación compleja, como hacer estallar grandes cantidades de TNT, hasta los que eran tan espontáneos y simples «como una comedia de tortazos y persecuciones, y que implicaban disfrazarse, emperifollarse, morder, y arañar o escabullirse de los brazos de los nazis». Para muchas, el objetivo era rescatar judíos; para otras, morir y dejar un legado de dignidad. Y, para ello, hicieron de tripas corazón. «No podíamos llorar de verdad, sentir dolor de verdad o conectarnos con nuestros sentimientos de verdad», afirmaba Chasia Bielicka, mensajera de la Resistencia, de esas conversaciones antisemitas en las que se veían obligadas a participar dentro de su «papel» y mientras mantenían el rictus de felicidad.

De primera mano lo supo Renia Kukielka, personaje clave del libro. Fue una de las pocas que pudo escapar y, junto a su hermana Sarah, también hizo de mensajera. Sus memorias (1945) son un raro testimonio de las motivaciones de las mujeres, su ingenio para sobrevivir, su lealtad y las pérdidas que sufrieron: cuando los nazis invadieron su ciudad natal, Bedzin, en 1939, la familia Kukielka huyó a la cercana Jedrzejów, donde más tarde fueron forzados a vivir en un gueto. Pero gracias a su «apariencia polaca» y a su hablar fluido, Renia pudo adquirir documentos falsos y regresar a Bedzin, donde se unió a la Resistencia, a un «nuevo tipo de vida familiar para ayudar a las que habían sido destruidos».

  • «Hijas de la Resistencia» (Seix Barral), de Judy Batalion, 696 páginas, 24 euros.
La camarada de Libertad Frumka Plotnicka (segunda por la derecha) en Bialystok (1938)
La camarada de Libertad Frumka Plotnicka (segunda por la derecha) en Bialystok (1938) FOTO: Ghetto Fighters' House Museum

POR LAS QUE NO SOBREVIVIERON

Para Judy Batalion, este libro era un deber «por las mujeres que no sobrevivieron». Asegura la canadiense que se sintió «como la nieta que no podían tener» y que se vio en la obligación de contar al mundo las aventuras de, entre otras, Frumka Plotnicka, líder en Varsovia y Bedzin que murió disparando a los nazis desde un búnker. «Si no lo hago yo, ¿quién lo hará? ¿Quién va a encontrar estos fragmentos aleatorios sobre ella en yiddish y contárselo al mundo?», se pregunta una Batalion empeñada en la importancia de transmitir que no fueron tres mujeres las que hicieron esto: «Fueron cientos de jóvenes judías involucradas en la Resistencia organizada. Hay que mostrar el alcance de la historia y las diferentes formas en que las mujeres estaban involucradas».