Mucho teatro y poca fiesta

Aunque con aforos reducidos, los festivales veraniegos han logrado recuperar la vieja normalidad encima de los escenarios. Aunque hay una cosa que se echa en falta: la comunión entre público y actores por las noches

Imagen de «Pasión por el teatro», un homenaje a Plácido Núñez, hostelero de Almagro
Imagen de «Pasión por el teatro», un homenaje a Plácido Núñez, hostelero de AlmagroPablo LorenteFestival de Almagro

Que en España no necesitamos grandes motivos para festejar se sabe aquí y en la Cochinchina. «Hay que celebrar cada pincho de tortilla y cada café que nos tomemos», decía recientemente María León en una entrevista en este periódico. Y probablemente no le falte una pizca de razón. Después de meses y meses pandémicos penando, hay ganas de celebrar el final de la bicha; la vuelta de la tediosa rutina; regresar a esa vieja normalidad con la que ahora fantasea hasta quien entonces soñaba con dar un giro radical a su vida; quitarnos las mascarillas de verdad, no por impulsos partidistas, sino por falta de necesidad; dejarnos de PCR, antígenos, pasaportes Covid y tomas de temperatura; poder meternos en un mogollón con cientos de personas desconocidas sin que nos cause rechazo o entrar en una discoteca y no mirar con quien; no tener más preocupaciones que las justas...

Pero, mientras todo eso llega, nos toca asumir la realidad o contentarnos con pequeñas píldoras de felicidad que hacen de puente hasta que en un futuro día D nos digan que, ya sí, todo fue una fatídica pesadilla de carne y hueso. Uno de esos comprimidos de analgésico es el arte, por supuesto. Suplemento vitamínico desde el día uno de encierro y termómetro de la recuperación durante el resto de los días. Cultura ha habido por todas partes: salas de cine, librerías, conciertos descafeinados y conciertos-laboratorio, exposiciones, también en nuestros salones, claro, y en teatros y festivales escénicos.

Si bien en 2020 se sacaron adelante las citas sobre las tablas como buenamente se pudo, y con mucha dignidad, después de descartar los planes A, B, C, D..., en este verano se ha comprobado por toda la geografía aquel lema de que la «cultura es segura». Los brotes dentro de las salas brillan por su ausencia y las funciones han salido adelante sin apenas contratiempos.

Una suspensión por contacto en Clásicos en Alcalá, «Lope y sus Doroteas» (de los Amestoy, Ignacio y Ainhoa, que se desquitaron más tarde en Almagro), otra por positivo en el Grec, «Transverse Orientation» (donde Papaioannou apenas pudo presentarse tras un positivo en la compañía) y poco más. «Aquí hemos sacado todo adelante», comentan desde Almagro después de cerrar el pasado domingo su mes de «reserva del teatro del Siglo de Oro», que le gusta decir a su director, Ignacio García. También en Ribadavia (Mostra Internacional de Teatro) terminaban este fin de semana sin contratiempos: «Aforo completo y sin cancelaciones, hemos tenido mucha suerte».

Amanecer en la Plaza Mayor de Almagro, centro del festival, aunque todavía sin la marcha prepandémica FOTO: Pablo Lorente Festival de Almagro

Dos citas importantes del panorama nacional, como también lo son Mérida, Olite, Peñíscola, Olmedo, Cáceres, los citados Grec y Alcalá y demás. Decenas de festivales por todo el territorio que han recuperado muy buena parte del pulso de 2019. Mascarillas y geles por doquier, también distancias de seguridad y aforos limitados, pero la sensación dentro de los foros era muy similar: el teatro ha superado la pandemia, al menos, artísticamente. Otro tema ya es la agonía económica de más de una, de dos y de tres compañías.

Y otro debate muy diferente es el de todo eso que la pandemia nos arrebató/cambió. Si bien las tablas, como decíamos, han experimentado esa recuperación en «V» que nos vendieron hace un año, todo lo que rodea a estas citas veraniegas sí que se ha visto trastocado. Miente el que diga que los festivales de teatro son solo para empacharse de una función detrás de otra. Por supuesto que este es el motor de todo, pero también es una excusa para celebrar. No habría muestras escénicas sin jarana o, por lo menos, se alejarían del pueblo y serían solo para eruditos y programadores.

El Festival de Almagro no sería lo que es si no fuera por garitos como el ya extinto Urgencias, donde se cerraba la noche manchega y se abría la mañana del día siguiente, o por El Gordo y El Marqués, dos de los bares de la Plaza Mayor en los que matar los ratos libres y, sobre todo, adonde acudir después del último telón a eso de la una de la mañana. Ahora ese tercer tiempo está en «stand by». O te llevas el bocata de casa o es imposible empalmar la función vespertina con la nocturna y, luego, cenar y festejar. «Qué pena que no podamos disfrutar de las terrazas después de la obra», lamentaba Roberto Pascual durante la MIT de Ribadavia que dirige. Allí tampoco fue posible el cachondeo en el Tubular, un bar con una terraza junto al río Avia que invita a quedarse hasta las mil. Mérida no es una excepción, los cócteles post clásicos en las bambalinas del Teatro Romano quedaron en el olvido y las copas de después hay que tomarlas con el freno de mano echado. En Olmedo, un cambio en la normativa días antes del inicio del festival (que llevaba 24 meses ausente) ha hecho que los vecinos no tengan muy claro qué pueden y qué no pueden hacer.

Pero todo esto tiene otra lectura. Igual que aprendimos a juntarnos de cuatro de la tarde a doce de la noche para sentirnos jóvenes y europeos, este verano se ha llevado toda esa parte extra teatral de los festivales a otra dimensión menos nocturna: las termas de Ribadavia; los «chorritos» o la bodega de Moneo de Olmedo; las ruinas de Mérida; o las berenjenas de Almagro... Planes de horario infantil que se han exprimido como nunca hasta que público y compañías vuelvan a brindar ojerosos y resacosos a las 8 de la mañana.