Nadia Murad: censurar incluso a la víctima

Vetan desde la Junta Escolar del Distrito de Toronto a la reconocida activista, esclava sexual de la yihad

La activista y Premio Nobel Nadia Murad fue víctima de la yihad sexual del Estado Islámico
La activista y Premio Nobel Nadia Murad fue víctima de la yihad sexual del Estado IslámicoAp Ap

Nadia Murad, activista irakí y premio Nobel de la Paz, ha sido censurada en Toronto porque su intervención podía fomentar la islamofobia. Parece un chiste, pero no tiene ni puñetera gracia. Precisamente en su libro “Yo seré la última: Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico”, Murad relata cómo fue torturada y obligada a ejercer como esclava sexual, tras el exterminio por parte del Estado Islámico de cientos de personas de la comunidad yazidí a la que pertenecía. Pues bien, la Junta Escolar del Distrito de Toronto, incapaz de diferenciar entre musulmanes en general y organización terrorista en concreto, ha preferido vetar su intervención, apelando para ello a la necesidad de seleccionar un material de lectura “justo, culturalmente relevante y apropiado”.

Y parece ser que un testimonio crudo y real, que narra una realidad terrible y supone un relato de supervivencia, una defensa de los derechos humanos y de la necesidad de dar voz a los que sufren, no es “justo”, ni “culturalmente relevante”, ni mucho menos “apropiado”. Porque podría ofender a alguien, claro, que algo que ha ocurrido sea narrado. Como si fuese más grave el testimonio de Murad que los hechos que relata.

Nadia Murad recibió en 2018 el Premio Nobel de la Paz
Nadia Murad recibió en 2018 el Premio Nobel de la Paz

Pero no debería sorprendernos que esto ocurra, pues no es más que el recorrido esperable, que no deseable, en este clima de hipersensibilización social en el que los sentimientos han sustituido a los argumentos. Venimos unos cuantos descreídos alertando desde hace tiempo de los peligros de esta emocionalidad exacerbada, de la imposibilidad del debate si se aborta antes de nacer siquiera en nombre de una hiperbólica moralidad. Pero no hace falta irse a Toronto. El mecanismo es el mismo que utiliza el #metoo y su “yo te creo, hermana” al vetar a artistas acusados de abusos, o el que se activa cuando en la Universidad Autónoma de Cataluña se ataca la carpa constitucionalista de S’ha Acabat o cuando un político se niega a contestar las preguntas de un periodista por escribir en determinado medio. Todos los movimientos identitarios beben de esa diferenciación entre “ellos” y “nosotros”, y su herramienta es la victimización que esa diferencia y su supuesta opresión provoca.

En este caso, por rizar el rizo, ni siquiera es la propia minoría, sino la junta escolar de Toronto la que lo hace por poderes, en representación de aquella y su posible y futura reacción. Porque son muy buenas personas y a ti te encontré en la calle. Lo malo de la autocomplacencia moralista con prisas es que uno no puede pararse a pensar y analizar, atender a razones y argumentos a la mejor luz posible, sino que se ve obligado a tomar el atajo rápido de llegar a conclusiones atendiendo únicamente a quién emite el mensaje. Y mujer frente a hombre blanco y hetero, gana de calle. Pero mujer no demasiado racializada frente a musulmán, pierde. Como en una versión distópica de aquella baraja de familias de nuestra infancia en la que podías ganar con un póker de negros a un full de esquimales e indios.