El coronavirus, una oportunidad perdida para los populistas europeos

La mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial ha silenciado a la ultraderecha y aumentado el apoyo de los Gobiernos que mejor han gestionado la pandemia

Una concentración organizada por Alternativa para Alemania (AfD) contra las restricciones impuestas por el coronavirus apenas reunió a unas decenas de personas el domingo en StuttgartFRANZISKA KRAUFMANNEFE

La pandemia de coronavirus ha vuelto a poner encima de la mesa la división entre los países de la UE, que han preferido recurrir a su soberanía nacional para cerrar fronteras, imponer controles migratorios y prohibir la exportación de material sanitario. Un sálvese quien pueda con el que soñaba la extrema derecha del Viejo Continente. Sin embargo, la emergencia sanitaria se ha convertido en una oportunidad perdida para los populistas, silenciados por el “efecto bandera” (el apoyo de la población a sus Gobiernos en épocas de crisis e incertidumbre), e incapaces de presentar un mensaje coherente.

En opinión de Paul Schmidt, secretario general de la Asociación Austriaca de Asuntos Europeos, “en tiempos de alto riesgo se suele apoyar el Gobierno en funciones y no son momentos de seducir con critica masiva e ideas de otro planeta”. "Las decisiones durante una crisis ya son suficientemente radicales, completamente inesperadas y de mucha envergadura”, explica Schmidt a LA RAZÓN.

En la misma línea, Mario Kölling, profesor de Ciencias Políticas en la UNED e investigador de la Fundación Manuel Giménez Abad de las Cortes de Aragón, destaca la omnipresencia de los Gobiernos en los medios de comunicación: “El Ejecutivo y los partidos que forman el Gobierno tienen mucho más margen de maniobra y visibilidad en los medios de comunicación en la gestión de la crisis que los partidos de la oposición. A este protagonismo, añade Kolling, “las limitaciones (menos diputados en los plenos, menos tiempo de debate) que se han aprobado para el trabajo de los Parlamentos”.

Ante la mayor emergencia sanitaria a la que se enfrenta Europa desde hace un siglo, los populistas no han sabido articular un discurso y desde el principio coquetearon con el negacionismo impulsado por Donald Trump o Jair Bolsonaro. Así, Axel Gehrke, ex portavoz de Sanidad de Alternativa para Alemania (AfD), escribió en un blog a finales de marzo que el coronavirus era “demostrablemente más leve que los virus de la gripe”, y hablaba del “mayor fake del año”. Mientras, Alexander Gauland, presidente honórifco de Afd, alertaba de que “necesitamos discutir la cuestión de cuándo las medidas contra la pandemia comenzarán a causar más daño que la pandemia en sí”.

En un giro más sorprendente aún si cabe, Nicolas Bay, jefe del partido de Marine Le Pen, en el Parlamento Europeo ha criticado que “la UE está demostrando ser totalmente impotente” y lamenta que “La Comisión podría haber anticipado [esta crisis]. Tenía las herramientas a su disposición, estaba informada y no hizo nada al respecto”.

Un llamamiento a una respuesta común europea que no se le escapó al vicepresidente de la Comisión, Frans Timmermans. “Permítanme señalar una cierta forma de ironía: aquellos que tienen fuertes reservas contra el proyecto europeo en general, que habrían llorado a causa de los estragos si la Unión Europea alguna vez hubiera considerado querer tomar competencias en el campo de la atención médica, y que se hubieran resistido con todos los medios, ahora están causando estragos porque Europa no está actuando en este campo”, señalaba el político holandés en la Eurocámara.

Pero la pregunta ahora es si el populismo que creció al calor de la Gran Recesión y la crisis de refugiados de 2015 no volverá a crecer cuando los Gobiernos nacionales pierdan el favor de la población por culpa de la recesión económica a la que nos ha conducido el coronavirus.

“Una cosa es cerrar todo el país, saber comunicar durante los momentos más complicados de una pandemia y llegar a la gente, pero otro reto será organizar una desescalada económica que cumpla con la promesa política de hacer todo lo posible para apoyar a la gente y a las empresas cueste lo que cueste”, advierte Schmidt, que cree que es pronto para anticipar un eventual declive de estos partidos. “En una situactión de recesión económica con el desempleo disparándose, puede que vuelvan los tiempos de los partidos extremos más rápido de lo que pensamos”, alerta.

En la misma línea, Kölling añade que “el voto es también cada vez más volátil, por lo que los votantes puedan cambiar su intención de voto rápidamente cuando se profundice la recesión económica y los Gobiernos no sean capaces de gestionarla”.

Dentro del heterogéneo universo del populismo en Europa, vamos a detenernos en analizar los casos de Alemania, Austria, Dinamarca y Noruega. Cuatro países europeos que están a la cabeza de la gestión de la crisis sanitaria, lo que ha castigado a la extrema derecha por debajo en los sondeos y catapultado la popularidad de sus primeros ministros. Tres mujeres (Angela Merkel, Mette Frederiksen y Erna Solberg) y un hombre (Sebstian Kurz). Tres conservadores (Alemania, Austria y Dinamarca) y una socialdemócrata (Dinamarca)

Alemania

La pandemia halló a una canciller en retirada que luchaba por mantener una aquejosa Gran Coalición con los socialdemócratas del SPD mientras su partido buscaba desesperadamente un sucesor con el que mantener el poder tras las elecciones de 2021. Sin embargo, la decidida gestión de la crisis por Angela Merkel y su ministro de Sanidad, Jens Spahn, ha devuelto la confianza del electorado en los viejos partidos (CDU/CSU y SPD) y desinflado el empuje tanto de verdes como de ultraderechistas.

El último sondeo semanal del dominical “Bild am Sonntag” otorga al partido de Merkel y su partido hermanos bávaro un 38%. Los socialdemócratas, con un 16%, frenan su caída y recuperan la segunda posición arrebatada durante el último año por Los Verdes, que alcanzan un 15%. Relegados a cuarta posición quedarían, según el mismo sondeo, los ultras de AfD, con el 10% (frente al 12,6% de las elecciones de 2017), y empatados con el 8% liberales (FDP) y Die Linke (La Izquierda).

Un 63% de los alemanes se dice satisfecho con el trabajo del Gobierno, un ascenso de 28 puntos respecto al mes anterior. El grado de aprecio hacia la gestión ante la pandemia sube incluso al 72%.

Alexander Gauland, portavoz parlamentario de Alternativa para Alemania (AfD)CLEMENS BILANEFE

Pero más allá de la gestión del coronavirus, la caída de AfD también responde a su permanente división interna, apunta Mario Kölling, “entre el ala más radical y el ala conservadora y moderada, que por el momento ha terminado con la expulsión de un representante del ala radical [Andreas Kalbitz, el líder del partido en Brandeburgo]”. Si finalmente se impone el ala radical, advierte el profesor de Ciencias Políticas de la UNED, “los votantes más moderados se inclinarán más hacia otros partidos como la CDU, donde en la lucha por el liderazgo hay también candidatos que tienen una retórica que corresponde a sus preferencias”.

Ante su pérdida de influencia, la ultraderecha trata de infiltrarse en las manifestaciones contra las restricciones impuestas en Alemania para combatir el coronavirus. Unas marchas que, no obstante, reúnen a un público muy heterogéneos, desde defensores de teorías de la conspiración, comerciantes obligados a cerrar sus comercios, opositores al Gobierno o simples ciudadanos que no pueden visitar a sus familiares en otros países. En opinión de Kölling, “cuando se levanten las restricciones, el número de manifestantes va a disminuir y no creo que se conviertan en violentas”.

Austria

A sus 33 años, el canciller Sebastian Kurz pasa por ser el líder europeo que goza de mayor popularidad entre sus ciudadanos gracias a su exitosa gestión de la pandemia. Un 84% de los austriacos está satisfecho con unas rápidas medidas que permitieron al país centroeuropeo iniciar la desescalada el pasado 14 de abril sin sufrir el colapso de su sistema sanitario. Los 640 muertos por Covid-19 registrados en un país de 8,8 millones de habitantes contrastan con las decenas de miles de España, Francia, Italia o Reino Unido.

Según Paul Schmidt, “el actual Gobierno de Austria ha ganado en popularidad porque ha sabido guiar el país durante estos tiempos, mientras el SPÖ [Partido Socialdemócrata] sigue con sus problemas internos. Además, no parece que sea la hora del Parlamento, donde la oposición suele actuar”. Las encuestas otorgan al Partido Popular (ÖVP) de Kurz, que desde enero encabeza una coalición con los ecologistas, un 44%, el doble de apoyos del SPÖ (19%).

Norbert Hofer lidera el Partido Liberal de Austria desde que estalló el "Ibizagate" hace un año

Pero quien verdaderamente parece estar fuera de juego en estos momentos es el populista Partido Liberal (FPÖ), inmerso en una profunda crisis desde que hace un año estallara el “Ibizagate”, un vídeo con cámara oculta en el que el entonces vicecanciller y líder del FPÖ, Hans Christian Strache, ofrecía contratos públicos a una supuesta oligarca rusa a cambio de financiación para su partido. El 12% que le conceden ahora los sondeos contrasta con el 16% cosechado en las urnas el pasado septiembre o el 26% de 2017, cuando estuvo a punto de dar el “sorpasso” a los socialdemócratas.

“Despues de éste y otros escándalos en tiempos de coronavirus, una gran parte de su electorado le ha dado la espalada y prefiere confiar en otros partidos”, señala el secretario general de la Asociación Austriaca de Asuntos Europeos.

Por si fuera poco, tras su expulsión del FPÖ, un partido creado en 1956 por antiguos miembros de las SS hitlerianas, Strache “ha formado un nuevo partido y se va a presentar en las próximas elecciones regionales de Viena el próximo otoño”. Una escisión que amenaza con dividir el voto soberanista, como ya ocurrió en 2015, cuando Jörg Haider creó la Unión por el Futuro (BZÖ).

Dinamarca

En Dinamarca, el populista Partido Popular Danés (DF) no parece levantar cabeza desde la debacle electoral de hace un año, cuando perdió la mitad de sus votos y el papel de árbitro de la política danesa que ostentaba desde 2001. Un reciente sondeo de Voxmeter confirma su declive al concederles el 6,7% de los apoyos, menos de un tercio de los que contaba en 2015, cuando era el segundo partido en el “Folketing” (Parlamento danés) con el 21,1%.

La rápida respuesta de la primera ministra, la socialdemócrata Mette Frederiksen, contra el coronavirus explica en gran medida esta caída. Antes que sus vecinos europeos, el Gobierno de Copenhague decidió el 12 de marzo cerrar las fronteras, los colegios y los comercios no esenciales. Y un mes después, con la pandemia bajo control, el país nórdico volvió a ser pionero en la reanudación de las clases y el inicio de la desescalada. Hoy Dinamarca suma 562 fallecidos por Covid-19, frente a los 4.000 de su vecina Suecia. Mientras, Frederiksen, que no ha cumplido ni un año en el poder, ha situado a los socialdemócratas en sus mejores cifras de intención de voto en veinte años, con el 34%.

El propio líder de la derecha xenófoba danesa, Kristian Thulesen Dahl, reconoce que poco podían hacer frente al natural apoyo que la población blinda a su Gobierno en situaciones de emergencia nacional. “En todos los países del mundo, los que están en el poder han obtenido un mayor apoyo durante este tiempo de crisis”, aseguró al diario “BT” antes de concluir que “esto no puede suceder sin que otros pierdan apoyo”.

En opinión de Thulesen Dahl, es muy difícil atraer la atención cuando los focos están centrados en Frederiksen y pone un ejemplo: “Cuando la primera ministra acudió a la escuela Valby, las dos principales cadenas de televisión estaban allí. Cuando fui a la escuela Give, no había nadie”. “Hay que respetar el hecho de que en una crisis el foco está en la primera ministra. El resto de nosotros somos solo extras”, se resigna el líder de DF.

Kristian Thulesen-Dahl, el líder del Partido Popular danés (DF)

En este sentido, Karina Kosiara-Pedersen, profesora asociada de la Universidad de Copenhague, constata que “en la primera fase de la crisis, la unidad nacional se consideró importante para todos los partidos políticos”. “En estas circunstancias anormales, [los populistas] no pueden defender el mensaje que han enviado antes. No pueden impulsar la agenda que suelen hacer para obtener apoyo”.

Para el sector crítico del DF, en cambio, el declive es resultado de la estrategia errática de Thulesen Dahl, que se ha dejado arrebatar la bandera anti imgración por otros partidos. “Es como si nos hubiéramos estrellado contra una pared a 120 kilómetros por hora”, critica Anders Vistisen, un ex diputado del DF de 32 años en una entrevista con el diario “Avisen”. “A veces la peor estrategia no es una estrategia”, remarca Vistisen.

Noruega

La derecha populista noruega parece haberse pegado un tiro en el pie tras su decisión de abandonar el pasado mes de enero el Gobierno de coalición que compartían con los conservadores de Erna Solberg desde 2013. El detonante del portazo de Siv Jensen, líder del Partido del Progreso (FrP) y entonces ministra de Finanzas, fue la repatriación desde Siria de una madre noruega simpatizante del Estado Islámico (EI).

“Una tendencia en toda Europa y también en Noruega es que la gente está dando mayor importancia al partido que está en el poder, sin importar si es un partido socialdemócrata o conservador”, explica Dag Ingvar Jacobsen, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Agder. “Lo que hizo el Partido del Progreso -considera Jacobsen- fue perder la posibilidad de obtener algo de ese impulso al ser parte de la coalición gobernante. No fue una jugada muy sabia, pero nadie podría haberlo sabido de antemano”.

La líder del Partido del Progreso, Siv Jensen, abandonó el Gobierno de coalición con los conservadores el pasado eneroBenoit TessierREUTERS

Ahora, mientras la derecha populista se hunde al 8% (la mitad de los votos logrado en las elecciones de 2017), los conservadores de Solberg frenan su desgaste y, por primera vez en un año, aventajan a los socialdemócratas (27% contra 26%) gracias a su exitoso manejo de la crisis sanitaria (235 muertos por coronavirus)

A un año de las próximas elecciones, los populistas noruego aún tienen tiempo para recuperar apoyos desde la oposición, dado que, como recuerda Jacobsen, “siempre les va mejor en la oposición que en el poder”. “Si esta crisis dura bastante tiempo, entonces puede que no haya sido un movimiento tan estúpido” abandonar el Gobierno, concluye.