70 razones de peso que explican por qué España es el mejor país del mundo

Cuatro meses y medio recorriendo de una punta a otra nuestro país han bastado para comprender las maravillas que hemos creado

Las máscaras tradicionales observan al visitante en el Museo do Pobo Galego.Alfonso Masoliver

Los he contado y son 70 pueblos, villas y ciudades las que llevo visitadas desde el mes de julio. La idea de pegarme esta panzada de viajes vino durante la cuarentena, viendo las noticias horribles con que nos atragantábamos todos los días. Entonces me dije, así, con 25 añitos que tengo, escuchando los chillidos de los políticos y las peleas entre vecinos del televisor: “esto no es posible. No puede ser que España sea tan horrible”.

Como había comenzado a trabajar de periodista de viajes con La Razón durante el mes de febrero y me sentía enjaulado durante los tres meses de encierro que nos tocaron nada más empezar, y creí justo que mi trabajo consistía precisamente en enseñar lo hermoso, y debo reconocer que no soy de los que votan pero eso tampoco me libra de adorar a mi país, y soy nervioso, mucho, tanto que pongo nerviosos a quienes me rodeen durante más de tres horas, cogí por banda a mi novia y le informé de que dedicaría los próximos seis meses a patearme España. Hasta que tocara cambiar las ruedas del coche. Hasta agotarme. Ella se asustó porque estos tiempos son difíciles y no le pareció una idea sensata gastarme el sueldo - porque, ya aviso al lector, los periodistas de viajes de 25 años no nadamos en dinero - en viajar por España, cuando lo que toca ahora, según dicen, es agachar la cabeza y guardar los billetes bajo el colchón.

El puesto de vigía romano en Monte Facho sigue intacto.Alfonso Masoliver

Ella es una mujer con una paciencia infinita pero no consiguió convencerme. Es más, la convencí yo y durante los dos primeros meses de viaje me acompañó tan guapa como siempre.

Un pequeño reino en cada pueblo

Hoy se han cumplido 70 pueblos y ciudades, cuatro meses y medio después. Y diez catedrales, incontables iglesias, una montaña tras otra, un valle extendiéndose y otro, y otro más, tantos menús del día que si los comiese todos ahora no dejaría de vomitar. Me habría gustado hacer chiquititos a mis lectores durante este tiempo, así podría habérmelos metido en el bolsillo para demostrarles que lo que dicen las noticias no es toda la verdad.

Y resulta apasionante. Uno podría decir que los pueblos blancos de Cádiz son todos iguales pero mentiría, no señor, no sería lo mismo Setenil de las Bodegas tallado en piedra que el aire de misticismo flotando sobre Arcos de la Frontera, igual que Vejer de la Frontera vive impregnado de su delicioso pasado musulmán mientras Grazalema parece un reino fantástico, como el de los elfos, escondido entre las montañas. Uno podría decir que no es posible, que no puede ser que cada pueblo, poblado, ciudad y villa españolas tengan detalles suficientes para diferenciarse de todos los demás. Se equivocaría otra vez. ¿Cómo iban a ser iguales entre ellos, si ni siquiera es posible encontrar setenta piedras iguales en la Playa de las Catedrales?

La roca situada sobre la calle Cuevas de Sombra hace un espectáculo impresionante.Alfonso Masoliver

Olmedo, tan cerca de Tordesillas, se calienta con el abrigo de argamasa que tejen sus murallas. El que fue el lugar de encierro de Juana la Loca, por otro lado, esconde un secreto tras cada una de sus esquinas. En Mogarraz encontré un pueblo salmantino sin contaminar, mientras Ciudad Rodrigo, tan cerca de la frontera portuguesa, posa con un gesto serio, propio de quién reconoce cuánto duele luchar. Astorga guarda tras el Palacio de Gaudí todos los datos que no imaginaríamos sobre la historia del chocolate. Es apasionante porque los pueblos los hicieron los españoles que vinieron antes que nosotros, nuestros padres, nuestros abuelos y muchos más, y podemos palpar rasgos de su personalidad en cada una de las callejuelas. En Argamasilla de Alba estuvo preso Miguel de Cervantes, en Consuegra señaló con su pluma rápida a los gigantes de su Quijote.

Uno tras otro. Mérida se presenta como el final de un mundo y el comienzo de uno nuevo, Cáceres es pura piedra y torres enteras de misterios. Segovia, tan noble, enamora hasta lo más profundo del corazón con sus huertas a los bordes del río Clamores. Ávila, cuna de santos y cama para traidores, se despliega mucho más allá de sus murallas, moteada de bonitos palacetes y rodeando entusiasmada su Plaza del Mercado Chico. Uno tras otro: en Tarragona encontré el sótano de nuestra mente y en Bermeo pude palpar el equilibrio entre las pasiones de los surfistas y la prodigiosa labor de los pescadores vascos. Son verdaderos héroes, esos pescadores vascos, mucho más que Superman. Igual que los gallegos, tan bellamente aplaudidos en el Museo do Mar en Vigo.

Cúpula de la Catedral de Ávila.Alfonso Masoliver

Entre la España vaciada y la España llena

Pero ha sido extraño viajar por estos sitios durante el coronavirus, tan rápido de una localidad a otra que parecía el juego de la Oca. Mientras el Puerto de Santa María lo encontré abarrotado, con los bares repletos y las terrazas a punto de estallar, la Catedral de Santiago pude visitarla vacía. Casi se escuchaba la respiración de los peregrinos manando de sus columnas, la respiración de los peregrinos que han caminado hasta aquí desde hace mil quinientos años, quiero decir, y sí, puede ser que fuera en Santiago cuando comencé a sentirme más pequeño.

En los pueblos vacíos del norte de Aragón, entre las montañas glaucas de Sierra Morena, caminando por la playa de Altafulla, escuchando el bullicio de la muchedumbre en los restaurantes de Marbella, en todos estos lugares y tantos más me fui haciendo más pequeño, fue curioso, hasta no superar el tamaño de una nuez. Creo que fue entonces cuando pude empezar a mirar. Querido lector me habría encantado que te hubieras hecho pequeño conmigo. Solo espero que las palabras torpes que escribo hayan conseguido servir como placebo. Así habría podido ver contigo cómo se desenrollan las redes en Tazones, y juntos habríamos comentado que sí, es cierto, los españoles curramos como leones. Viendo las casas de los indianos en Ribadesella nos habríamos sentido tan orgullosos por pertenecer al país que fue tembloroso y volvió victorioso del otro lado del mundo.

En este puerto desembarcó Carlos V durante su primera visita a España, obligado a retrasar su viaje por una tormenta.Alfonso Masoliver

70 pueblos, un pinchazo en la rueda delantera izquierda de camino a Toledo y una historia desgarradora en un hostal de Candelario. Lo de Candelario fue durante el mes de agosto y me lo dijo el dueño del hostal, aguantando el tipo y con los hombros rectos, me confesó que en el mes de julio solo había sacado tres euros de beneficio y que agosto ya lo había perdido. En Toledo me contaron tantas leyendas que me faltan dedos en las manos y en los pies para sostenerlas. Leyendas de Bécquer, leyendas que lleva siglos rumoreando la ciudad. Desde lo más alto hasta lo más bajo, desde la sirena del norte que es Oviedo hasta el alma que reside en la Catedral de Córdoba, descubrí querido lector que España no la manejan los políticos ni las malas noticias, no tienen poder sobre ella los discursos de la derecha o de la izquierda, tampoco el coronavirus aunque insista. Si hablamos de un país cuyas iglesias llevan en pie desde hace catorce siglos, como ocurre en Cangas de Onís, el impacto que pueda crear un partido político en menos de diez años es pura calderilla. Aire sucio. Que rápidamente desaparece rumbo a Francia por el flanco derecho del Aneto, tras chocar asustado contra los castillos que defienden Navarra.

España la manejan los españoles, como es evidente, como llevamos haciendo tantos siglos, cada generación colocando un pedacito, cada una triturando un puñado de tierra y moldeándolo hasta conseguir su propio ladrillo. Igual que ocurre con las piedras de la playa, hemos hecho de cada esquina una única, al erosionarla con nuestros gestos. ¿Viste los campos de Castilla, me entenderías si los cito? Bendito Machado. Él comprendió antes que nadie que se extienden regados con garrafas sudor y litros de milagros.

El espectacular Palacio de Olite.Alfonso Masoliver

El pueblo número 70

Hoy he conseguido tachar de mi lista el pueblo número 70, hace dos horas. Tenía que llegar desde Mondot hasta Guaso y ya caía en picado el sol. Según me había dicho un lugareño de Aínsa, en Guaso se puede encontrar un altar desde el cual los monjes medievales realizaban ritos para pedir a Dios más o menos lluvia y mejores cosechas, y era imprescindible llegar hasta allí antes de que anocheciera. Reconozco que la carrera ha sido épica. Derrapando las ruedas malogradas por la carretera, tirando puñados de cristal por la ventanilla para que la luz se entretuviese con ellos, he conseguido aparcar junto a la Iglesia de San Salvador y correr los cincuenta últimos metros hasta llegar al altar de los rituales.

Allí se me ha caído todo encima, la lluvia, la luna creciente que hoy parecía un pedazo de hilo blanco atascado en el cielo negro, los cuatro meses y medio perdiéndome entre setenta pueblos, y aprovechando que no había nadie a la vista me he sentado junto al altar para llorar. Me da igual que suene poco profesional pero ha sido reciente y quería decírtelo. Y eso que yo no soy de los que lloran aunque he berreado como un chiquillo, moqueando incluso, allí subido y sin atreverme a mirar a las montañas.

Ojalá el lector pudiera hacerse chiquito, así sería más fácil explicarlo. Podría haberme acompañado en viajes anteriores para ver los cadáveres tirados en las aceras de India y Etiopía, habría cruzado conmigo los difíciles puestos fronterizos de Haití, Turkmenistán y China, habría escuchado la treintena de dramas que me acompañaron a lo largo de España junto al hostelero de Candelario. Incluso habría estado conmigo esta tarde cuando comprendí, por primera vez sin excusas, que mi país es el más hermoso del mundo. Lloraba de felicidad con trazas de tristeza pero no por pena. Frente a esas montañas, zambullido en un pueblo aragonés medio abandonado. Ahora ven, búscame para preguntármelo. España es el mejor país del mundo y tengo setenta pruebas para demostrártelo.