jueves, 19 enero 2017
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    En contra de la visión generalizada, la Ruta Destroy o la Ruta del Bacalao fue consecuencia de un sustrato cultural o movida musical que terminó cristalizando en una locura colectiva. Sin embargo, suele presentarse al revés: como una explosión de descontrol que tomaba la música de pretexto para aguantar dos noches seguidas fuera de casa con una estricta dieta de estupefacientes. Esta es una de las principales conclusiones que se extraen de «¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, 1980-1995» (Contra), libro del periodista Luis Costa que se asoma a un fenómeno musical español tan masivo como menospreciado y, sin embargo, tan genuinamente nuestro que no puede explicarse en otro contexto. Una movida valenciana que parte del amor a la música de vanguardia, la obsesión por los discos, y la carrera por descubrir nuevos temas en clubes y discotecas de exquisito gusto. Eso sí, luego llegó lo que todos conocemos: un gigantesco parking al aire libre, noticias de Prensa escandalizada y reportajes de televisión protagonizados por dementes. Y es que la movida valenciana pereció por su propia carencia de discurso, como se puede ver en los emblemáticos reportajes de Canal + y el de «Código uno» (TVE), programa que presentaba Arturo Pérez-Reverte, últimos clavos en el ataúd de esta historia, amartillados en el 93. Valencia podría haber sido Ibiza, pero faltaron mentes. Sin embargo, esta historia cuenta a la perfección nuestra realidad a comienzos de los 90. Luis Costa nos lleva de fiesta y resaca en un excelente libro.

    En el comienzo, estaba el turismo. Localidades de costa como Benidorm y tantas otras, ya saben, las suecas en «top less». ¿Y qué hacen las suecas de noche? Lo han adivinado: salir a bailar a discotecas. Hacen falta salas de baile para entretener al turista donde no pinchen a Manolo Escobar o Lola Flores. Este caldo de cultivo será decisivo, porque en estas humildes salas se forman algunos de los DJ que protagonizarán la escena años después y también se forma un hábito: el de estar a la última, escuchar lo que viene de fuera. Por eso, cuando avanzan los 80 y en Madrid estalla la Movida, Valencia está atenta y preparada. Pioneros de Levante como Carlos Simó y Juan Santamaría tienen los discos de moda antes que nadie. Vinilos nacionales (Derribos Arias, Radio Futura, Siniestro Total, Golpes Bajo, La Mode...) e internacionales (Iggy Pop, Soiuxsie Magazine, OMD, Duran Duran, Joy Division, Roxy Music...) que llegan en contadas copias y casi como objetos de contrabando. Nada de electrónica maquinera, más bien portadas del «NME» o el «Melody Maker». Santamaría será un figura central: tiene una novia británica que le trae los discos de Londres hasta que él mismo entra en el negocio de venta de elepés con su tienda Zic Zac, epicentro de la escena valenciana. En sus sesiones en Chocolate y Distrito 10 educó a una generación en Lou Reed y en todo tipo de «música blanca». Porque frente a lo que sonaba en la radio, soul y funky, en las discotecas de Valencia sólo hay sonidos de blancos para blancos.

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