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    «No halagaron opiniones»

    • Autor: J. Memba
    • Editorial: Huerga & Fierro
    • 20 Páginas
    • Precio: 268 euros

    «No halagaron opiniones»

    • Autor: J. Memba
    • Editorial: Huerga & Fierro
    • 20 Páginas
    • Precio: 268 euros

    Curiosidad, morbo, adicción... Todas esas emociones son la sacudida que genera este mapa de carreteras del malditismo, la heterodoxia, la alucinación, a veces el olvido y siempre el rompimiento de gloria hacia nuevas licencias estilísticas para el canon literario de Occidente. En la nómina de autores por la que nos guía Memba conoceremos a asesinos de sí mismos, encanallados, delirados, bohemios, dipsomaníacos, adúlteros, seres atraídos por el abismo. Los hay que pertenecen a una sola de las acepciones mencionadas, mientras que otros, comparten varias de las adscripciones de esta tríada capitolina del desvarío y la creatividad. Aunque hay pocas mujeres en este listado no falta Aprha Behn, la primera profesional de la literatura inglesa que ejerció de espía en Holanda, amante de prohombres de la Restauración de los Estuardo –incluido el rey Carlos II–, precursora del feminismo y autora de la primera novela antiesclavista. Y... cómo obviar a Sade, «el Divino marqués», cuyas atrocidades descritas son rigurosamente ciertas y absolutamente frecuentes en las gentes de su clase. Él aúna todos los epígrafes de este libro: alucinado en su invención de placeres mediante tormentos, heterodoxo respecto a la moral y el más maldito de los escritores del XVIII. ¡Triplete! La reina de lo gótico, Ann Radcliffe, en cambio, fue la primera mujer que osó alumbrar asuntos tremebundos hasta desarrollar lo «sublime del horror» y convertirse en una autora Bartleby. El estío romántico más célebre acaecido en Villa Diodati tiene mención especial. Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley y el olvidado Polidori (este último, ganó junto con Mary, el duelo de ingenio macabro propuesto por Byron con su «Vampiro» anterior al Drácula de Stoker, atribuyendo al Nosferatu algunas características esenciales). Shelley fue precursor de los escritores con conciencia social pero también del estigma, mientras que su amada y engañada Mary se convirtió en maldita por un fantasma y se despidió del mundo sin un libro decente tras Frankenstein.

    Crónica de un estado de ánimo

    Situado por Neruda en una «matemática tiniebla», Poe fue el primer maldito de las letras estadounidenses y lo fue por la Parca, que como a Mary Shelley, le rondó llevándose a quien más quiso. También resultó el primer heterodoxo y el primer alucinado que bebió hasta el delirio, fumó opio y sufrió severos desequilibrios psíquicos. Baudelaire es el maldito de manual: vida bohemia y tendencia a la autodestrucción. Sus «flores del mal» deberían entenderse como la crónica de un estado de ánimo donde el mal es un anhelo del bien como la blasfemia es una afirmación del deísmo por negación. Uno de sus «descendientes», Verlaine, acaso fue el poeta que más conciencia tuvo de su malditismo, rebautizándose como Pauvre Lélian. Su homosexualidad le convirtió en un obsesivo, un borracho y un delirado. Su gran amor, Rimbaud, a quien llevaba diez años, fue la pesadilla sobre la que pivotó su vida. Le hospedó en su casa junto a su mujer, fueron la mofa de las tertulias y juntos huyeron a Londres y a Bélgica. Tras sonadas disputas, le descerrajó dos tiros al «enfant terrible» que apenas le hirieron pero le condujo a la cárcel. No volverían a verse. La precocidad de Rimbaud está presidida por la negación de valores y el abismo. Se dice que traficó con esclavos aunque lo cierto es que lo hizo con armas. Lo realmente importante es que su legado no tiene parangón. Por degustar los placeres prohibidos también Wilde cayó en el malditismo tras ser condenado por sodomita a la cárcel de Reading donde alumbró sus mejores páginas. Maupassant protagonizó un suicidio cruel. De los 355 autores autolíticos, sólo tres se degollaron. Él lo hizo con un cortaplumas para huir de las alucinaciones autoscópicas en las que recibía visitas de sí mismo. Los ejemplos se agolpan: del maldito y alucinado Yeats, a Horacio Quiroga hasta recalar en Apollinaire, abanderado de los vanguardistas y ladrón en sus ratos libres. Surrealistas como Artaud o Éluard, Radiguet, el polifacético Cocteau, la fatalista Djuna Barnes o Potoki. Céline, el fascista charlatán, el seductor Drieu La Rochelle, el alucinado, heterodoxo y maldito Boris Vian. El delincuente y pederasta Genet o el lirismo alcohólico e intenso de Malcolm Lowry. La generación beat (Ginsberg, Kerouac, Borrough) o «el outsider de Providence», H.P Lovecraft. Cierra este exquisito volumen, Philip K. Dick y sus abrumadoras visiones futuristas, el autor que tuvo la más bella de las visiones de la puerta de Tannhaüser y las naves de combate en llamas más allá de Orión, antes que de sus lágrimas se diluyeran para siempre en la lluvia.

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